Viento variable

 

viento El hombre, medida de todo, incluso de los que ya no están y su mirada que endulza o amarga el hecho objetivo de acuerdo con la experiencia lo que debiera ser convención. Como el extranjero transeúnte en primavera que el invierno convierte en molesto estorbo de nuestras responsabilidades no asumidas el poeta pasea. Cascarrabias declarado conoce la belleza y la juventud y el sonido de cómo ambas al escampar y por eso se intenta amoldar al cambio de servidumbres que decreta la edad provecta sin poder echar de menos al niño aquel al que reñían.

Antonio Hernández es espectador de sueños a solas y de la prisa en los otros y de la niebla que empaña la memoria, aunque se pueda sedar mediante la escritura y no con esa ciencia insuficiente, hija de Luzbel como el arte lo es de una cimbreante Eva. Aprecia “el alma tiritando” de Venecia y a la vez, se siente atado para borrar las nubes que le “impiden salir a su interior.

El poeta siente tener “noticia del tesoro”, pero no haber hallado el mapa del estremecimiento con sus versos y no renuncia esconderse en su infancia donde recibiera una herencia indeleble de libros de un mal pagador, hoy anónimo, del mismo modo que él regalara al primo pobre la libertad de soltarse los grilletes del trabajo a cambio de esa caja de dulces y salados. Como él querría que le devolvieran su fe de ojos cerrados en estos años de “eternidades / que, derruidas, despiertan y se abrazan conmigo”.

Alicia González

Viento variable

Antonio Hernández

Calambur. Barcelona, 2016

176 páginas

16 €

 

 

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