Amarrando el desastre a la belleza

Érase una mujer atada a una red, érase una vez una becaria Fulbright rechazada por siete escuelas de arte por falta de méritos, érase Janet Echelman. Son 400 años desde su creación y Madrid quería vestir su Plaza Mayor por todo lo alto; nada mejor entonces que recurrir a una obra rupturista de una artista experta en tejer redes aéreas para cubrir un espacio que simboliza una de las imágenes más reconocibles de la capital. 

La propuesta de la Janet Echelman ha sobrevolado los cielos de Madrid durante unos días para mostrar esa perfecta simbiosis entre la ciencia y el arte  que a algunos les parece tan inviable. Su historia, la de la artista estadounidense es en realidad la de un tsunami, comparable al que ella ha querido plasmar en la pieza preparada especialmente -a partir de datos geocientíficos del terremoto ocurrido en Japón en 2011– para conmemorar el centenario de la Plaza Mayor. Porque Janet Echelman supuso en el arte un revulsivo, proponiendo proyectos hasta entonces imposibles de plantear, nacidos de su experiencia en Asia, donde “abandonó la pintura” para intentar con sus creaciones textiles pintar en el aire. El choque se produjo cuando la artista quiso trasladar la belleza de la artesanía de las rederas y se encontró con que la tecnología no estaba preparada para capturar el paso del viento por un material efímero y delicado, toneladas de arte que debían resistir a las rachas del viento más atroz. Gracias al ingeniero Peter Heppel pudo resolver un problema hasta entonces no resuelto como es el de hacer estructuras blandas y etéreas, móviles para componer así una conexión de la pieza con el cielo y generar una coreografía del viento, a partir de fibras ultraresistentes y livianas. Un software innovador, polietileno de peso molecular ultra alto (UHMWPE), quince veces más fuerte que el acero, y cordones de nylon también de alta resistencia configuran la parte estructural, embellecida por la elección de un pantone de  colores que oscila entre el morado y el azul eléctrico.

1.8,  que así se llama la obra en 3D, toma su nombre  de los 1,8 microsegundos en que quedó acortado el día en que se registró el terremoto ocurrido en Japón en 2011. Una traslación de la dualidad del ser humano, atado a la tierra por hilos casi invisibles como sus esculturas aéreas, llevado por las corrientes de aire, por los elementos y al tiempo que se cree dueño y señor de su tiempo, aunque  fenómenos como el mencionado seísmo le hagan volver a poner los pies en firme.

Para los amantes de los datos les diremos que la obra es tan descomunal como para alcanzar los 21 metros de alto, 45 metros de largo y 35 metros de ancho, rodeando a la estatua ecuestre de Felipe II.   

Hay quien se pregunta si la geología y la cultura son antagónicas… ¡levanten la mirada y juzguen ustedes mismos!

(Publicado en el Boletín GEA del Instituto Geológico y Minero de España)

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