Re-generación

re-generacion No hay trincheras, porque los jóvenes poetas disparan en todas direcciones. No llegan a la treintena de nombres, pero los antologados por José Luis Morante comparten haber una misma actividad poética libre de las camisas generacionales, los corsés métricos, con tantas tonalidades temáticas como edades y procedencias y las herramientas adicionales para el corte y la confección del verso que deriva de su condición mayoritaria de nativos digitales.

Una selección que inicia Fernando Valverde con ese “Principio y asombro” a Celia, la de “preguntas sin sombras” a la que cuenta el escozor de la vida y los sueños que nos componen para ese futuro en soledad que a todos nos aguarda, en el que ella seguirá siendo bosque, inicio de todo. Enseguida, el instante de amor a la generación anterior, a partir de una escena de muerte con la que apartar el temor de los labios. La fragilidad intercambiada funden el antes y el ahora. Valverde sabe que es tarde para frenar el insistente daño que hace vivir por mucho que intentemos “renunciar a todo para quedarnos quietos”, pues el lobo nos sigue devorando desde el recuerdo y terminaremos por traicionar al niño “que quiso parecerse / al hombre que no ha sido”.  
Rubén Martínez huele el verano en la madre y nos empuja a ser diciendo al lector “no declines / estar/ en eso que deseas”, dando paz al animal asustado que somos, sintiéndonos uno con el todo, haciéndose carne con la poesía y encontrándose en el pensamiento con que mastica la realidad. En ella, la vida es esa palabra en un bosque en silencio para Pablo Núñez que describe paraísos breves que esconden la aceptación de un presente a la fuga. Suyos son esos “mundos naciendo, muriendo a cada instante”.  
Francisco José Martínez Morán está espléndido en el catálogo pictórico y más crítico con la condición humana cuando nos define como el sueño de una rosa, herida por la desazón del hombre, aquel que molesta con su dolor y echamos a los perros. Alejandra Vanessa por su parte, “se desprende del lenguaje” buscando esa ruta propia frente al miedo, la enfermedad, tomando ejemplo de las nashiri y sus lágrimas, secantes que, inexpresivas, mueren sin incomodar como los deseos insatisfechos. Una purificación mediante el dolor, representado por la sal, que también hallamos en Javier Vela, quien con tono bíblico canta la bienaventuranzas del “exento del trabajo enajenante” y del “mendigo entre riquezas” y a esa Ofelia merecedora de un himno heredero de Walt Whitman. “Somos entre la niebla nuestro propio enemigo” es una de sus visiones excesivas  donde todo muere y se desgasta, salvo la piedra.  
El de Verónica Aranda, el dolor, queremos decir, mancha de parcialidad el olvido hasta en la selva a la que llega después de recorrer para el lector las mañanas de abril con olor a fritura y ropa tendida. Allí los miedos la habrán encontrado como a Jane Bowles que anduvo el Sáhara en el “tiempo de la mentira y de la amnesia”. La reflexión de José Alcaraz deriva en la soledad frente al libro y de éste frente a la adversidad, para hacer que el silencio impere en una naturaleza llena de ruidosos reclamos que no alejan los pensamientos negros de muerte que late con las heridas de la casa, igual que con las vacas en Bombay.  Si el anterior apostaba por el internamiento, María Alcantarilla establece en cambio las condiciones de la esencia en salir de sí, incluso abandonando la cordura,, vaciando el dolor, pues la tragedia “no es lo que sucede sino todo aquello que jamás ocurre”, mientras buscamos sentido a la existencia, cosida de las varias interferencias que os integran, incluida la ignorancia que también reclama su sitio. Ben Clark domina el universo de lo minúsculo, la hierba en esa “oda a la juventud recién cortada”  y a los tiempos primeros de una relación “cuando todo ardía y nada / era complejo” que ya conjuga el “si hubiéramos”, en una apelación al colectivo de la que se separa Pablo Fidalgo, más centrado en la declaración de amor a quien nunca olerá tan bien / como en el poema que te escribí”, persona con la que dibuja un mapa de parajes para el encuentro, donde la poesía son “largas esperas”. Menos dóciles, pero fértiles nos parecen las mujeres de Elena Medel, una raza que “ignora las afrentas, que jamás se extinguirá”, porque mantiene la llama de las abuelas evisceradoras. Medel disecciona la madurez, ésa de la que nadie avisa, a través de los signos imperceptibles de “la fruta que se pudre” y una compañera de primaria y fracasos.
Con Javier Vicedo disfrutamos el placentero silencio del Génesis para advertirnos a renglón seguido de cómo rompemos las palabras con la muerte. A pesar de ello, el ritmo de la carne llama a dar el salto al mundo en sus versos, arriesgado a veces, trivial otras en que el juego infantil nos hace “buscar nada”, cuando aún desconocemos “la obsesiva ilusión de tener y tenernos”. Quizá la Catalina Cardona que recuerda Constantino Molina, llevada al engaño de la cueva y al dolor como refugio quiso escuchar la canción de la naturaleza y no el ruido del miedo, la ansiedad y la palabra que retomamos en Luna Miguel y su “Calefacción” que casi es un David Lynch versificado. Queman sus poemas, inflamados de enfermedad y muerte y nos invitan a descalzarnos para sentir la suavidad de la vida. Más cercanos son los referentes de Martha Asunción Alonso: ese abuelo con “el pan de pajarines”, las manitas de la niña que no sabía estar sola o esa generación de gigantes, la suya, que se reflejó en el sonambulismo de los padres y soltó el lastre de una fe tras otra, hasta concluir  que la asepsia es ajena al aprendizaje del amor. Y si la poeta vuelta criolla escribía para lijarse las escamas, Aitor Francos lo hace para edificar una isla de Morel reinterpretada, donde celebrar la basura, “creer en los sueños atenazadores de Robert Browning” y proteger a libros asediados por “delicadeza y polvo”, como buenos lectores infatigables.
Alicia González
Re-generación 
VV.AA. 
Valparaíso. Granada, 2016 
312 páginas 
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