Confuso laberinto

 

laberinto.jpg El doppelgänger resalta nuestra imperfección, todos los matices y desvíos que nos hacen nosotros en este dédalo de espejos, pues “somos lo que queremos y escondemos la práctica del tiempo”. La despersonalización siempre halla senderos, facilidades, en tanto que “para ser hay que tomarse en serio el resto de la vida”. Y en esa línea de expectativas, ese posibilismo está la verdad, a pesar de que “la singularidad (sea) el precipicio de lo efímero” (cualidad del proceso de creencia, siempre imposible a su parecer, aunque hay quien ejerza de divinidad teocéntrica), como el reloj en Piccadilly en marcha y detenido cuando le place.

Estamos ante un gaditano buscador de esencias (“somos espectadores de la verdad”), simplificador del desorden de la vida y avistador de momentos liberadores para el alma que parte en viajes no vividos y recuerda. La apreciación del tiempo y la muerte -condición del hombre junto a la soledad- está en unos girasoles, el desconcierto de una gaviota y la terquedad, la promesa al fin cumplida en el círculo cerrado de la belleza poética. En conversación con sus sombras Anaximandro, Poe, Melville, Thomas Hardy, Barrie…, para operar desde los dones y alcanzar tal vez la impertinencia del acierto, aquel que llega sin impaciencia. Tomista por su convicción en que a la unidad precede la separación y husserliano en el argumento de la multiplicidad de elecciones que nos empujan a arrinconar la conciencia. Respetuoso del estruendo en versos que observa en México y consciente de que las definiciones son la patología más letal para la filología, nos ofrece su receta para la materia poética: no atender a desvíos, hallazgos mentirosos que nos devuelven al “confuso laberinto de la ignorancia, la limitación”.

Alicia González

Confuso laberinto

Javier Sánchez Menéndez

Renacimiento Los cuatro vientos. Sevilla, 2016

224 páginas

16 €

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