Molly House

Entremos a una casa tan desquiciada como la de “Carrie” donde la madre crucifica mariposas y que no cuenta con más de 27 libros: es verdad, no es un hogar, sino un depósito. Mientras la madre se pierde, el hijo reniega de sus blasfemias, de sus excesos con tal de recuperar a la figura materna. Conclusión: la única manera está en la propia oración, donde ella residía, en tanto que el hijo regresará al sexo sin compromisos para olvidar, en este caso fugazmente. No es un poemario grato de transitar, no sólo por el recuerdo del padre con esa mirada repugnante para el hijo, seductora para sus víctimas. Ni porque el amor se afronte como “un interruptor, una vela, una llama... / con la que de vez en cuando tú ahuyentas / tu propia oscuridad / de la que yo surjo y en la que me consumo”. 
Estamos frente a poemas arrasadores por su sinceridad, que hablan de abandono carnal, rabia y melancolía entre seres, “condenados a satisfacernos / en el dolor ajeno”. Amor sin garantía, movido por la agonía de superar la soledad en esas pequeñas muertes que le dejan a uno “íntimamente expuesto” y en parajes de perdición donde las afinidades son la forma de asumir una desolación compartida “en brazos de carne anónima”. Una Gomorra con la que, en definitiva, el autor, ganador del Premio “València Nova” que concede la Instituciò Alfons el Magnánim y becario de la Fundación Antonio Gala, trata de huir de la estatua de sal en que el olvido patológico ha transformado a la madre y que le ayuda a “vomitar la inteligencia”, a pesar de que las compañías revivan en él la eterna duda. 

Alicia González

Molly House

Dimas Prychyslyy

Hiperión. Madrid, 2017

64 páginas

10 €

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