Roberto Alcázar, supongo

masa.jpg Simpáticas amapolas, árboles que nos aborrecen, monedas que nos proporcionan inversiones en alegría. El universo del poeta niño indaga el alma entre las vísceras de las ratas que decapita, arropado por el espanto de dos primos chillones. Versos psiquiátricos, de un practicante de lo humano, eterno aprendiz por su condición de amante o amador de lo cotidiano, aunque sólo hay dejado un rastro de tulipanes como salvapantallas para exorcizar monstruos y palabras.

Sus particulares fuentes del Nilo son las del adolescente refugiado contra la edad adulta que el escritor alimenta con folios, mientras que las bajas pasiones de don Teodoro se nutren solas, salvo el cargo de conciencia que compensa con una paga estipulada en sugus.

Este Juntacadáveres de Aluche, Alberto Masa ha renegado de la tribu de los literatos, en bien de la lectura y de ese dios que no responde, porque se le ha agotado la batería. Él sin embargo quiere “comunicar a la humanidad” desde la buena información que propicia su paranoia, con la que los pájaros le hablan a la hora del desayuno, mientras él hace llorar a un Principito en paro y dedicado a desvirgar profesoras de inglés, pensando que a quien desfloraba era otra.

Alicia González

Roberto Alcázar, supongo

Alberto Masa

Eolas ediciones. León, 2014

74 páginas

12 €

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