momento

Hay que leer a Ko Un para intuir que la lluvia anuncia visitas o por lo menos incita a estar atentos. En los versos del poeta coreano los árboles son testigos de nuestros comentarios, previsiblemente maledicentes y los animales resisten, mientras el ser humano “se da por vencido”. El escritor octogenario se despide y duerme emocionado por la intensidad del universo que nos obcecamos en parcelar, dejando de observarlo en conjunto o mirando hacia otro lado cuando el dolor se interpone. No es su caso: “Fui siguiendo las huellas de una bestia en la nieve. / Luego, al tornar, vi mi propio rastro”.
El poeta nos invita constantemente en sus versos a trascender, a renacer y a percibir la naturalidad del amor en la rutina o la finitud de una vida (“no somos sino huéspedes del mundo”). Pinturas con toques de budismo sintoísta para resumir la dualidad de lo existente en mariposas que aletean o arañas, esperando devorar a sus presas. En sus palabras perviven la dedicación, la irracional preocupación por la nación y no por los paisajes que la componen, la cercanía a las peores habilidades animales y nuestra torpeza en esa desconfianza de dañarnos. Pequeñas porciones de un orientalismo sin alambiques dibujando una imagen completa del aburrimiento, la soledad y otras estampas en las que ver cómo “el niño sigue emergiendo dentro del hombre viejo”. Recomendaciones para senderistas de la vida: ¡Ábranse a la experiencia de dejarse seducir por el sendero que marca una rama de pino y conozcan al amigo en el enemigo y borren las despedidas de su vocabulario como los sioux para comenzar de nuevo! Y hay que leerlo antes de la concesión del Nobel.

Flores de un momento

Ko Un

Linteo. Ourense, 2017

88 páginas 

14,15 € 

 

 

Anuncios