Guardianas de las palabras

Elizabeth Bishop con su gato «Tobías» en 1954Elizabeth Bishop y Alejandra Pizarnik, las becarias Guggenheim

Perfeccionistas, asmáticas, traductoras, adictas, lesbianas o al menos de sexualidad polivalente, becarias, aprohijadas de una u otra forma por hombres (Robert Lowell, Cortázar, Barjalía…), ambas pudieron haber acabado en las aulas de la Facultad de Medicina, raras… Muchas similitudes, vidas marcadas por la tragedia. No obstante, como usted y como yo pusieron sus esperanzas en que su vida cambiaría en caso de recibir una beca Guggenheim, pero para ambas las ayudas llegaron demasiado tarde, cuando la consagración de sus carreras poéticas era un hecho o cuando la desazón interior ya no tenía remedio académico.

Elizabeth Bishop y Alejandra Pizarnik son la prueba de que el ser humano necesita diseccionar la realidad, encasillarlo todo y establecer rituales que simplifiquen su conocimiento de lo que le resulta ajeno. ¿Son lo que se espera de ellas, mujeres frágiles, que encontraron en la poesía la salida al mar en plena guerra fría a una sociedad en la que todavía ocupaban -ocupamos- un segundo plano?  No, ni la una ni la otra encajan en el perfil de mujer desvalida que tan propicio sería para analizar sus trayectorias, así que tendremos que superar la simplificación. Es verdad que Bishop se marcha quizá huyendo  de una infancia tortuosa en Nueva Escocia -su madre fue internada en un centro psiquiátrico cuando era niña-, a Brasil y es allí donde encuentra la placidez necesaria para la escritura sin tutelas masculinas de la mano de Carlota Costallat de Macedo, su amante. En la biografía de Pizarnik también asoman sospechas de una brusca interrupción de la niñez que podríamos rastrear en sus poemas o en sus diarios (“algunos sucesos lamentables, sobre todo lamentablemente sexuales”) y como Elizabeth pone tierra de por medio tras probarse en las aulas que es un culo de mal asiento y que prefiere experimentar en París lo que esos “bohemios” como Cortázar estaban gestando, aunque a punto estuviera de extraviar el original de “Rayuela” que el argentino le confió para que pasara a máquina y así ayudar a su maltrecha economía.

Encuentran la fortaleza en el mundo objetual que cobra vida en sus poemas y en la palabra, porque el lenguaje resulta axial en sus obras, aunque la pintura contenga esa libertad absoluta que las dos admiran. Defensora una del inglés americano estandarizado, peleada la otra con el habla, con esa tartamudez tan suya y tan argentina a la vez, obsesionada con los juegos de palabras, ese retorcimiento que practicó desde el surrealismo y perfeccionó llevándolo al extremo.

Abandono luminoso en el caso de la americana, oscuro, sin esperanza en el de la porteña. Quizá porque los entornos en los que crearon sus poemas eran opuestos: el de la de Massachussetts amable, tanto que Carlota de Macedo Soares levanta para ella en el Sitio Alcobacinha (Fazenda Samambaia), cerca de Petrópolis, un cuarto propio, aquel que echara en falta Virginia Woolf, rodeado de bromelias, el silencio de los ríos Tapajós y Amazonas y el canto quíntuple del cárabo y esas montañas cortadas abruptamente como pecios varados. Escribe con la misma modulación de texturas que Kurt Schwitters, emplea en sus collages de papel y textiles con los que logra pasar sutilmente de la opacidad a la translucidez. Sus propias creaciones pictóricas, acuarelas o témpera, beben de Kokoshka o Klee, aunque carecen de ese hálito de tensión de una belleza con aire de exquisito aristocraticismo. Una observación desde fuera, minuciosa, pero ausente de la emoción desbordada de la desgarbada “Buma”.

La claridad de sus estancias, ni siquiera ese manojo de “Margaritas”, por ajadas y desbaratadas que estén, nada tienen que ver con las de Pizarnik. Cerradas, asfixiantes, como ese “Cuarto solo” con sus fisuras “formando rostros” y las paredes -incluso una pintada de negro- en el departamento de la calle Montevideo de sus padres decoradas con reproducciones de El Greco y Chagall, en la imagen tomada por Sara Facio y rescatada luego para la exposición “Alejandra Pizarnik : enquête topographique. Lieux de création et de vie” exhibida en París hace tres años. Ciudad afín a la argentina, urbanita en vena, por oposición a la americana, cartógrafa de sensaciones rurales, de escenas que traen a la memoria aquellos campesinos pelando patatas de Van Gogh o una naturaleza exótica, salvaje, inmarcesible, inexistente en Pizarnik que recurre a ella solamente para subrayar emotivamente los pasajes. Siempre intensos, siempre al borde de una tragedia.Resultado de imagen de pizarnikImpenetrable con su cara de luna, la autora de “Norte y Sur”, dibuja la plata alrededor de la aldea de pescadores o el olor a cabra y guano de una isla con precisión de biólogo, se vuelve sólo levemente confesional en el retrato de la casa de los locos que hace con sus “Visitas a santa Elizabeth” que bien se podría haber ilustrado musicalmente con las composiciones de Elliott Carter inspiradas en Bishop. No obstante, si hacemos caso a la escritora en “Necesito una música” sus gustos se acercan más a la quietud subacuática, a la fluidez sonora que a la estridencia jazzística, “El infierno musical” en el que pernocta Alejandra asediada por las figuras siniestras de El Bosco.

Porque si los referentes pictóricos divergían, los literarios siguen una curiosa senda de aproximación a la locura y la rebeldía, una por la ruta de Ezra Pound, la otra por la de Rubén Darío que no es el remilgado autor de la “Sonatina”, sino el dionisíaco vividor de lo peor de la noche. Por ahí se encauzan las dos: Anfetamínica Flora, alcohólica Elizabeth, encontraron en la poesía modos terapéuticos de afrontar la existencia, aunque llegado el momento de internamiento de Alejandra los facultativos le prohibieran ahondar en la herida escribiendo. Bishop ejecuta versos ajenos, con apenas referencias personales, controlados, donde el dolor es acuoso, azul, manso; en cambio, Pizarnik es anárquica, desmedida, muy dada al arte de exprimir el lenguaje hasta arrancarle expresividades inesperadas. Iluminaciones, quizá, pero de una sonoridad desamparada que recuerda aquella canción yiddish “Vi Ahin Zol Ikh Geyn“ (Dime adónde puedo ir) que ya mascullaba de niña. Ella hace carne la estética del desecho en su cuerpo, arrojando lejos los pudores, porque como reconoce el sufrimiento se le hace demasiado grande para cargarlo sola.

Pero ni una ni otra responden al patrón, todos tenemos ángulos, y si no recuerden que la ponderada Bishop tuvo que saciar la ansiedad de no poder compartir la noticia del Pulitzer mordisqueando unas espantosas galletas Oreo (The París Review, 1978). Y aunque a Alejandra el mito la ha vestido tradicionalmente siempre despeinada, sin maquillar, con jersey oscuro, ropa asexuada, esa imagen tranquilizadora para los que necesitan encasillar a los diferentes no sepulta a la mujer que en otra foto cruzaba con mínima coquetería las piernas bajo un paraguas como en una imagen veraniega -si abrimos el plano descubrimos a su compañero ataviado con gorro y bufanda, tal vez estamos ante un ensayo teatral-. Puede que la de Avellaneda no sea la chica permanentemente castigada que nos cuentan, la que se abraza a las estatuas y a los árboles en busca de cobijo, su foto en Mar de Plata, allá por el 65 atestigua que hubo otra.

Alicia González

(Texto completo, publicado de forma extractada en revista LEER)

 

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