Borrados

bartov.jpg Reencontrarse en Rutenia (¡Lean “El ermitaño de la calle 69!”), con Joseph Roth, con la zlachta (nobleza polaca), Chagall y con términos como Galitzianer, para designar aquel que nos resulta paleto, avaro, dudoso… Bartov recoge los efectos aniquiladores de la simplificación histórica que significaron los pogromos que diezmaron la población judía de ciudades como Lviv y alimentaron el socialismo y el sionismo. Los shtetls se enfrentan al antisemitismo polaco y progresivamente las mezuzás se borrarán y con ellas “estas huellas de un mundo desaparecido” que confirmaba la intelligentsia.  En localidades como Sambir, tierra de Tarás Shevchenko, vemos cómo su imagen pervierte la idea nacional gracias a la presencia del Partido Nacionalsocialista de Ucrania, mientras se condena la represión del NKVD. Sin embargo, los ciudadanos soviéticos exterminados, son doblemente eliminados al escamotearse su filiación hebrea. Caso similar es el de Drogóbich que mantiene el homenaje en piedra a Stepan Bandera y borra en cambio el rastro de sus víctimas del gueto y otros que como Bruno Schulz lograron sobrevivir gracias a sus trabajos como muralista para el SS Landau y murió a manos de un Gestapo. En este trabajo el autor documenta estrellas de David entre desconchones, el encierro en la sinagoga de Stryi, donde se produjeron sacas, y duerme ahora a la espera de que la profanación concluya en ruina con la complicidad de quien rindió tributo a los héroes de la URSS. Igual suerte correrá Ivano-Frankivsk, patria de Alexievich, donde ya no se reza el minyán, sino un resto de ancianos, supervivientes del negacionismo que se oculta tras el ensalzamiento del nacionalismo ucraniano. Dignidad frente al horror, por más que haya grandeza para unos y pasividad, deslealtad o culpa para los judíos.

Alicia González

Borrados

Omer Bartov

Malpaso. Barcelona, 2016

249 páginas

17,57 €

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