1945. Cómo el mundo descubrió el horror

wieviorkaOhrdruf seguramente no les suena de nada, pero para Meyer Levin, emigrado de los judíos de Vilna y sionista cultural, fue el inicio de una obsesión. Testigo de la apertura del primer campo de concentración, el corresponsal estadounidense vuelve al cuento hasídico que tal vez inspirara a Conrad su “Corazón de las tinieblas” y Hannah Arendt terminó acuñando como banalización del mal. Junto a Éric Schwab, apodado Pixie (el duende), Levin no verá el reconocimiento de la Shoah que su compañero capturará a través de los rostros demacrados de la supervivencia. Quedan por hacer las lecturas sobre la novela del periodista en la que Hitchcock basará “La soga”, otro crimen por placer de las élites. Entre las licencias que Levin se toma, aquella de acostar a un judío piojoso y con tifus en el lecho de Hitler en la Haus Elephant de Weimar.

Los dos camaradas asisten a momentos como la noche de Rosh Hashaná, en que una comunidad en pie llora a sus muertos, tras descubrir la verdad sobre los rumores de muerte y esclavitud. Uno busca la entelequia judía entre las ruinas, el otro a su madre en los campos de la vieja Alemania. Salvar vidas -un no acontecimiento según el general Petrenko- no era objetivo militar, la victoria sí.

Ehrenbert es el preso cadavérico que les marea con sus “historias inverosímiles”, como és de los 29 putrefactos bajo el sol de abril, la muerte anónima, pero exhibida como prueba del horror. Las imágenes de la conmoción de los protagonistas no existen y el último campo abierto por los nazi queda sin documentar, el campo en el que el desquiciado Patton vomitó. Levin constata la simplificación que elimina el genocidio judío, perpetrado por la sociedad macabra de Buchenwald, donde el roble de Goethe merece más compasión que los internos: apostar por la historia más que por el futuro.

Alicia González

1945. Cómo el mundo descubrió el horror

Annette Wieviorka

Taurus. Barcelona, 2016

240 páginas 

19,90 € 

Anuncios