Llorona

ascoz

La realidad, inminencia de una ficción en la que reposar o perderse, de sucesivos planos de identidad están en las distintas citas de P. Larkin, J. Barón Biza o E. Dickinson que enmarcan poemas boscosos, desordenados en su sentir de identidad y retorno a sí misma. La esencia de la autora se apoya en combinaciones de temporalidad y una sensorialidad extremada para interrogar al lector desde el centro de nuestros temores, porque hacen referencia al “animal al acecho”, la Angustia, acertadamente con mayúsculas que nos ahoga con la persistencia de una marea interior. Su conocimiento como profesional de la bestia le permite diagnosticar esas líneas maestras de un común padecimiento: “No son originales tus síntomas. / No tengas miedo, / no inventarás / soledades nuevas” que tienen algo de machadiano por la nada en torno, aunque sea la de una ciudad. Y en ese naufragio los objetos nos anclan en un modo de interpelarnos en positivo: “Son ellos quienes llegan desde el pasado / con esos largos monólogos / que sostienen la historia de una vida”. Por eso nos asemejamos al cangrejo ermitaño, buscando refugio para resguardarnos “de las inclemencias de la vida” y procuramos lamernos las heridas en privado, evitando atraer al verdugo. Brenda decreta la simultaneidad de todos los paisajes, presentes y pasados, tendiendo puentes y aprendiendo a destejer los hábitos que hacen indistinguible la belleza. Pues como dice ella en “Cumpleaños” “las palabras traen” imágenes como aquella que explica la fe como la creencia en las palabras de los padres y el dolor en clave de elección y entrega. Aunque puedan servir para la ocultación de una llorona en términos de “daño, complejidad y abstracción”, cuando las razones están claras en unas manchas de gasolina, y en las marcas de sangre del hijo despedido prematuramente.

Alicia González

Llorona

Brenda Ascoz

La isla de Siltolá. Sevilla, 2017

64 páginas

10 €

 

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