¡Saca! ¿SACO? (Historias del Oeste)

Es verdad, la burbuja que plantea este audiodrama como dice Federico Volpini, director de la cosa, es la misma para todos y sin embargo, cada uno genera la suya. La mía empezó siendo del Oeste, o debió haberlo sido siguiendo a los “Desacoplados” de Jordi Claramonte Arrufat, en ese inesperado estudio sobre el héroe como desarraigado que busca integración en la comunidad a la que llega. Un salvador por todos reconocido al que, una vez pasada la emergencia, nadie necesita ni acoge. Quizá ése fue el hilo del que me enganché viendo a Volpini y sus pistoleros en escena. Porque aunque la historia era la de un clásico duelo en las tierras de la conquista, estaba muy cercano en el tiempo el desencuentro político de esta República catalana de la gaseosa, nacida del entusiasmo burbujeante que con el tiempo pierde y termina por no convencer por mucho que le añadas hielo.

La historia de Volpini contaba eso precisamente, en una clave que para muchos será difícil de apreciar y/o entender, que conecta con Gila, con el Cabaret Voltaire, con Jardiel Poncela…, aunque seguramente él no esté de acuerdo. Un diálogo de duelistas vaqueros de gatillo fácil que han venido a lo suyo, a matar, se entiende, y que no están dispuestos a dar su brazo a torcer, por mucho que ese al que llaman “Rubio” sea “Negro” o que tras la balacera vayan a acabar todos magullados o muertos. Siempre están claro los beneficiados de esta sordera a dos partes, las viudas de los contrincantes que sacan partido a la osadía de los que entregan la vida a una causa que los trasciende y por la que merece la pena saltarse las leyes. El sustituto del pistolero que dejará de deberle el alquiler del arma al propietario, el sherif o la autoridad que, con una muerte repartida a partes iguales se evitará las gratificaciones y los homenajes.

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Lo que sí recompensa es el acompañamiento musical de “La Bande” durante toda la velada, porque auditivamente somos todos vaqueros, porque nos criamos en las praderas de las 15:30 de la tarde que era cuando no se ponía el sol a este lado del Río Grande, Uno y Libre a pesar de la polifónica pantanada que teníamos montada. Y basta que a uno de nosotros, criados como decía a los pechos del silbido clásico de una de Sergio Leone, se nos planten los acordes de un “iaeo” y otros compases del estilo “Hi yo silver, away” para que se os ericen los vellos de la infancia. Particularmente la trompeta llorosa y el trombón de varas, todo hay que decirlo, le harán rebozarse y hozar en la sensación de ese destino solitario que tan bien nos vendieron los americanos a los españoles de una autarquía felizmente aborrecida. Aunque para indeseada la desaparición de lo que entonces era el radioteatro o serial con su cuadro de actores y hoy se denomina audiodrama como si la experiencia de un guión tan sardónicamente hilado no pudiera desatar alguna carcajada. Son sólo voces o eso nos dicen, pero al escuchar vivir los textos, regresamos al mundo distópico de los contenidos en los medios de comunicación. No encontrarán un dispendio de recursos y filfa, únicamente una historia que exigirá toda su atención y le dejará pensando en ella cuando se enciendan las luces. De allí saldrán aprendidos de cómo Garfio se zafa una vez más de los dientes del cocodrilo y de lo indisgestas que resultan algunas heroínas de la literatura infantil pasadas por agua.

Audiodrama colectivo creemos que lo integran: Alvaro Gil, Federico Volpini Soso, Guillermo Verdín Alonso, Inocencio Martín Ballesteros,
Isabel Ruiz Lara, Lorena Rodríguez, Lucia Zeta, Luis García Guardiola, Luis Grandio, Mon Vega, Pablo Manzano, Pedro Armas, Sara Blanco Mon, Tomás López Tárrago
, entre otros, pero no descartamos que alguna de las voces no haya salido con los pies por delante y tengamos que borrarla de la lista del enterrador, aquel hombre enjuto que tomaba medidas a los contendientes antes de la pelea para ir preparando la caja de pino.

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