Los árboles se han ido

lorca ¿Queda algo por encontrar de Lorca? Probablemente su cadáver y hasta en eso hay disensiones. Éste sin embargo, es el Federico más vivo, por poliédrico, porque estamos no ante el trágico que cantaba “el miedo de fina arena” al paso de la Guardia Civil o el sintético escritor que con apenas ocho pinceladas, léase versos, nos sienta frente al “Paisaje sin canción”, tan grato a los oídos de Buñuel -hombretón jocoso de ceñudas austeridades, quizá fruto de la reciedumbre aragonesa- como nos recuerda el compilador de la selección, Juan Marqués, en su prólogo.

Porque si hay un García Lorca sobrio también está “El poeta que pide a su amor que le escriba” para el que recrea la sensualidad de un “duelo de mordiscos y azucenas”. Y es verdad, el de Fuentevaqueros hacía a todo: el epítome de lo andaluz en el “Romance sonámbulo” consigue hacer soplar para nosotros el viento fresco y verde entre las ramas y al poco nos coge de la mano para caminar empapados bajo un Santiago ceniciento. Está el Lorca conciliador “arrojad de vosotros / el corazón enfermo” y el asqueado “la vida no es noble, ni buena, ni sagrada”, el que observaba su futuro en el juguete de su niñez ardiendo en la lumbre e intuía la tristeza de “la vida en el cementerio” con ese aire nocturno casi premonitorio. Aunque sin duda queda por ahondar mucho en el Lorca que logró preservar la mirada inocente y por eso nada mejor que un libro de cuidadas ilustraciones donde un padre pueda detener el dedo de la lectura sobre aquel poema-acertijo en que las doncellas bailan amarradas al mástil de la guitarra por “un Polifemo de oro” o en ese otro donde retumban los hachazos, para que en caso de duda, sea su hija quien con naturalidad le explique: “Los árboles se han ido”.

Alicia González

Los árboles se han ido

Federico García Lorca

Nórdica. Madrid, 2016

88 páginas

22,50 €

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