Un comunista llamado Juan Ramón Jiménez

jrj“Hoy más que nuca […] estoy convencido de que el pueblo es la mejor parte, la semilla pura y la verdadera esperanza de España”. (Juan Ramón Jiménez)

No se engañe, Juan Ramón Jiménez no es ese hombre lánguido que lloraba por la muerte de un burrito como de algodón que nos contaron. “Dicen que era menguado su vivir -cuenta Gastón Baquero en su “Geografía literaria”-  porque no aceptaba ni podía resistir la convivencia con el mundo trivial”. Conmovedor, ¿no? Puede ser que la infancia del poeta de Moguer estuviera marcada por la enfermedad, pero lo que es cierto es que tras su melancólico aspecto estaba el hombre que hacía temblar los cimientos de esa torre de marfil en la que algunos lo recluyeron por no asistir “a los corros del café”. Una misantropía que Pepín Bello, el amigo de los famosos de la época definía así: “Era algo aparte. Un bicho raro. Un ser totalmente inclasificable. … Es curioso que un hombre tan arisco escribiese un libro tan entrañable como Platero y yo“.

Como todo lo apocalíptico era necesario clasificarlo dentro de la vesania, de las costumbres insalubres propias de los que habían hablado a favor de la República por mucho que quisieran adscribirlo a esa tercera España equidistante. A tan sólo tres meses del golpe de Estado la lectura de Frank E. Manuel de sus palabras en un acto organizado por el Comité Americano de Apoyo a la Democracia de España, el Frente Popular Francés y el Comité Antifascista Español, resuena en el Mecca Temple de Nueva York: “Madrid ha sido, durante este primer mes de guerra, yo lo he visto, una loca fiesta trágica.[…] Y este frenesí entusiasta, esta violenta unión con la verdad, habrían decidido desde el primer momento el triunfo justo del pueblo, si la insurrección militar no hubiese sido amparada por codiciosos poderes extraños. Y España, la República Española, democrática y legal, estaría hoy reorganizándose, completando su firme ejemplo ante el mundo”.  Tal es la inquina hacia el onubense por su posicionamiento ideológico, aunque él mismo asociara los partidos políticos a las cadenas, que José María Sánchez-Silva, el autor de “Marcelino pan y vino” y colaboracionista de la Falange en el Madrid asediado, lo da ya por muerto poéticamente en su artículo “El IV Nobel español”. Poco antes la “justicia” sueca fue la que puso todo en orden concediéndole el Nobel en 1956. Todo forma parte de un proceso de asunción, de deglución, de atragantamiento incluso diríamos, de lo que en algún momento fue sospechoso a la dictadura, pese a que sus trazas de curilla ya le pusieron en algún aprieto según afirmaba Ernestina de Champourcin en “La ardilla y la rosa”. Porque para denostar el enemigo, todo vale, hasta permitir el allanamiento de su casa por parte de miembros del Servicio Nacional de Prensa y Propaganda, Félix Ros, Carlos Martínez Barbeito y Carlos Sentís, confiscando fotografías, pinturas, libros, manuscritos, … que luego configurarían los atadillos que años más tarde le enviaría Juan Guerrero con algunas de las pertenencias recuperadas. O sugerir su homosexualidad asegurando que Zenobia es “santa y virgen,” cuando bien que cuenta el de Moguer y con detalle las virtudes de su señora, en especial “el buen gusto de no pintarse […] y cómo le saca este toque de suave rosa y el sofoco de la excitación el verde especial, íntimo, secreto de sus ojos”.

Dejaremos de lado otro valor de avanzadilla juanramoniana, su idea de que la fortaleza debe primar en la poesía machota de las mujeres y la ternura en la de los hombres en un feliz intercambio de papeles. O aquel otro de que “el que, como yo ha vivido mucho en el campo, sabe que el hombre del campo, rudo en apariencia, suele estar lleno de finura para todo lo sutil que le rodea: nubes, flores, pájaros, aires, luces, agua. Tales hombres ciudadanos, comerciantes, escritores, oficinistas, casineros son quienes creen que es menos varonil expresar estos sentimientos”. Un pensamiento contrario al donjuanismo que ya era moderno entonces y hoy mueve todavía a la mueca de algunos.

 

La higiene de la izquierda

Nos preguntamos también si la desidia ortográfica del escritor que tantas veces nos enseñaron en el colegio, las “ges” y las “jotas”, pero también las “eses” por “x”, eran su manera de protestar contra un régimen inflexible, nacido de la contienda. Se rebela contra la lengua pero no puede alejarse de ella y por eso decide instalarse -no puede ser de otras forma- en Puerto Rico, Isla de la Simpatía.

Con el reconocimiento internacional a su obra que supone un premio ganado como “el Llanero Solitario”, sólo a lomos de sus versos, sin apoyos oficiales -tal y como recordó su heredera Carmen Hernández Pinzón en la Residencia de Estudiantes- el neurótico Juan Ramón se convierte en bandera sin quererlo de un país del que se ha exiliado. Libre hasta el fin apuesta por lo que llama “el hombre inmune” que no sin atributos como el de Musil o aproximado, siguiendo a Tzara: “Lo social no puede ser enfermedad para el hombre, como lo es ahora, sino una inmunidad. Sin su aliento, su proporción, su libertad, nada puede, aunque parezca que puede mucho, el hombre”. Por ello este defensor del “pueblo verdadero” que no es casta, se opone a aceptar sin más los “ideales colectivos” por tener ideales propios. Dice “quiero ser libre. Por eso -añade- amo tanto la verdad, la soledad y el amor”, aunque una soledad acompañada. Y en esas soledades no entra desde la voracidad que ya percibe en esa metrópoli por la que pasea. “El egoísmo es lo débil: lo fuerte, la generosidad. Cuanto más se acumula, más flaqueza se acumula; cuanto más se derrame, si es por el buen cauce, se derrama más fuerza”. No obstante, reacio a la cadena de las siglas políticas, se afirma “enamorado partidario del pueblo” y acuña el término de “popularero”, defendiendo un comunismo idealista frente a otro capitalista, esgrimiendo un “comunismo poético” propio de corte y confección. “Muchos críticos y editores -decía- buscan el valor poético en lo que es sectario: el comunismo, por ejemplo. Siento grandes simpatías hacia ciertos de los aspectos económicos del comunismo, pero no creo que el hecho de ser comunista añada valor alguno a un escritor”.

Por estas filias, de haber vivido ahora quizá algún amante de la tauromaquia le hubiera aconsejado ducharse, pese a que JRJ es diáfano en delimitar sus necesidades: “Yo creo que no debemos acicalarnos demasiado en nuestra vida; la limpieza precisa para estar de acuerdo en plena vida con la plena naturaleza. Lo que vaya bien con la naturaleza y la vida, y nada más. Y si hay que mancharse, mancharse del todo sin remilgo. La vida no hay que separarla en dos, limpia y sucia, ni alejarla de la tierra; es mejor unir tierra y vida y no esperar que las una luego a disgusto nuestro la muerte”.

Persisten en él las dudas de fe del que crea, pero a la vez ve a los niños morir y no encaja la mirada dura de ese dios con la de un padre. El poeta es el mismo niño Juanito, perdido en su selva infantil de incomprensión y silencio que recuerda la desazón materna ante el hijo crecido jugando al escondite, asustada por el hijo oculto. Con esa misma “conciencia vijilante” equiparable al monólogo incoherente y falto de lucidez de Perse, Joyce o Elliot piensa en Dios aun sabiendo de su falsía. En clave actual su reflexión también nos vale para las redes sociales, pues dice el poeta que se siente prisionero de la escritura esclava de quien cuenta sus experiencias a quienes no las podrán aprovechar. Coincidiremos en la imposibilidad de transferir la sensación punto por punto de quien como Juan Ramón experimenta todo en arte y en eso es un avanzado de esta realidad experiencial que vivimos.

Y dicho esto, lean hasta que encuentren su verdad más próxima en el hombre del Macferlan gris y el bombín negro.

Alicia González (Publicado en CTXT)

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