Las flores cierran en invierno

volpini La ceguera repartida para todos los combatientes aqueos es lo que viene a la mente de Ulises, no del héroe. Con su poética breve de sugerencia al oído -no en vano nos lo acarició muchos años en la radio- el autor nos planta ante el espejo del naufragio que son los años y nos advierte de los peligros de la glorificación de los hombres míticos, de la avidez de los comensales en el festín de la batalla. Volpini fortalece en nuestro interior la convicción de que somos seres falaces frente a nosotros mismos o al menos, nuestro mayor temor y nuestro drama, la conciencia de ser, siempre más fácil de superar desde el trabajo mecánico, como le sucede a la lavadora, ajena a las razones de esa “sensación aguda de vacío” que nos acomete. Gracias al narrador viajamos a planetas entrechocados donde como en El Principito los contables manejan a su antojo magnitudes sin dar cuenta a nadie y asistimos a la soledad del cacique, voluntariamente aislado, en su perpetua fotogenia presidencial, mientras sus vicios públicos quedan reservados para ese retrato que nadie ve, el Dorian del marketing político que hemos asimilado como mal necesario. King Crimson podría poner la banda sonora a un fin del mundo que concluye un ciclo que comienza con la extracción del cerebro de un faraón y se encadena con una última bocanada de aire en la que todo acaba. Desde la imposibilidad del conocimiento experiencial, pero con el agradecimiento por la lectura queremos seguir probando este alimento sólo para aptos que nos llevará inexorablemente al canibalismo, el destino último de la humanidad si somos honestos, o a rendirnos a la evidencia de que el fin del suplicio está en saber claudicar.

Alicia González

Las flores cierran en invierno

Federico Volpini

Valparaíso. Madrid, 2017

120 páginas

15 €

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