Poemas de la era del jazz

fitzgerald La Muerte siempre próxima al agua y con grandes cortinajes para hacer más dramática la escena, como en “El Gran Gatsby”, está en esa “Lluvia de madrugada”. Los paisajes de Fitzgerald languidecen, sea en el campus o por el aire decadente de la ociosidad cansada de sus protagonistas que aún recuerdan “cuando los finales felices no aburrían / a nuestras no fermentadas almas”. La sombra en el carnaval, los hilos dorados del ropaje, los amores que se llevan la luz y hacen desvanecerse la música y la desolación tras la fiesta que empuja a disfrutar de todo lo perecedero y fugaz del placer están en el escritor de los felices veinte, con sus canciones de apenas dos versos, rima narcotizante y trenes traqueteantes. En realidad, es el relato de un tiempo que no volverá “cuando la vida era un primer plano” y se mantenía intacta la fe en los dioses, ahora desertores. Un universo alegre no apto para “chicas a medias”, cuya dote más deseada es ser licenciosas, pues el “gozo de ensayar. Lo hicisteis un arte”. Aunque hoy sea “dulce negación del pasado” en que ella heredó el mundo en brazos de otros hombres. Por eso, se lamenta de la “triste catástrofe” que suponen las compañías incómodas que no aciertan cuando interrumpen el goce. A la postre, lo efímero de la fuerza queda en el retrato de esa mujer del boxeador tirado en la lona.

El escritor se ríe de sí mismo al preguntarse “¿soy un perro o sólo un jamelgo? / (lo ha sublimado con la cultura)! En su papel de snob burlón con la muerte que toca ragtime con su árbol genealógico que si le hacemos caso peleó en Azincourt

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