De tu tierra

 

aquetación 1 Si la soledad y las raíces anclaban la obra de Pavese, es de justicia que esta Antología de la poesía manchega entre dos siglos a cargo de Rafael Morales y Ricardo Virtanen homenajee de forma callada al turinés desde una poesía igualmente intimista, de raigambre manchega en esta ocasión. Quizá por eso José Corredor-Matheos abra la compilación con el silencio de la patria y la ceguera con que nacemos que conducen la deriva de sus versos a un existencialismo que nadie espera en el universo vacío donde el escritor opone su obra inútil a la belleza natural. Orientalista y autor de la poética del despojamiento reflejado en ese reloj que horada nuestras muñecas dejando en ellas la huella del tiempo que vuela sin ser pájaro nos habla de la imposibilidad de hallar respuestas más allá de las que se obtienen de lo que está fuera de nosotros, se enfrenta a la certeza de una felicidad ardiente, a pesar de la irrevocable muerte.

A continuación, un adoptado manchego, Félix Grande, se nos hace más actual que nunca con esos versos que perciben en la innoble resignación la amenaza para la música de una sociedad sorda a la dominación de los miserables. Aunque para despertarnos el poeta pacense escribe como un Rembrandt sobre el adormecimiento que nos provoca el horror del desollamiento, porque eso y no otra cosa son las noticias. Por eso nos receta música -pero no vista como dócil dama, sino “huérfana famélica” que nos lame los huesos datando nuestra ruina- y poesía, medicina en deliberación con las vísceras, las mismas que reconoce en las calles vacías del lienzo.

Seguimos con Antonio Martínez Sarrión observador de una España congelada en las luces del cine recalentado por las niñas que dejaban de serlo y en las fiestas engalanadas con “trajes de muerto”. Batallas de amor que se saldan con la luz de la mañana y duelos con la solemnidad que ponen los años, pues salvando las necedades la alegría se imponen sin licencias, especialmente para los obscenos pobres.

El trabajo de Dionisio Cañas descubre la risa de la eternidad en las tareas del poeta ridículo y muerto que sin embargo, morirá matando al lector por haberse olvidado de los lobos milenarios.

Manuel Juliá es el creador del mar hecho a partir de “las palabras que no comenzaron”, el mismo lenguaje lejano que ya sólo se recupera en paisaje frente a la ciudad como osario.

Mismo tono, el empleado por José Luis Morales, que nos habla del juego de las identidades propias y también de las de esa madre, matrioska, a la que busca en cartas que no envía y en el tacto, mientras la casa desventrada es la muerte presumiendo de estar bien como diría cualquier padre.

La poesía de Pedro Antonio González Moreno es en cambio la de la sintaxis de la carne, tal vez porque como asegura “entro siempre en el nombre como se entra en el cuerpo: besando su misterio al pronunciarlo”. Lo suyo son los nombres que nos llaman desde dentro y la vaciedad de los armarios, al tiempo que la memoria se expande hacia el exterior. El poema brota así de las cenizas, vaciado de humo.

Y cerramos con dos mujeres, Beatriz Villacañas y Ángela Vallvey La primera alimenta estatuas con el vitalismo de quien ha identificado “el tiempo del padre”, si bien sabe cual Tetis que “los dioses han vencido” y hay que ganárselos creyendo desde la creación. En cambio, Vallvey comparte con delicadeza ese amor que sucede en cada uno cuando el otro es “la vida venciéndome despacio”, una primavera afectiva que “tiene abiertas las manos”, incluso pese a haber visto desvanecerse su alma y sentirse abrasa en los vestidos de soltera, “materia corriente” como la inmensidad.

Alicia González

De tu tierra

VV.

Pre-textos. Valencia, 2016

176 páginas

16 €

Anuncios