No dejaría nunca de escribirte

escribirte Cartas a la “reina bárbara” repletas de añoranzas y recuerdos arrebatados, mezclados con los momentos que pasan lejos del objeto de su pasión: carreteras plagadas de mendigos deformes, monumentos por los que transita inmune, procesiones, su ternura entre mayólicas… En los tiempos de la dependencia de la estafeta de correos el escritor manda sus recados picantones o sus quejumbrosas cuitas con tanta asiduidad que pareciera usar Whatsapp. El frío fascista nos muestra la superchería del enamorado, con sus violetas mágicas y otras brujerías para aliviar el deseo en la distancia. El repertorio de emociones es intenso: la vanidad del amor, el revivir de los afectos apagados, las consignas de la muerte frente al despecho que nos señalan a un Ariel si una vez entregado, luego delirante. El vínculo idealizado se entiende así indisoluble hasta que el tiempo lo devuelva como respuesta al escalofrío del fin.

Resulta curioso ver a una figura tan altisonante como el de Pescara perder el control por Barbarella (N.B.: indagar las posibles relaciones entre esta lectura y su influjo, si lo hubiera, en la película de Roger Vadim con la sugestiva Jane Fonda) mostrándose fogoso, dudoso, arrebatado en los momentos de “loco abandono” que en ocasiones no es más que triste circunstancia de agenda familiar de un futuro coleccionista de musas que por entonces sólo era aprendiz de infiel. Y lamentarse por la degradación de lo noble en el escrito (“la palabra, al intentar expresar un sentimiento íntimo, es tan grosera y tan exigua y tan dura que acaba por vulgarizar a veces hasta el más delicado impulso interior”) y porque la sintonía de los amantes nunca sea plena (“comprenderte ni poseerte entera jamás”).

Alicia González

No dejaría nunca de escribirte

Gabriele d’Annunzio

Fórcola. Madrid, 2015

960 páginas

54.50 €


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