Alimentarse de flores de loto

Carol El precio de la sal, el coste de dejar un terreno baldío por echarle sal, el precio del salario, estar “salá”, sin blanca, como en el “Pedro Navaja”. Pienso en los significados de la sal, en las salinas de “Rebelde sin causa” que quizá leyó la autora antes de que se llevara al cine y en Sal -otra vez- Mineo, el amigo débil y vulnerable de James Dean, el homosexual, o mejor dicho, el homosexual declarado y el nunca admitido. Buscando la coincidencia descubro que la primera alcaldesa abiertamente homosexual, Jackie Biskupski, lo es en Salt Lake City, tierra de mormones y otra de las paradas de Therese y Carol en su road-movie. Como en “Thelma y Louise” hay un desamor, una huida, un revólver, pero si en aquella la complicidad era de género, aquí es sentimental, casi más que sexual. La Highsmith dice que la sensación febril tras el encuentro que dio origen al libro la obligó a guardar cama y a intentar reconvertir esta sensación equívoca en la continuación de la novela negra que ya había escrito, “Extraños en un tren”. Pero el sentimiento fue más fuerte que la ambición y el miedo al encasillamiento en las letras lesbianas no dejaron las cuartillas en el cajón de la escritora tras el primer rechazo.

Sigo leyendo…, y me encuentro con “The book of salt”, la novela sobre el cocinero vietnamita de Gertrude Stein y Alice Toklas. En “El precio de la sal”, más tarde simplemente “Carol” se menciona precisamente a Stein como inesperada lectura en la biblioteca católica de la Orden de Santa Margarita, el orfanato donde la madre de Therese la abandona a los ocho años por desidia o el sueño de empezar de cero. Richard, el novio de la joven asegura no entender cómo alguien puede haber leído a la Stein sin haber hecho lo propio con Joyce. Quizá ahí empiezan las afinidades electivas que él nunca entenderá. Sal es aquello que da sabor a los platos o los estropea definitivamente, el castigo divino a los sodomitas, la nostalgia de los días de pecado en la tierra de Lot, la sal de los ricos sin preocupaciones. En “Sucking salt” de Meredith M. Gadsby es creatividad, la batalla por sobreponerse a la adversidad de las mujeres caribe, la escasez frente a la dulzura que es sinónimo de poder. Si Rihanna tuviera sabor sería sweet, bollo, mujer apetitosa.

Therese es desde un primer momento una inadaptada: vive la condena de trabajar en Frankenberg, los almacenes carcelarios que casi incluyen iglesia y maternidad, dos isntituciones represoras para la joven aspirante a escenógrafa. Ella no forma parte de Frankenberg, aunque su trabajo temporal sea menos irreal que su relación con Richard. Puede pintar espacios, distribuir las figuras de cartón sobre los escenarios que crea para las hadas de Petrushka, que querría dotar de profundidad, de cubículos en los que ocultar a la mirada del espectador la verdad, pero nada más. El resto de las reglas, los roles ya están marcados (“parecían alejarla de lo que ella quería hacer o lo que podría haber hecho”). Su sensación es la de vivir en un nivel equivocado que impide al amor expresarse, de estar incomunicada. En esto vuelven a aparecer unos guantes en su vida y esta vez no son los de la hermana Alicia, que nunca llegó a ponerse, sino los de Carol una clienta que llega precedida de ese tren aullante, como un “enloquecido en la cárcel”. Con ella, la regresión a la arcilla de modelar de la infancia y la “sólida sustancia que estructura la vida de alguien”, esa “bendita locura” como ella define al amor, en palabras heredadas de esa fe imbricada en la edad infantil. Para Therese Belivet “era muy fácil creérselo todo, pero también no creerse nada en absoluto” y a partir de esa voz llena se secetos de una desconocida que se golpea la mano con sus guantes negros el trenecito de juguete será a partir de ahora sólo un murmullo.

Entre ambas se produce una comprensión que no se manifiesta con palabras, pero se traduce en cómo Therese se bebe a su compañera de mesa, en hallar a la sustituta de la hermana Alicia, en dejar de necesitar padres o pasado y en iniciarse en ese teclado “que sabía que Carol tocaba”. Una Carol que como el anuncio le preguntará “¿te gusta conducir?” y que se la llevará lejos de la presión del ambiente que sólo encuentra válvulas de escape en bares como el Palermo, donde las chicas de pantalones holgados charlan sin pudor, aunque Therese quiera esquivarlas. Con ella la antigua dependienta inicia una nueva vida, casi precursora de la de Ripley, en la que se siente “ladrona, mentirosa y poeta al mismo tiempo” y capaz de morir a manos del objeto de su devoción, “postrada y vulnerable”. Intuición que volvemos a tener en la escena del prestamista con esos cuchillos de caza, que darían para mucho a la futura autora de novela negra. Pero por anora Therese tan sólo debe superar el sortilegio de la leche caliente y responder a tres preguntas: felicidad, almacenes, futuro, una vez que como la cometa de Richard ella ha encontrado su propio viento. Queda interpretar correctamente esa invitación a comer mejillones de Abby, tarea difícil para alguien tan obsesionada con los símbolos. Si hacemos caso a la escritora “los gustos adquiridos -en palabras de Carol- siempre son mucho más placenteros, y es más difícil que se te pasen”, lo cual es todo un diagnóstico para Therese que según su rubia amiga desconfía de sus impulsos y habita un mundo sin montañas de verdad o gentes de carne y hueso.

La necesidad es el motor de las afinidades en una sociedad donde la decisión de las protagonistas es percibida como enfermedad, parte de un drama clásico al que la economía correcta de uso, de consumo y de vida de Dannie les sería más útil para sobreponerse al miedo que provoca ese ansia acumulativa.  Patricia Highsmith dijo que nunca había vuelto a escribir un libro como éste. Que se convirtió en todo un desahogo cuando salió a la luz y casi en un consultorio epistolar para sus lectores.Desde luego, un libro tan a calzón quitado contando desde el estómago las vivencias de dos mujeres que no quieren vivir contra la naturaleza, aunque los demás crean que lo contra natura, lo degenerado es ese sentimiento prohibido. Eso cree Richard, que Therese se alimenta de flores de loto, algo infantil, enfermizo. Sin entender que Carol es la sal del mundo, esa intriga que incluso Dannie tiene y él no, aunque ambas decidieran algo más que parar en Defiance en sus vidas. Por algo las manos de Richard se mueven como las de “un ciego cogiendo un salero”, a pesar de que la confusión se articule al ritmo de “En un mercado persa“.

Alicia González

Carol

Patricia Highsmith

Anagrama. Barcelona. 1997

320 páginas

 

 

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