Conquistador

conquistadorEl polvo y el hambre de fortuna enlosan el camino de las huestes de Hernán Cortés. Bernal Díaz del Castillo es el viejo relator sin remordimientos por aquel sometimiento a sangre y fuego de las poblaciones de esa Nueva España. No es su aspereza la de estos versos del tres veces ganador del Pulitzer, MacLeish, que consigue hacer percutir el pecho de los lectores con ese “redoble de los tambores como el golpear del corazón en el oído”. Buenos soldados arrastrando las armas y el paso, cuyos ánimos flaquean a la espera del jinete, Cortés, viendo la sangre de los suyos correr incluso en la victoria y las palabras mendaces de los hechiceros a través de los que conocieron “el olor de la muerte en sus lenguas como un viento que deshiela”. Hombres con sus camisas de basto hilo y acero en manos fatigadas que concluyen abruptamente la narración de esa buena tierra donde las túnicas de las muchachas olían a melón partido y sus faldas a mediodía, en tanto sus alabanzas al sol son preludio de ese crescendo sacrificial que termina en cánticos y canibalismo. Estupor y pretextos para justificar los cadáveres de los invasores que los grajos devorarán y terminarán con el reinado de la serpiente, “dudoso e ignorantes dioses”. Porque la violencia del vasallaje es siempre bendecida cuando con él se cumple la voluntad de Dios y esa épica de la conquista con toda su hediondez y esplendor está recogida con la fuerza de la crónica más veraz escrita por uno de los destructores de las ciudades que algún día amaron.

Alicia González

Conquistador

Archibald MacLeish

Visor. Madrid, 2017

226 páginas 

14 € 

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