La tumba de Keats

keats Ofensor de jerarcas, Juan Carlos Mestre es tendencia, porque él ya hallaba “la belleza en los puentes derrumbados” antes de que los japoneses dieran nombre al “haikyo”. Suyos son los caballos, una de sus figuras fetiche, muertos como los de los pintores de la Alemania de entreguerras y suyo también el azul, color que considera imprescindible, según el poema. Entre sus declaraciones, con algo de aire a enumeración de Joaquín Sabina, la de que le inspiran compasión las jaulas o su condición de hombre de contradicciones, asociado con proscritos que encuentra al amigo en la revuelta. Tal vez porque haya algo de poeta visionario como Blake en esas nuevas ideas para el mundo que rezuman los versos de este hijo del mensajero de la oscuridad, el artista. Entre las evidencias, la de que Roma ha muerto y que el gobierno de los mercaderes se yergue sobre los restos de la democracia o que “nada se llama del mismo nombre dos veces”. Alertamos a los lectores menos expertos que Mestre exige tomar aire antes de sumergirse en su lectura, porque hay algo de alemán en su forma de escribir, pues hay que seguir toda la declaración, casi con el dedo, como las abuelas, para entender la sucesión del discurso. Pero si consiguen entrar en él encontrarán salones burgueses donde el almirante lee sus epigramas a la servidumbre, “muchachos amenazados por el resplandor de la velocidad” y otras imágenes brillantes, junto a la conciencia cívica de quien clama por “los desvalidos que serán arrojados a la fosa común por el historiador y el experto”, quizá porque como confiesa “toda vida se parece a mi vida” y supo ver que “en los barrios es la hora del advenimiento de los seres tristes”.

Alicia González

La tumba de Keats

Juan Carlos Mestre

Calambur. Barcelona, 2016

112 páginas

15 €

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