Gloria

gloria-julio-martinez-mesanza Martínez Mesanza traslada al lector a una épica de la fe y la batalla, pero también al momento extático del hijo ante la madre de Bellini y a partir de ahí lo lleva a esos ríos de niebla que esconden “vencidos ejércitos”, la miseria de encontrarse en la noche y preguntar por “el hábito de hablar de lo que siento / en términos morales y absolutos”. La voluntad hímnica prosigue en ese “domingo sin ocaso” que aprovecha para velar el alma, antes de redimirse  en “la landa indiferente y sola” y volver  la certeza de la nada que aguarda bajo un “azul hiriente” y se hace fuerte en los signos cansados de las victorias pírricas y las heroicidades inútiles.

Cual guerrero templario el poeta fía a la pureza el combate, dispuesto a amar a quien lo desdeña y a penetrar en los laberintos y con ello salir “del agua que no vive y que no muere”. Deudas al lenguaje bíblico, pasado por el tamiz de “Los heraldos negros” de César Vallejo, pues como él canta a esa Eva que es el origen de la culpa que brega en sus galeras. La expiación se halla en el rechazo de la indiferencia frente a una Europa, la defendida por Jan Sobieski y la misma contra la que encallan los barcos. El escritor madrileño canta a la esperanza alojada en la lluvia que lava las naranjas o en la luz paciente que nos pilla desprotegidos. Con esa mudez reacciona a la belleza “en lo terrible y en lo humilde” para escribir desde el interior oscuro que ensalza el humanismo de quien salva al mundo salvando una vida, aunque eso nos obligue a situarnos al otro lado de la tibieza.

Alicia González

Gloria

Julio Martínez Mesanza

Rialp. Madrid, 2016

64 páginas

9 €

 

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