¡Extra, extra! Muckracker. Orígenes del periodismo de denuncia

extra Asumiendo que “somos prostitutas intelectuales” (Schellhous) los golpes y los malos pagadores van en el cargo. Lo siguiente, la indagación sobre la clientela lo pone cada uno. Todos los presentes en el libro son dignos de alabar por aunar el talento con el mérito democrático del oficio, aunque hubo quienes los designó como muckrakers, por rastrillear la mugre de la política innovando audazmente el trabajo de las redacciones.

Sería Roosevelt el que se mostrara accesible a los insiders y amenazante con los traidores, retomando al hombre de Bunyan para criticar a los que se recrean en su opinión en lo degradante y no duda en pedir determinación y cordura: “si acaban convencidos de que el mundo entero no es más que porquería, su utilidad desaparece”. El presagio de daltonismo social que los periodistas de investigación podían causar no se cumplió y estos siguieron denunciando cómo la brecha entre ricos y pobres dañaría al Estado. Para “Teddy” la solución estriba en distinguir entre las fortunas bien y mal ganadas, lo que obliga necesariamente a ejercer un control de la riqueza y a la búsqueda del bienestar del asalariado de la que depende el país. Y ahí es donde entran estos aspirantes a corregir las “disfunciones” del capitalismo desde una ética protestante contra la degradación en la que viven aquellos de los que nadie quiere escribir en manos de una beneficencia pornográfica, la morbosa afición al crimen de los que viven en la cobardía moral o una superioridad equívoca que pueden llevarnos a creernos mejores que civilizaciones como la china.

Kipling, Stevenson, Jack London, Doyle… están en las filas del paternalista McClure que logra con sus consejos sembrar el caos en las redacciones y se rige por el principio de esa atenta vigilancia a la que obliga la convicción de que “no queda nadie; nadie salvo todos nosotros”.  Hapgood por su parte advierte frente a la demagogia y esa “farsa que se hace pasar por justicia” cuando se desvelan abusos de poder y corrupción, por el peligro de ser gregario que apuntaba Mark Twain, aunque no menor es el riesgo de caer en brazos de la desmoralización que causa el amarillismo o la moda de la denuncia per se.

Encontrarán en el libro frases para grabar en el frontis de cualquier institución: “El castigo se inflige sólo a los que robar porque lo necesitan; pero salen indemnes aquellos para los que el robo es un lujo” y recordatorios para quien se siente a salvo: “El pueblo no es inocente” (Steffens).

Alicia González

¡Extra, extra! Muckracker. Orígenes del periodismo de denuncia

Edición de Vicente Campos

Ariel. Barcelona, 2015

320 páginas

22,90 €

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