El ojo no visto del mundo

 

jrj No es éste el libro ideal de Poesía no Escrita que Juan Ramón hubiera querido dar a la imprenta, con las hojas en blanco, sino un compendio de reflexiones de alguien que entiende la vida en poesía inmanente como conciencia iluminada por la belleza. Dice el de Moguer estar en posesión del secreto indecible, una esencia intraducible con una musicalidad inventada que en su calidad de vidente, al modo de los simbolistas escucha siguiendo el hilo de plata, lejos de las palabras de los hombres. El escritor sueña con abrir los ojos hacia dentro para aproximarse a una intuición, aunque sean mentiras hermosas, ante la inviabilidad de conocer. Su objetivo es lograr una forma artística tan perfecta “que parezca que no existe”. Y ese dibujo del “polvo y la sombra” del poeta es nítido con los años, pese a que la dictadura se encargó de ensombrecer su obra y él declarar no tener ánimo ni para ser maestro ni discípulo. Vano intento porque en estas páginas vemos desfilar a Lorca, Aleixandre, sus cartas para intercambiar pareceres con Cernuda y esa vida de hermandad poética de sus primeros años en un Madrid de “bruma íntima, asco amargo, abierta a la melancolía” de la mano de la hermandad poética de Villaespesa -y sus dedicatorias “falsas”- con el que compone una pareja de “locos sucesivos”. Unos años de tertulias entre sillas desparejadas -no hemos inventamos nada con el vintage- y discrepancias con Ramón, para los que él sí que inventa una crónica florida de esa bohemia canalla que el Modernismo más leído transformó en ñoñería.

El trabajo recogido por Antonio Orihuela permite trazar sin borrones el retrato del autor de “Diario de un poeta recién casado” que, contrario a las campañas para su candidatura a la Academia, no busca complacencias, porque confiesa: “me estoy haciendo a mi gusto” y la vida total puede que lleve aparejado el “olvido inmarcesible”.

Para JRJ el color del mundo evapora el resto y el conocimiento es tan sólo ilusión, de ahí la constancia en el arrepentimiento de la obra y la necesidad de saber parar una vez alcanzado el clímax de la contemplación, escapando de la belleza y fortaleza de la mentira, grave tentación para el artista.Si pensamos en clave actual cabría pensar que su reflexión también nos vale para las redes sociales, pues dice el poeta que se siente prisionero de la escritura esclava de quien cuenta sus experiencias a quienes no las podrán aprovechar. Pues por muy autorreferencial que se sea coincidiremos en la imposibilidad de transferir la sensación punto por punto. Juan Ramón experimenta todo en arte y en eso es un avanzado de esta realidad experiencial que vivimos. Y hubiera disfrutado con el auge del microrrelato pues en otras páginas se queja de los que le piden cuentos largos que mantengan la chispa, sin entender que la chispa pervive el tiempo de Zagreo, pues escribe movido por “la nostaljia de la emoción”. Hálito que insufla su raíz al decir que Andalucía salvará a España con “su sensualidad pura”.

La poesía se concibe como una senda individual sin paternidades ni sucesiones y como una actividad práctica, en proceso, pues tiene muy claro que hay que depurar lo que crea, nacido como está para “salvar y romper” papeles.

El anticlerical defensor del “aquí, ahora y gratuitamente”, frente al “largo me lo fiais” del Paraíso religioso y el hombre que tiene en la mujer desnuda su “meta y consuelo” fue modernista -aunque lo tache de accidente momentáneo- durante la guerra de Cuba, conceptual en la Primera Guerra Mundial y con una obra en marcha durante las guerras civil -en la que perdió su biblioteca a manos del expoliador Félix Ros- y del 45. Lógicamente devendrá antibelicista y en absoluto germanófilo -¡cómo pensarlo de alguien que habla del “gorila alemán”.

Libre hasta el fin y reacio a la cadena de las siglas políticas, se afirma “enamorado partidario del pueblo” y acuña el término de “popularero”, defendiendo un comunismo idealista frente al comunismo capitalista con su peculiar comunismo poético. Pese a ello este defensor del “pueblo verdadero” que no es casta, se opone a aceptar sin más los “ideales colectivos” por tener ideales propios. Dice “quiero ser libre. Por eso amo tanto la verdad, la soledad y el amor”, aunque una soledad acompañada. Y de ahí entramos a otro valor de avanzadilla juanramoniana, su idea de que la fortaleza debe primar en la poesía machota de las mujeres y la ternura en la de los hombres en un feliz intercambio de papeles. Un pensamiento que ya era moderno entonces y hoy mueve todavía a la mueca de desagrado en algunos.

Nos preguntamos si la protesta ortográfica que tantas veces nos enseñaron en el colegio, las “ges” y las “jotas”, pero también las “eses” por “x”, es una forma de rebelarse contra un régimen inflexible, nacida de la contienda, presente en su visión del poema en prosa que define “sin interrupciones, sin párrafos, sin comienzo ni fin”, talmente como nuestro país. Y eso explica que se sienta acogido por Puerto Rico, Isla de la Simpatía, de gente bella y humana con pieles polícromas y una exuberancia de gentes y paisajes. Frente a esa calidez, las dudas de fe de quien crea, pero ve nacer niños monstruosos o los ve morir y no encaja la mirada dura de ese dios con la de un padre. El poeta es el mimso niño Juanito, perdido en su selva infantil de incomprensión y silencio que recuerda la desazón materna ante el hijo crecido jugando al escondite, asustada por el hijo oculto. Con esa misma “conciencia vijilante” equiparable al monólogo incoherente y falto de lucidez de Perse, Joyce o Elliot piensa en Dios aun sabiendo de su falsía.

A veces inseguro, otras pretenciosamente pedante, asegura “chorrerar belleza propia” y se confiesa cada vez menos lector de otros, porque dice no comprender, espantado por las obras “de una juventud asobrinadita, injeniosa y populista”. Los ojos quemados por el tiempo que el escritor no reconoce son en definitiva los suyos, aunque lo veamos en cada una de sus caricaturas ya clásicas como la que lo muestra con Macferlan gris y bombín negro.

 

 

Alicia González

El ojo no visto del mundo

Juan Ramón Jiménez

Amargord. Madrid, 2016

512 páginas

20.90 €

 

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