Los hijos de la histeria de Putin: Eurocopa 2016

del-archivo-de-s-a Svetlana Alexievich en la Fundación Uría Menéndez

A la luz de los acontecimientos en la Eurocopa 2016 en los que participaron agresivos ¿seguidores? rusos cobran actualidad las palabras de la premio Nobel, Svetlana Alexievich, que aseguraba que el gobierno de Putin ha orientado el descontento de la gente hacia un enemigo externo de la fortaleza asediada, Rusia, que debe aguantar para resistir. Un regreso de una filosofía militar que se percibe en testimonios como el de una maestra que le decía a la autora que la vida es muy dura, “porque EEUU y la UE nos quieren escarmentar”. Son los mismos que apoyan las teorías geopolíticas de un Putin en lucha contra la decadencia de Occidente, que según la prensa oficial quiso boicotear los Juegos Olímpicos en Sochi no por la represión que vive la comunidad LGTB en el gigante ruso, sino para debilitar la fortaleza. Porque una de las formas de asedio y de atemorizar a la población es un mantra que Alexievich oyó repetirse: “vamos a la cultura de la UE, inmersa en la cultura gay”. Por eso la escritora de “Los muchachos de zinc” no comprende cómo aquellos que hicieron la perestroika, “nosotros que derribamos el monumento Dzerzhinski (fundador de la checa) somos distintos. ¿En qué se apoya esta metamorfosis, este socialismo doméstico que entra en el alma humana, dónde se realiza esta transformación? No se trata de Putin, pueden verlo en cada uno, es un Putin colectivo, este dolor de la masa, de millones, se ha transformado en un pequeño Putin que llevan dentro”. En su opinión toda la multiplicidad alrededor de la cual se forma el prejuicio actual, las esperanzas, muchas veces vuelven a estar relacionadas con la violencia, otra vez”.

Con ese argumentario se arman los hinchas: Igual que unos van a raves o fiestas de música playeros, estos aficionados acuden a lo que en algunos foros de internet denominan “festivales de violencia callejera”. Algo que no es exclusivo de Rusia como hemos visto estos días en el Reino Unido: Inoculas el veneno de la autarquía y una grandeza amenazada por todo aquel que llega de fuera con eslóganes como “Brits first” y un loco da forma a tus sueños matando a una política del partido rival.

La explicación de este fenómeno ultranacionalista en Rusia para la bielorrusa tiene su origen en que tras la descomposición del imperio soviético las personas, antes protegidas por esa idea socialista que hablaba de una vida social, perdieron el norte. “Lo que vimos fue terrorífico”: los que mejor se desenvolvieron fueron los bandidos y los antiguos prebostes del régimen soviético que pasaron a formar parte de un capitalismo oligárquico. En opinión de la escritora “se sienten robados” y sobre esa vulnerabilidad se asienta el poder de Vladimir Putin. Tanto poder que asusta: “aunque he dado trabajo a toda una aldea, si Putin les dice que me descuarticen lo harán”. Svetlana detecta una filosofía igualitarista  muy fuertemente asentada en la generación de menos de 60 años, en los que afirmó “ponemos tantas esperanzas, aunque no vivieron el miedo”. Los mismos que le dicen “no queremos vivir en un país humillado”, reiterando las consignas oficiales.

Desde su atalaya en Minsk Svetlana observa con preocupación los movimientos tectónicos que ya se están sintiendo. “Leemos ahora los libros de la Alemania de los años 30, cuando surgió el fascismo y de la Rusia anterior a 1917, el prólogo a la catástrofe, y vemos que Rusia está viviendo una situación parecida. Nadie puede formularlo exactamente, predecir el futuro es una causa perdida. El mal ha cambiado de forma, es menos transparente, es más disperso en la naturaleza humana y la propaganda en la televisión rusa quiere mezclar el bien y el mal. ¿Qué podemos esperar de una persona que lucha por sobrevivir y conseguir bienes materiales, mientras las cosas estratégicas se escapan a su comprensión?”. Especialmente preocupante en su opinión es la exposición de los niños a ese cóctel explosivo

Su dictamen es que tras el desmoronamiento de la URSS ese hombre nuevo que se anunciaba en realidad no ansiaba la libertad, quería probarla y ese materialismo compulsivo es el que para Alexievich ha salvado a Rusia de una guerra civil, del fanatismo de las ideas, mientras la élite intelectual se vio incapaz de convivir con el hombre imperfecto. Y más aún, la premio Nobel augura el retorno del comunismo sin que eso suponga un drama: “No hay nada malo, pero era entonces era muy prematuro”. A lo largo de sus estancias en países como Suecia la escritora conoció la puesta en marcha de planteamientos socialistas con efectos positivos para la ciudadanía gracias a su combinación con elementos tecnológicos, en comparación con el experimento fallido soviético donde “se intentó pasar del feudalismo al comunismo”. El siguiente paso es “comprender qué tiene la mentalidad rusa para hacer posible la realización de esta idea a una escala tan grande”. Y para después de la desintegración del espacio soviético, sentir la derrota de las aspiraciones compartidas por la disidencia del régimen y asumir que “no estamos preparados para el capitalismo” y que la verdadera lucha era contra el hombre corrupto. “Cuando recorríamos las plazas en los 90 no queríamos que volviera el capitalismo. Lo que nos imaginábamos era un socialismo con rostro humano, el de Adamovich, el de los intelectuales de la perestroika, pensábamos que tendríamos la misma vida que en Europa. Una transición entre dos realidades políticas que, sin embargo, no fue tan bella. Kabakov decía que cuando luchábamos con el comunismo nos gustábamos mucho. Ahora no tenemos que vivir con el monstruo del comunismo, sino con la imperfección humana, no sabíamos que el comunismo lo ha liquidado. Soñábamos con un pueblo ideal que se lanzó a repartir esta gran tarta rusa”. Y ahí es donde la autora de “El fin del homo sovieticus” se pregunta: Tienen miedo y se han negado a ser libres. ¿Por qué este sufrimiento no nos llevó a la libertad, de dónde nos viene esta impotencia para ser libres?”.

Alicia González

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