Imágenes en fuga de esplendor y tristeza

villena Liberado el poeta de la guardiana del tesoro para el que apartó “todo cuanto era acre y sucio en la vida vulgar” Luis Antonio de Villena despliega ese muestrario de “anónimos, desaparecidos, bellos” de la Movida junto a amigos, admirados, vecinos y familiares, casi rindiendo homenaje a Gerald Durrell.

La poeta se ríe de la viejecita mendiga que puede que sea -según propia afirmación- frente a un mundo indigno que ha perdido de vista la fascinación por la decadencia de un “príncipe maldito” o el esplendor del “chico de placer en Shimbashi”. Y ya que este mundo decepcionante donde la magia está de capa caída y el conocimiento es sucedáneo no le subyuga nos traslada su devoción por la Bella Otero por haber tenido “la desesperación de aguantar” y se deleita en la belleza de imágenes orientales, “recuerdos deshechos por los años”. Sus versos no juzgan, porque “trabaja la noche”, aunque algunos pasajes como la escena del acoso escolar al “dios de los gemidos” lo mereciera. Y bien lo sabe quien afirma que la España que aguarda sólo podrá “venir del cambio y del olvido”.

Porque a pesar de que nadie vea el de antes en el de ahora, el instante en la memoria del autor detuvo esa “joven geometría sometida”, la valentía de la desnudez sin pecado, el sexo ficcional de la red, la vida gentil de la cantante de cuplés, la hermosura tenebrosa y el asco por la mediocridad con que han dibujado a Cernuda en su “santa indignación”. Desde esta vida “sin verdadero sentido de futuro”, el poeta celebra la dicha de la ignorancia con atrevimientos fotográficos que hoy no son tales. Por él sabemos que ternura y desprecio no se excluyen y que arte y vida son sus esperanzas, pese a que se sienta ya aguardando en la terraza de ese buque imaginario que pase “cuanto me es duro y me ofende en el arrecife de la vida”. El poemario es el relato de la pérdida de la molicie anónima y de todos cuando la vida es “larga penumbra y una sola noche de incendio”. Por eso en la madurez superviviente que afila la inteligencia se acusan el cansancio y el miedo, sin que se detenga la dama andariega, ni se derrumben los pilares del templo sostenidos por “amigos fuera del tiempo y de la vida” con los que se compartió la gloria pasada en que la vulgaridad no lo intoxicaba todo, salvo estirpes inmortales como la de Sigfrido, coleccionada como muchas otras estampas por este amante de lo bello y solitario en este catálogo de verdad que fue y se entregó en una juventud de cisnes enfangados por los años, salvo imprevistas sustracciones de la muerte. ¡Piensen en Duchamp y en esa escalera de cuerpos superpuestos!

Alicia González

Imágenes en fuga de esplendor y tristeza

Luis Antonio de Villena

Visor. Madrid, 2016

242 páginas

14 €

 

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