¿Que la poesía no habla de la vida? Adam Zagajewski

Avisos de poeta contra los perjuicios de la vida nómada

Resultado de imagen de ADAM ZAGAJEWSKI¡Hermanos, asimétricos todos! Usted que se debate como el resto entre el bien y el mal, entre el pasado y el futuro, en permanente contradicción está de enhorabuena. Yo me acabo de hacer de Adam Zagajewski. No porque tenga versos que remuevan las emociones en los calderos del sentimiento que siempre tenemos tan olvidados y sucios en las despensas, sino porque el poeta polaco acaba de darme permiso para no sentirme mal por no llevar una vida saludable. En su discurso al recibir el Premio Princesa de Asturias ironizaba con las recomendaciones médicas que nos hacen pensar que “Un momento de reflexión es peligroso para la salud, hay que correr, hay que escapar de uno mismo”. Y claro, un lector y en grado sumo un escritor, es alguien al que no le importa echarse una carrerita, pero por dentro, retarse de la mano de otro, el autor de un libro que le conduce por terrenos inhóspitos o por lugares cómodos de los que merecería la pena escapar.

Dicen que los poetas son gente al margen de la realidad, pero fíjense que muy al contrario Zagajewski está al día no sólo de lo que se supone que está alcance de un intelectual encerrado en su torre de marfil, las novelas policíacas, las biografías de tiranos, las películas americanas, las series británicas y la política que según él están de moda, sino de las últimas tendencias en los escaparates: los pantalones ajustados, los estampados de flores, las perlas, los botines con brilli y los vaqueros con apliques. No estoy muy segura de si su apreciación de que los jerséis rojos están de moda es cierta, quizá en ese caso el autor de “Dos ciudades” se haya quedado varado en los tiempos de Solidarnosc y piense que el estilo Lech Wałesa o Marcelino Camacho por traerlo a nuestras tierras sigue de plena actualidad. Salvando ese desliz ya hemos dicho que el poeta polaco nos lleva de regreso al hombre, con sus inseguridades, y nos alerta como ya hiciera su compatriota Baumann del riesgo de, volcados de modo enfermizo en la comunidad, alejarnos de nosotros mismos, de rehuir la soledad: “No sabemos qué hacer con un momento epifánico, no somos capaces de preservarlo”. Para que luego digan que la poesía es el arte de refugiarse en la imaginación para no enfrentarse a los problemas.

Estuvo bien que trajera a colación sus recuerdos de infancia, como sacados de aquellos manuales del viajero romántico donde España era poco más o menos un país exótico lleno de bandoleros y aventuras y que nos quitara la venda de los ojos para enseñarnos como hacen los poetas esa ambivalencia que persiste en nuestro país, “uno de los pilares de la Unión Europea”, según sus palabras, en el que uno puede ser “invitado de una princesa”. Pero como sugirió y nosotros lo musicamos a ritmo de Golpes Bajos, corren malos tiempos para la lírica. Y para esa política de caja baja en imprenta, aunque él haya hablado alto estos días sobre los peligros que conlleva el nacionalismo “porque es la perdición de Europa tal y como ya aprendimos”.

Porque el señor de pelo cano que silenció a los asistentes del Poemad, el festival poético celebrado en el Conde Duque madrileño, reconoció que hubo un tiempo en que no supo otorgar el peso que corresponde a la realidad y a los sueños, hasta que, tras muchos años, supo que es el “sufrimiento de la gente y de los animales, del mal, que es mucho más tenaz y astuto que los sueños que perseguimos” el que lo recoloca todo.

Concluyamos por tanto que Zagajewski no es un hombre de ficciones y sí de equilibrios entre la fe y la ironía, que apuesta por la celebración de la vida y la voz monofónica de la poesía. Que es mortal, pues echa de menos la primacía que en su momento tuvo la lírica en las vidas de los hombres como mencionó Donald Tusk en su discurso cuando en plena dictadura comunista ciclostilaron en una imprenta ilegal un centenar de copias de uno de los poemas del de Łwow más famosos sobre la censura. Eran los tiempos del entusiasmo en las calles que hoy a él le espanta al verlo en otro escenario, el catalán, por la amenaza de ruptura que supone. “

Como se ve, todo cambia, pero nada cambia”. Y si no le salen los cálculos en el recuento de esos lectores “fieles y atentos”, señor Zagajewski es por lo dicho al principio, porque tiene un feligrés más en su parroquia.

Alicia González

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