“Escribo para un pabellón de insumisos”

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Entrevista a Juan Carlos Mestre
En 1999 Mestre se despedía de la juventud desde Roma y profanaba con sus versos “La tumba de Keats”, un libro que hoy se lee casi en clave profética. Reclinado sobre la mesa mientras dibuja poseído una acuarela intentamos entender cómo el lenguaje de la creación crea la realidad a partir de la desobediencia... 

  Has dicho que en poesía todos los territorios vuelven a estar disponibles. ¿Eso te sitúa fuera de las etiquetas generacionales?

La poesía es el acto crítico de mayor desobediencia frente a las teorías establecidas y aunque parezca una paradoja, frente a los modelos canónicos de comportamiento y a las conductas retóricas de lo previsible. Si algo desafía la poesía es la horizontalidad cronológica de la lógica y el tiempo, pues establece frente a la arbitrariedad histórica de las categorías un espacio fuera del tiempo, porque así como la poesía carece de gramática, su lugar en la conciencia es atemporal en la medida en que funda un territorio de lenguaje íntimamente vinculado con la experiencia de vida de aquel que no hace de sus palabras sino un territorio de revelaciones y en ese sentido, los discursos de sistema, las lógicas de los discursos de orden saltan en pedazos con el discurso poético.

“La tumba de Keats” tiene mucho del visionario W. Blake, incluso has llegado a decir que oyes voces..

(Se ríe) Estoy muy ajeno a los fetichismos de lo mistérico que consideran que la poesía procede de una voz de ultratumba o los viejos mitos retóricos de la inspiración. Toda experiencia poética es resultado de la vivencia radical en el lenguaje y una apreciación de conocimiento de la conciencia de la realidad a través de él. Las palabras portadoras de la ampliación de significados, las palabras poéticas, aportan a la cultura civilizatoria una multiplicidad de sentidos que se revelan en el poema, de ahí la revelación, el sentido último de las palabras que acuden al poema no para significar lo que el lenguaje coloquial determina como una utilidad inmediata de la lengua, sino como una excavación en los territorios de la conciencia y un desafío hacia significados aún imprevistos, desconocidos y posiblemente ininteligibles del porvenir. Ése es el desafío de todo poeta, ampliar los horizontes significativos de su lengua.

¿El lenguaje es como afirmas una forma de vago poder?

Todo poema por breve que sea es el resultado de una vida, de la radical conciencia de una manera de estar en el mundo. Arrastra consigo todas las experiencias más allá de la apreciación pragmática y objetiva de realidad y se revelan en él como una conducta interpretativa del mundo vinculada a aquella capacidad negativa de la que hablaba John Keats, la intuición, esa actitud de lo humano que el buen sentido rechazaría, pero que forma parte del gran desafío civilizatorio de lo que ha supuesto el lenguaje como constructor del mundo. El lenguaje realmente crea realidad.

Es sorprendente que un poeta tan arcano tenga tantos seguidores, ¿te leen bien?

No creo que haya nunca una lectura equívoca, creo que el poeta es un taxista que lleva a la gente adonde la gente quiere ir a vivir su vida. He renunciado a ejercer cualquier autoridad artística sobre los demás y no puedo pretender que el poema se convierta en un constructor cerrado, en un mapa para conducir a un lector al lugar que uno le propone. Me interesan mucho más las lecturas del error y de la disidencia que las de la complacencia, es decir, una lectura que viene a subrayar la voluntad del conocimiento adonde llega mi conciencia en la percepción de mi propia escritura no me desplaza del lugar en el que estoy, incluso conduciría a algo a lo que un poeta debe oponerse radicalmente que es el autoenorgullecimiento. Mi poesía no siempre tiene las mismas ideas que mi cuerpo, es decir, la conciencia de la poética, su desobediencia, pasa también por emplazar críticamente la voluntad del sujeto que la escribe, pues yo me disuelvo como autor en el sujeto crítico de mi obra. Si uno apuesta por esa conquista del pensamiento que viene de las grandes aportaciones críticas del pensamiento europeo de las posvanguardias no puede convertirse en el guardiacivil de sus propios poemas, ordenando el sentido y la dirección. Escribo no para un regimiento de conscriptos, sino para un pabellón de insumisos. Y espero, que el lector, de existir, ejerza el mismo acto de insumisión frente a la lectura que he intentado yo frente a mi pensamiento. Yo me he desobedecido a la hora de escribir.

Aseguras que “de lo mismo que me acusan yo me acuso” 

Sería uno un estúpido si después de leer a Rimbaud a Whitman a Paul Celan o Antonio Gamoneda uno no asumiera las limitaciones de su propio lenguaje. Gamoneda está en la fundación de mi conciencia y mi conducta y por tanto, de mi poesía. Siempre he sentido su presencia protectora, para decirlo con alguno de sus versos como la mano de esa madre sobre su hijo que sueña con cuchillos. Ha sido una presencia constructiva en la manera de entender el hecho poético y por tanto, la permeabilidad frente al sistema metafórico sin duda está guiado en las zonas de lo invisible y en las menos visibles, pero posiblemente más profundas de mi poesía por un poeta como Gamoneda.

Dices que quieres recuperar la memoria de la aldea. ¿Estás conforme con esas interpretaciones que se han hecho de ti como poeta político?

Todo texto poético es esencialmente político, una propuesta crítica que deconstruye la realidad y le exige a un grado de intensificación vinculado con dos cosas: un acto de resistencia al mal -la palabra está ahí para ayudar a construir la casa de la verdad y no para destruirla- y otra, la indagación crítica de los lenguajes del porvenir que generan pensamiento y por tanto, utopía vinculada a la posibilidad de una mejora sobre lo que para mí es constitutivo esencial del lenguaje, la elaboración discursiva del concepto de la dignidad humana. En ese sentido, la poesía ha estado vinculada a la consolación y a la protección frente a los actos de fuerza. Creo que la poesía es el lenguaje de la delicadeza humana: frente a los actos ominosos de fuerza en la escuela del franquismo la poesía era para mí mi única posibilidad de salvación. Desde entonces la poesía se ha convertido en un acto político de defensa en todas las circunstancias de la intensificación de la experiencia y la nobleza humanas. La poesía viene a ennoblecer frente a la penuria, la condición de lo humano como un elogio de algo absolutamente irrenunciable, la aspiración de todas las personas a la felicidad. Y la poesía está en ese constructor, siempre subrayando ese gran sueño pendiente de ser soñado.

El libro a pesar de ser del 99 tiene una serie de inspiraciones…

…que parecieran que están escritas hoy (sonríe)

Son anticipaciones poéticas más que versos, por ejemplo, ese “corre por las calles el rumor de la traición a Gramsci” podría leerse como una alusión a Podemos. Y cuando hablas de la inmoralidad de no reconocerse en el otro podríamos pensar en los bombardeos en Siria o los campos en Idomeni. 

Por su carácter intemporal la palabra poética se sitúa en un tiempo y genera una irradiación de significados tanto hacia el pasado como en su proyección futura. El lugar del poeta no es tanto el testimonio del presente como de la conciencia que exige responsabilidad al presente y que sólo se puede ejercer si se tiene en cuenta las heridas del pasado, el imperativo categórico de la memoria de donde procede el dolor.

Una suerte de augur hablando de cosas que luego se pueden leer en clave actual…

El augur nunca lo es el poeta, son sus palabras. El poeta lee los signos de su tiempo, por eso hay poemas que evocan desde el tiempo presente el pasado, lo que significa y retumba en la conducta del futuro. Debería ser el paradigma de toda conducta poética.

Hablas de la belleza de los puentes derrumbados. ¿Vuelve el romanticismo?

O la secreta inclinación de la melancolía hacia la ruina…En la cultura occidental la ruina representa el valor de ese testimonio, la presencia del testigo, lo que es el sistema acumulativo del saber que tiene la cultura. En la creación literaria la existencia de la generación del 27 no nos garantiza que la generación subsiguiente sea por lo menos tan brillante como la anterior, cosa que en materia de investigación científica es un saber acumulado. En ese sentido las ruinas son siempre leídas como un sujeto pasivo, no significativo, sino meramente vinculado a la contemplación, más en la idea de un cementerio respetuoso donde se deben adorar los símbolos atípicos del pasado y no como un lugar donde están las huellas significativas que ayudan a construir el presente. El palimpsesto de Roma es leído como un conjunto de huellas que conducen a enfrentarnos al espejo de nuestra realidad, es decir, las ruinas del imperio son la advertencia de lo que significa en la sociedad contemporánea la crisis del imperio.

Dices que la grandeza está hecha de fragmentos y de cosas usadas como si la historia estuviera hecha de cadáveres y vanidad sepultadas unas por otras…

La historia está hecha de clases sufrientes, es el relato épico y casi siempre mentiroso que los vencedores han impuesto después de los actos de fuerza, y crea la gran coartada sobre los vencidos que la mayoría de las veces es siempre la imposición del silencio. La memoria es un acto de desobediencia esencial frente al olvido, de la misma manera que la poesía sigue siendo un acto de radical memoria de la delicadeza humana a la hora de establecer el constructor de la convivencia, de la fraternidad, de los ideales que van conformando la idea de progreso frente a la barbarie.

¿Sigue vigente ese verso tuyo que dice “el fascista ha guardado su camisa”? 

No creo que haya cambiado la realidad sociopolítica desde la cual se estableció la conciencia para escribir ese verso. España, es el único país de Europa donde el fascismo no fue derrotado: estableció un régimen de dominación y más allá de la ominosa victoria franquista y su clarísima, aunque disimulada por los discursos de orden histórico, connivencia con los fenómenos del nazismo y el fascismo ha pervivido en la herencia de las familias ideológicas, pero también reales que configuran los grandes entramados políticos, financieros e ideológicos del Estado. El hombre contemporáneo europeo guarda una zona de temor en la que la presencia de lo ominoso está relacionada con el monstruo fascista que ha guardado su camisa y la desempolva en las épocas de crisis.

 Alicia González

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