Los hijos de Dylan, el Nobel de la melancolía

bob-dylan Se reunían como los conspiradores, como las ratas que siempre son los poetas en tugurios de mala muerte y allí se agredían sin pudor con sus plaquettes o sus folios mal doblados, porque si habían dado el salto a una editorial de las buenas ya no visitaban los lugares santos, no fuera que los reconociesen.Hasta que los bares de poesía se hicieron laicos y dejaron de ser fruto de un momento de espontaneidad y terapia compartida a matacaballo para transformarse en agentes de edición y lectura con público, incluso haciendo caja en el mejor de los casos. 

El Club Bukowski, Diablos azules, Tapas&fotos… son negocios nacidos de la necesidad, porque nada es más necesario para el poeta que compartir sus versos en estas Últimas Cenas, donde cada autor ofrenda a los demás sus pequeños “engendros”, a veces artefactos y obtiene el reconocimiento que las editoriales grandes les niegan. Las sesiones poéticas, con o sin acompañamiento musical, son ahora moneda de curso legal entre la tribu literaria, porque emprender en cultura sigue siendo un atrevimiento.

Estos hijos de Bob, ahora sr. Dylan, por supuesto, cuentan como el de Duluth con un verso reivindicativo, que huele a depresión, a queja, a ciudades hostiles y a desorientación. Aunque probablemente nunca reciban el galardón de la Academia Sueca que huele a la melancolía de unos señores mayores que echan de menos sus años de protestas y melenas y premian en Bob al joven que ellos fueron y perdieron seguramente por el camino. Tal vez quieran “volver sobre nuestros pasos, para quemar cuadernos, borrar diarios/ y enterrar poemas en secreto” como propone Toño Benavides en la Antología Poética del Club Bukowski y da la sensación que con cada Nobel pretendieran acercar cada vez más la literatura a la calle, desde el periodismo o la canción, no sea que les pillen en un renuncio en una entrevista sobre las virtudes del premiado y no sepan qué contestar. Por eso es más fácil otorgárselo a Zimmerman que a Adonis, porque eso implicaría pronunciarse sobre el conflicto ruso-estadounidense en el tablero sirio, Lobo Antunes, pero oh, oh, podría leerse en clave de apoyo a los PIGS de la UE, o ni qué hablar de Peter Handke, incómodo donde los haya por su postura crítica a la intervención de Clinton (Bill) en la guerra de los Balcanes. Y la Academia es una tertulia de señores mayores hasta ahora con el oído muy fino para atender las voces que nadie oía, hasta que prefirieron sacar los vinilos del arcón e intoxicados de espíritu contestatario se declararon contrarios a la lectura y proclives a la consigna: Más breve, más contundente, más de nuestros tiempos…, es verdad, les lleva menos tiempo. Eso o que han desarrollado alergia a los ácaros del polvo.

Alicia González

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