Poesía

saenz El poeta boliviano abre las puertas de la noche por la senda aterradora del alcohol y lejos de mostrarnos la «joie de vivre » baudeleriana nos enseña el espanto de esta torcida vía del conocimiento, («seremos el olvido y la soledad / porque ya hemos sido  olvido y soledad cuando nada sabíamos […] yo te anuncio que sabemos y seremos ») cuyo ambiente ideal es la noche, « propicia para perderse y desaparecer ». A medida que vamos avanzando se disipan las tinieblas de los primeros escritos de imágenes difícilmente legibles, y pasamos a una clarividencia de quien se adentra en las profundidades para acercarnos al enigma de la existencia a través del simbolismo de « El escalpelo », prosa poética en la que el lector se enfrenta a un escenario plagado de ángeles , seres provistos de espadas de fuego como en un pasaje del Apocalipsis o figuras mitológicas como ícaro despedazado. Dejando a un lado las asperezas semánticas en las que se siente cómodo, apreciamos la reiteración de términos y personajes siniestros que bien pudieran protagonizar una de Kubrik como la anciana empapada de sangre o un cuadro de El Bosco. La muerte hilvana todos los recorridos estéticos, la necesidad de entender el abismo de la vida con escenas que en tropel y de manera inconexa arrastran a un catecismo profano y la preocupación daliniana por la soledad y la fuerza generatriz representadas por el huevo como misterio. Al pasar las páginas le sentimos suspirar « frente a los estrechos peldaños de la conciencia » e intuimos esa « mente adormecida por la locura » que desprecia a los hombres ordinarios por no sufrir los ardores del universo y no escuchar « las voces del infortunio y de mis antepasados ». Porque ese sufrimiento al modo de la Comala de Rulfo como en el poema « Prefiero irme » de quien se pregunta constantemente por la trascendencia más física, está cargado a la vez de la energía catártica para renacer. Un alegato por la autenticidad en la acción y en las palabras desde el caos del que despertará un nuevo ordenamiento. Aunque junto a estos versos espasmódicos tenemos también gorjeos whitmanianos con madreselvas que indagan en los muertos, donde el ser humano es espejo de la unidad. Poemas que sangran en los que aporta su propia musicalidad con enumeraciones, repeticiones y la clara línea que marcan unos dibujos, dignos de decorar un pabellón psiquiátrico.

Alicia González

Poesía

Jaime Saenz

Amargord. Madrid, 2017

344 páginas

20 €

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