“Yo creo que últimamente se abusa de la palabra perdón”

Sin arrepentimiento (más quisiera yo), señoras y señores, Homer Simpson

(Voz de Marge): “Un modo de expresión inapropiado es un medio seguro de quedar atascado en una confusión”, afirma Ludwig Wittgenstein en sus “Investigaciones filosóficas”.

Homer no es de ésos. Su verbo es claro y conciso, no hay error en sus apreciaciones, no hay filtros de la convención que distorsionen lo que realmente quiere decir. Lo tuvo claro cuando quiso crear una start-up y concluyó que lo importante, la esencia del negocio no era la idea innovadora, el producto de venta; no, lo importante era su cargo. Siguiendo la estela de los grandes corruptos que han hecho crecer nuestro país, sea EEUU o España (“América, donde cualquiera consigue dinero sin cuestionarse nada”), Homer decidió que las utopías se las debía dejar a otro y que lo suyo era encumbrarse para cubrir sus necesidades más primariamente maslowianas, hincharse a donuts y hartarse de cerveza. (“No es un hombre, es una despiadada máquina de tragar”, aseguran al verle en un buffet libre del que le echan antes de que acabe con todas las existencias del local). Homer sigue los conceptos marketinianos más modernos, “lo quieres, lo tienes” y no se arredra ante la sociedad biempensante y perfumada que discretamente opta por silenciar sus pulsiones o al menos de cara a la galería, si es que conseguimos quitarnos de la cabeza esa imagen del video de Sound Garden, “Black hole sun”, que nos muestra los indeseados efectos de tanta restricción en nuestras perfectas parcelas soleadas. De ahí que confiese a Marge: “Yo no pienso, respeto a las personas que lo hacen”. Su valentía probablemente no se limita con el vallado de casa, aunque el vecindario se crea a salvo de su comportamiento, espejo de su cobardía.

Y en esa búsqueda humanista, individualizada, personal, donde los criterios y las prioridades están claras para Homer el bienestar de los suyos es asunto secundario como lo demuestran sus reiterados agravios a sus hijos, empeñados en contarle sus problemas cuando hay cosas más interesantes que ver como un cerdo con gorra o conseguir una peluca gratis igualita que el cabello de Marge para travestirse por fin y dejar de necesitarla. Homer no tiene sexualidad definida porque no lo necesita y sería capaz de poner en apuros al mismo diablo si de ello dependiera salir de un embrollo como cuando hizo un trío con dos íncubos o súcubos, que da igual, y acordaron decir la palabra “canela” cuando tuvieran que parar por no estar conformes con una determinada práctica sexual. Fue ahí cuando Homer demostró que lejos de ser el anónimo ciudadano medio, insulso, previsible, está a la altura de los mejores en su categoría y que no tiene nada que envidiar a un Jeffrey Dammer cualquiera. Su obra no cuelga de las salas de exposiciones, porque no busca reconocimiento; es una obra que obtiene su plenitud de la confrontación con la realidad y que transforma el espacio de una forma absoluta. Su decisión de eliminar los excrementos de su cerdo y algo más que mascota Harry Popotter (“quizás deberíamos besarnos y acabar con esta tensión”) y elevarlos al rango de obra de arte al modo de Manzoni, creando un enorme depósito de residuos y haciendo con ello más presente la repugnante evidencia -invirtiendo de paso la filosofía de las intervenciones de Christo al envolver elementos arquitectónicos-, no es casual. Su preocupación no es generar un elemento funcional, optimizado, invisible a los ojos de la moralizante ciudadanía, sino magnificar la basura por pestilente que sea y hacerlo con lo que encuentra en su garaje, en el jardín de casa o en los vertederos al aire libre de su ciudad. Incluso “rezuma” le dice Marge asqueada a lo que él matiza, “rebosa”, en alusión a que las proporciones de su obra maestra están fuera del alcance de los mortales, incapaces de frenar su colosalismo.

Pero volvamos al cerdo…, ¡a Homer no, a su animal de compañía! En el momento de su encuentro, Homer salva al gorrino, no por un posicionamiento en contra de la pena de muerte, sino alegando que no se le puede matar vestido como una persona. Se nota que ha leído a los clásicos y que el “Nada humano me es ajeno” de Terencio impregna de forma evidente su conducta. Habrá quien diga que eso contradice imágenes como la de Homer introduciendo un avispero en el buzón de Ned Flanders, pero se equivocan si quieren atribuirle malicias. Su intención no es otra que la de sacar de la abulia a su vecino y enseñar la primera verdad noble del budismo, que la vida contiene sufrimiento. Bien es verdad que Flanders seguramente tiene bastante con su parroquia, pero Homer pretende con toda probabilidad guiarle hacia nuevos modos de concebir la religiosidad en su generosidad sin límites. “¿Por qué no puedo rezar a mi manera?”, le pregunta a Marge cuando llegan por enésima vez tarde a la Iglesia del pueblo, después de decirle a su mujer “yo odio llegar”. Lo dicho, Homer disfruta de la experiencia, el camino y el logro no tiene para él mérito alguno. Lo vemos en los cientos de situaciones en que, tras ganar un premio, se sucede en la reacción de Homer la insatisfacción, la necesidad de marcarse nuevos retos, porque ahí donde lo ven nuestro Homy es un inconformista y sabe que la vida tiene siempre tomas falsas que es preciso editar. Por eso en algún momento se sincera y asegura “recuérdame como un héroe”, pues, aunque no sepa quién es Don Quijote (Marge sí) y no le quiera dar la razón a su mujer que sabe que él es como ese hombre de los molinos de viento. Y puestos a enfrentarse a monstruos paranormales, dispone cámaras en todas las habitaciones de la casa para no perderse la masacre. La suya es la conciencia debordiana, la de la sociedad del espectáculo, ésa que no paga por consumir cultura y en la que lo relevante es que el show no se detenga. Por eso cuando Bart asegura “Es el peor día de mi vida”, le responde, -abandonándonos a la deriva de un nihilismo digno de Delacroix en “La balsa de la Medusa”, “de momento”. Tal vez ésa la mejor enseñanza para su hijo.

Alicia González

(*) Texto incluido en la muestra ” Homer Jay Simpson. Una retrospectiva” organizada por la galería Storm and Drunk.
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