Sexo a cámara lenta, precipitado, peligroso, bruto… poético: Versex

versex “Lo que se aprende follando y lo que se aprende viviendo” (Luisge Martín).

 “Dicen que en primer plano se resalta mi coño carnoso”. No digan que la imagen no es descriptiva –y eso que a la narración no acompaña la tórrida voz de la lectura a media luz, si casi se puede…-: aquí lo de Ver-sex se lleva a rajatabla y los versos de Raquel Lanseros de “El día después” de una porno-star son una muestra de que los integrantes de este Rat-Pack de la poesía sexualmente explícita ofrecen lo que prometen. La iniciativa capitaneada por un Fernando Marías al que hemos podido ver más que atribulado al someterse al método de la Fallarás de intuición digito-peneana sube a los escenarios a poetas que sin rubor recitan, declaman, quizá nos cuentan experiencias literarias o literaturizadas, que nunca se sabe.

Contradicen el axioma de que la lírica es aquella sarta de rigores estilísticos engolados para prender la llama de un público expectante. Y lo hacen a partir de la persistencia en el error o la sabiduría de haber sabido aprovechar la estupefacción indignada de un espectador innominado que en “una velada poética en una ciudad no muy lejana” huyó despavorido ante la contundencia del poeta Manuel Vilas en la lectura de “El animal moribundo”. Las palabras que movieron al espanto de alguien que tal vez esperaba más melancolía y romanticismo del recital fueron ese “nadie me ha follado como tú”, quizá por la propia firmeza del de Barbastro. A partir de aquel “extraño incidente” Fernando Marías, cofrade mayor de esta hermandad de obsexos de hábitos livianos entre los que ya se cuentan Fernando Valverde, Elvira Sastre, Escandar Algeet Espido Freire, Carlos Salem, Luis Eduardo Aute, Ana Merino, Yolanda Castaño, Adolfo García Ortega, Vicente Molina Foix, Santiago Roncagliolo, Adriana Moragues, Cristina Fallarás, Luisgé Martín y Manuel Vilas, cocinó con el resto de sus hermanos de refectorio la propuesta: si el sexo explícito era uno de los grandes ausentes en la poesía en español había que corregir el equívoco y de no ser así, desandar ese camino de ocultación que se ha dado en la historia, revisándola. Y de ese modo, partiendo de escritores que les interesaban “descubrimos que el sexo explícito a veces parece estar desterrado, en un cierto exilio, escondido”, explica Fernando Marías.

En la sesión de Vilas, Marías, Fallarás, Martín y Lanseros, la oficiante de este rito eleusino de la búsqueda del sexo perdido fue Raquel Lanseros que en entusiástico trance recurrió a los clásicos para hablarnos de la vertiente de autoindagación que supone la experiencia sexual en palabras de Anaïs Nin y la desnuda verdad en la que poesía y sexo coinciden según Joan Manuel Serrat (“uno siempre es lo que es y anda siempre con lo puesto”),  a las que Lanseros añadió el sentimiento de pertenencia por ese vínculo de propagación de la vida que une a la poesía y a la procreación, la constancia del propio cuerpo o el gozo de impulso en la coyunda, a través de los textos de Omar Khayyam, el arcipreste de Hita o María Auxiliadora Álvarez. “A la poesía no se le engaña. Uno puede yuxtaponer palabras, puede hacer piruetas, puede disimular, pero la poesía lo sabe. Y quienes aman la poesía lo saben también. Así que de pronto descubrimos que el sexo y la poesía tienen en común la veracidad, ambos son de verdad y no valen las mentiras ni los fingimientos”, llegó a decir la jerezana.

A lo largo de la cita en el Teatro Alfil el auditorio -en el que descubrimos, entre otros, a un poco dado a los eventos Chus Visor- atravesó casi las mismas fases del enamoramiento adolescente en la velada: desde el pudor y las risitas de los escarceos a la carcajada salaz una vez que los sacerdotes del sexo textual se soltaron la melena. Comenzando por el rockero Vilas que en su “Historia de una camarera” nos relató con su tono bizarro ese último intento de torcerle el brazo a la vida de un desahuciado de hotel pagando un despropósito por verle las bragas a la camarera del servicio de habitaciones.

Luisge Martín por su parte expuso cómo sació su curiosidad en el primer encuentro de saber cómo folla el otro o las pajas que puede hacerse al día, mediante lo que llamó “experimento sociológico”, luego transformado en libro, donde se hacía receptor de las cartas deseantes de otros haciéndose pasar por “musculoso bien dotado” o “chica joven de teta grande”. Sabiduría que compartió con los iniciados a los que desveló lo que de inspiración tiene el acto de follar, invitándoles a tomar notas para aprender la quintaesencia del erotismo acrobático resumido en aquella carta de un joven de 23 años. Una arrolladora Cristina Fallarás aterrorizó a propios y extraños poniendo en cuestión dónde residía la espiritualidad de las mujeres si en el clítoris o en los pezones y más aún cuando procedió a realizar una demostración de sus poderes como mentalista, confesando su afición a baremar personas en función de sus desnudos y revelando la supuesta virtud de la locuacidad femenina para frenar una inminente violencia sexual.

El susto fue máximo cuando los intervinientes se aproximaron al borde del escenario para establecer el cálculo de follables y no follables entre los presentes. Dejamos en suspense dónde acabó la cosa, aunque les damos como pista el criterio de Vilas de no ser descorteses con el respetable y su “alma católica” en palabras de la escritora catalana cuando el aragonés aseguró “follar por solidaridad”. Más debatido estuvo el concepto del  sexo y la castidad como ejercicio de poder, derivando en narrativa de ciencia-ficción como propuso Marías al escuchar las lindezas de la “agropolla” de Vilas quien como en la saga de “Los inmortales” sólo puede morir o vencer.

Tal fue el tono encendido de la noche que Marías bromeó con la posibilidad de haber salido a escena con Raquel en sendas jaulas para estar a salvo de las “fieras”. Fue ella quien recompuso la paz lírica con ese poema carnal, duro y tierno sobre el cuerpo como recipiente del placer y de una maternidad quebrada al tiempo que recolocó a los espectadores para proseguir con ese poema de exuberancia seminal y ayuntamiento atropellado de Manuel Vilas que a más de un adolescente espinillado reconvertiría en amante del verso, al reconocerse en la escena reproducida con exactitud fílmica. Todo ello antes asomarse al abismo de la mano de Luisge Martín. Nadie osó profanar en cambio el silencio que se hizo en torno al narrador. Cual ilusionista el escritor madrileño creó un ambiente de confidencia para relatar en primera persona lo que desveló como un sucedido fronterizo entre el placer y el miedo, de un chico necesitado de pasta fácil que termina esposado en una habitación a oscuras. La suspensión de la incredulidad de un público entregado hizo el resto.

Alicia González

 

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