Las personas del verbo

biedma.jpg Echemos de menos lo que falta en esta obra –por la propia autoexigencia del barcelonés- de un consumado encajador de poemas que son apuestas para crear una identidad y lograr ser poema, aunque sin libertad interior, “todo necesidad y sumisión interna”.

Confiesa su rubor ante la deshonestidad de lo expurgado, donde lamenta no poder rescatar “la calidad de las emociones expresadas en ellos”. Jaime Gil, ese escritor lento, que no de intuiciones, se define incongruente al modo de Juan de Mairena en este poemario que es la obra del hombre elevado a un nivel de significación que lo trasciende, a ese sentimiento de experiencia que enciende las palabras en la conversación. El poeta prefiere abrazos en que romperse antes que caricias dilatadas, quizá porque sabe que el presente borrará la tiniebla de ausencias e infancias perdidas, en tanto él pasea entre estatuas de labios pintados de carmín. 

Sus torrenteras despiertan “cauces secos”, “jardines intramuros” que desde la “claridad de otra paz” observan los ojos sanados por el olvido y esas pausas inmensas que hacen de la vida instante y no temor al rostro con sus recorridos de pasado, hundidos en la sima. Para el escritor la afrenta de una nostalgia equívoca transforma los afectos del “burguesito en rebeldía” aplastado por esas grandes esperanzas, mientras el mundo sigue cínico, ciego ante el “dolor de tantos seres injuriados”. Todavía es posible declararse hombre en una España que encarga a sus demonios “el gobierno y la administración de la pobreza”, dicho esto por alguien con el valor para declararse “de izquierdas y es muy probable que siga siéndolo, pero hace ya tiempo que no ejerzo”.
Alicia González
Las personas del verbo
Jaime Gil de Biedma
Lumen, Barcelona, 2015
214 págs.
19,90 €
Anuncios