Cobijarme en una palabra

zavattini El reggiano es de los que consideran que mejor observar que entorpecer, pensemos sino en el ejemplo del padre cornudo entre los árboles, pero tocado con sombrero de paja para hacerse bien visible. Y lo hace con el dialecto que suena a “chirridos de carros de bueyes”, animando a vivir con solemnidad “el misterio de la vida” y comprendiendo que “no basta tener razón / para hacer la revolución”.

Su Italia desertora y cobarde es la plañidera que llora en la niebla a un muerto inexistente en una cinta de Fellini, los matrimonios gritones que se agreden por amor, calles en las que se desvirga y pueblos salidos de una nada poblada de venganzas calladas en la contienda. Y el lenguaje poético de Zavattini el de un corazón que se mea de felicidad o la forastera risueña con la “pájara” de unos chavales, en versos que no perdonan jerarquías, ni siquiera la intensa vida sexual del Papa y se revuelven contra los jóvenes que le arrebatan a él el deseo en la senectud. Y no crean que al escritor le preocupa a estas alturas ir a contracorriente, ya que parte de la convicción de que “solamente con existir / nos ganamos enemigos” y podría dedicar lo que le queda a argumentar que las masas siempre tienen razón. Por eso hay que dudar metódicamente para que las ideas preconcebidas no nos cambien esos falsos, aunque gozosos domingos, mientras la esperanza puede ser el mejor disfraz de la culpa y la inacción, tan pareja a la noñería que lloraba porque la sopa quemaba. Como hizo su madre, ¡llamen al pobre del pueblo!

Alicia González

Cobijarme en una palabra

Cesare Zavattini

Bartleby. Madrid, 2016

167 páginas

13 €

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