El decapitado de Ashton

oniaA la muerte de Félix Grande el autor se aferra a la vida y el ahora, con la afirmación de que siempre habrá más ojos que arena en el ataúd del poeta, si bien con la muerte “se agrandan las pequeñas soledades / con las que vivía, / nuestra parte cansada, / la siniestra costumbre de asomarse / a las fotografías y el espejo”. Un currículum que Onia se aprestaría a llenar de renuncias y abandonos.

El joven escritor expone su culo ante el ojo del lector para demostrar su verso vacío de artificios y también aquel otro provocador que suma el barrio al barro, con la única ambición de ser los otros, pero ser ante todo el poeta.

A veces de la mano de Blas de Otero, otras de Lorca o Bécquer y muy borgiano en ese continuo desdoblamiento observante, con el espíritu empeñado en levantar “los pueblos sumergidos que la nada cubre”, escribe una lírica tullida de fines terapéuticos y aires de haiku en esas hormigas que consustancian la vejez. Por contraste, este soñador insistente asocia la vida con el deseo previo de la imaginación, para luego, eso sí, ir en busca de la perfección que destruye a cada paso. Iván Onia es altamente consciente de su condición de creador mientras contempla su escombro desde el que nos describe los pecios y las confesiones que arman “el hombre que no soy” y es el hijo rememorando esa noche del padre atosigante como a los niños de Laughton un predicador maldito o como el tigre del pasado al niño Blake. Antesala de tenebrosas imágenes de hombres ajusticiando a otros a los que conocieron y de supervivientes insensatos de un mundo esperanzado, igual que los ojos de perros custodian las tumbas  esa verdad que “es una jaula abierta”.

Alicia González

El decapitado de Ashton

Iván Onia Valero

Siltolá. Sevilla, 2016

84 páginas

10 €

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