“El amor que no siempre construye”

Imagen relacionadaSeguimos siendo gallinas frente a gavilanes, seguimos siendo mujeres por empoderar y sujetos asediados por un capitalismo que no deja de hacer nido, sacando beneficio de nuestros deseos. Seguimos destruyendo el patrimonio cultural, porque la cultura nunca interesa promoverla entre la ciudadanía, porque luego se vuelven levantiscos y hay que desperdiciar unos cuantos raíles para sofocar la insurgencia. ¡Bueno, tú ya me entiendes! Debo decirte, no se me olvide, que la Peña de los Parra ya no existe. Conservar el legado de unos pobres que llegaron a conocidos por cantar y denunciar en nombre de los que no le importan a nadie no es rentable. Y en estos tiempos la monetización de los contenidos es lo que marca la pauta. Sí, no te extrañes, las canciones ya no son canciones son letras pegadizas y las mujeres que aparecen en las listas de ventas están allí fundamentalmente por la ligereza de su indumentaria y no por su compromiso con la lucha. Aún hay quien continúa esgrimiendo argumentos como la vestimenta de una chica o su comportamiento desahogado para justificar una violación, incluso grupal.  ¡Te sorprendería ver lo mucho que hemos retrocedido en estos años! Tanto es así que en México hay un lugar marcado con sangre, Ciudad Juárez, por la cantidad de víctimas de feminicidios, aunque la globalización también en eso nos va haciendo cada vez más iguales. ¡Si vuelves tendrás que replantearte un cambio de repertorio, desde luego, porque la reivindicación feminista no encaja!

Ahora arrasa el tuerking, un baile que más que contoneo es frotación y venta del producto, cuando el producto es la carne fresca de una chica joven, maquillada y artificial. Se acabó el estilo natural de pelo al viento y atuendo discreto; el localismo forma parte ya de los museos de antropología y pocos defienden ya la diferencia que tanto te importaba. Es más, la civilización avanza a pasos agigantados hacia una uniformización de conductas, atuendos, errores, siempre a peor. ¡Fíjate si será así que las academias de las lenguas hispanas se reúnen para unificar criterios y hacer diccionarios panhispánicos que nos hagan iguales a bolivianos, chilenos, argentinos, venezolanos y españoles para acaparar más cuota de mercado, sin darse cuenta de que nuestra verdadera riqueza y la batalla frente al inglés está en la diversidad y no en el patrón único! Así que, tus esfuerzos por recuperar las cuecas y llevarlas a París están hoy fuera de lugar. Lo que se lleva es la música estandarizada y sin mensaje, al menos uno que no distraiga del acto supremo de la compra en la sociedad líquida que diría Baumann. Por cierto, si lo ves por allí, acércate a conocerlo, te pondrá al día de muchas cosas que han ocurrido desde tu marcha, especialmente en eso que llaman las nuevas tecnologías. Un avance que pretendía acercarnos y nos ha aislado un poco más. Si quieres entender de lo que hablo léete el “Solenoide” de Cartarescu y sabrás el vacío en el que hemos caído.

Te decía que las cosas no han cambiado desde que tú las explicaste en aquella entrevista de Radio Universidad de Concepción… ¡bueno, sí, en lo que se refiere a las giras ahora puede que no tuvieras que cruzar el charco tan a menudo, o puede que llegaras más lejos porque la música se comparte! No me refiero a lo que se hacía en Carmen 340, a crear espacios de co-creación que también los hay, pero menos, me refiero a la posibilidad de acceder a archivos de música de lugares remotos con sólo conectarse al ordenador. Seguro que te sorprenderías de la cantidad de gente que ha visto en Youtube “Volver a los diecisiete”. EL único inconveniente es que cada vez es más difícil vivir de la música no comercial, de ahí que tus canciones de autora tengan poco sentido hoy. ¿O no?

Resultado de imagen de violeta parraTe tengo que confesar que de pequeña te tenía cierta tirria, porque en mi colegio, que era de monjas, hubo un año, creo recordar cuarto de EGB, en el que todas las semanas y a veces varios días de una misma semana nos “torturaban” con tu “Gracias a la vida”, peor en la versión de Mercedes Sosa. Yo no entendía entonces por qué nos ponían una y otra vez aquella canción cansina: con nueve o diez años no se comprende que haya que dar gracias a la vida, si acaso al timbre que anuncia el recreo. La dicha y el quebranto para mí eran términos del diccionario o quizá el segundo ni existía, pues a esa edad las penas son rabietas y sólo nos movemos de un destello de felicidad a otro. Mucho más tarde descubriría a qué te referías y sea o no cierto lo de los motivos que te llevaron al suicidio, me hubiera puesto en tu piel de haberme reencontrado con tu historia de desamor, porque entonces ya conjugaba el dolor que se agolpa con cada fracaso. Confieso que por esa alergia a la educación religiosa infantil me queda un resquemor contra ti, porque formaste parte del adoctrinamiento con el que a los niños y niñas de los últimos coletazos de la dictadura en España nos intentaban orientar hacia esa actitud tan cristiana del “sinrencores”, eliminando la carga de enfrentar batalla tan presente en otras de tus canciones. Así era la formación católica: inculcarte caridad en lugar de equidad, sentido de casta en vez de solidaridad interclase.

Pero lo estoy superando, porque viendo tus imágenes me reconozco en la mujer parada sobre la hilacha, que busca en el trabajo manual un detener del pensamiento al menos por un instante y en tus manos sobre la arpillera, las mías sobre otra en la que tejí las alfombras en las que se tumba mi hijo cuando jugamos a ser ángeles de nieve. Y pienso que una y otra llevamos del brazo a la mujer mayor, tú a la cantautora y yo a mi madre y su deterioro cognitivo y que una y otra paramos la mirada antes de actuar: tú antes de tu actuación del 19 de julio en el Teatro Colón de Argentina y yo, antes de un recital en el que una y otra nos desnudamos frente al público para contar que el amor no siempre construye, aunque nuestro trabajo, el de todas las mujeres, sea siempre una primera piedra.  

Imagen relacionadaAsí que te dejo como quiero recordarte, sentada junto a tu hermano -presumo- con la manita bajo el mentón, el pelito corto y mirando a cámara sonriente desde tu vestido, la única cuadrícula a la que quizá te sometiste en toda tu vida. Las demás las fuiste rompiendo, por fortuna, desde que saliste de Lautaro para incorporarte a nuestras vidas.

Otro día seguiremos reconciliándonos… Entretanto, un abrazo,

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