Volga, Volga

 

volga Su pasado está en el diario de tapas rojas del general Karamujić al que ya nadie podrá pedir confirmación de su valía. Dželal Pljevljak observa un escalafón militar podrido desde el restaurante Sunce y mientras le explican un destino aciago, se convence de que Dios ayuda a los rectos y leales como su general ateo.

Pensar en sus problemas salva a este chófer desmovilizado que cada viernes se mete en su Volga para conducir de Split a  Livno, en un viaje entre dos ciudades que ya pertenecen a dos mundos. El efendi tuerto Haris comparte con él el alivio de la charla, cómo las advertencias de la guerra se perciben en los frutales, en tanto los hechos se imponen. El imán no podrá enviar a sus hijos a Occidente para “no morir por ser lo que eran”, en los tiempos en que la revolución era una moda mundial. Este viaje iniciático para asistir al rezo de los viernes, Yumu’ah, le hará instalarse en la tristeza de otro y pensarse croata siendo bosnio (“me resultaba muy útil saber cómo ser lo que no soy”). Imagen tan espectral e imposible como la manada de caballos del monte Golija o la de una reconciliación panyugoslava acuden a la memoria de un personaje que pasaba por allí mientras la historia se le vino encima con todo el peso de los lapidamientos de los gendarmes desnudos de gorra para abajo o el fallido imperio subterráneo. Aunque siempre quedan ancianos dispuestos a jurar en falso por uno y familias que sin ser la propia te acogen con los pies mojados por la nevada, sin recriminarte tu cara de extranjero ni todas tus faltas en una Yugoslavia de seres errantes buscando a los suyos.

Alicia González

Volga, Volga

Miljenko Jergović

Siruela. Madrid, 2015

272 páginas

21,95 €

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