Mausoleos oficiales en la red

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Entiendo por qué no se publican buenos materiales sobre las actividades culturales en España. Mientras escribo la afirmación me doy cuenta de que no, no hay motivo para no poder elaborar contenidos de calidad sobre los espacios escénicos, por ejemplo, sobre las iniciativas de promoción que desarrollan organismos oficiales. Buscando en la red descubro que no se trata de un problema de falta de acciones, de una programación defendible, de la escasez de recursos. ¿O sí? Porque con lo que hay en la red detectamos una pauta de trabajo, la de escribir mensajes adaptados al conocimiento más limitado. No se persigue la excelencia en el relato, ahora que tanto hablamos de él en estos días aciagos de los que han ganado la batalla desde la épica y no desde la solidez de su argumentación.

Tenemos, a Ángel Fernández Montesinos contándonos durante dos  minutos y medio interminables las bondades de “Barrio de las Letras”. Y no es que es lo que nos cuenta no sea interesante, pero no está pensado para el usuario actual. No hablo de trocear hasta la desintegración sus palabras, incluyendo pasajes sonoros sin venir a cuento, músicas y efectos que desquicien al que visita la página y busca información, pero sí de un tratamiento que no desmerezca el trabajo que se presenta. Una conversación puede extraer lo mejor del entrevistado, pero colgarla tal cual, sin editarla, salvo que sus declaraciones aporten revelaciones que supongan un momento histórico, provoca que el usuario se sienta transportado a otra época, en el peor de los sentidos y tenga la sensación de que nadie se ha tomado la molestia de extraer la esencia de lo contado, de acompañar la palabra con imágenes alusivas, de robustecer el mensaje con un criterio conceptual y estético.

Reviso la fecha de estreno y de finalización de las representaciones y no, aún estamos a tiempo: seis días son una eternidad para repensar el material grabado, digerirlo, hacernos con él y plasmar quizá en dos minutos y medio un mensaje fresco, entretenido, que no despueble las butacas de los teatros y aliente a los que cayeron por casualidad en la página o que intencionadamente recalaron en ella a pagar por su entrada y llenar luego de comentarios positivos la entrada del post. O no, porque daría igual que al salir de la representación el público abominara de la obra y descargara su ira escribiendo testimonios de enfado, de desagrado, de violento cabreo por haber pagado por un espectáculo que a su entender no vale la pena. Significaría que hemos salido del túnel de la atonía cultural y que esto le interesa o hace reaccionar a alguien. Eso sería más que la soledad de una información técnica, fría y con poco cariño que página tras página se despliega en las webs de entidades públicas. Si los profesionales de la farándula son de todo menos personajes planos, ¿por qué los sitios institucionales en internet se empeñan en redactar informes notariales para invitarnos a llenar las salas?

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