La experiencia hierofántica en el ascenso

OLYMPUS DIGITAL CAMERA“Las montañas – como los mares, los ríos, los bosques o los desiertos-
constituyen nuestros terrenos de juego”.

(“La montaña es mi reino” Gaston Rébuffat)

Quizá para ambientarnos les aconsejamos que se sienten en la butaca y escuchen este “Time is the Enemy” antes de proceder a la lectura…

El punto de partida del proyecto “Anboto. Imágenes del mundo flotante” de Imanol Marrodán (Bilbao, 1964) podría parecer fruto de la coincidencia; en absoluto, sólo la constante observación de dos accidentes naturales entre dos picos montañosos podría llevar a un creador a la reflexión de la interacción del hombre y la naturaleza en un proceso mutuo de transformación y determinación. “Reciprocidad y paradoja de una dependencia de causa y efecto en una relación intrínseca e imprescindible”, en palabras del artista.

Ni el accidente, ni la inmediatez forman parte de los armazones de su obra, pero sí un posicionamiento estético con el que cruza la barrera entre la ciencia y el arte, para de una manera heurística apropiarse del paisaje. A partir de un trabajo exhaustivo de producción artística genera lo que Georges Didi-Huberman define como denkraum o un espacio de pensamiento que ensarta la forma visual con una forma de conocimiento. Imágenes aparentemente iterativas, sucesivas, a modo de álbum de cromos o compendio enciclopédico nos muestran a los espectadores el aprendizaje que la montaña ha dejado en el artista. Porque cada fotografía nace de un proceso de repensar sin manipulación ese escenario natural que provoca la sensibilidad del público hasta hacernos creer en la invisualidad de la que habla Carlos Vidal Tenes.

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© Imanol Marrodán

Marrodán captura una y otra vez Anboto a la luz de distintos días, bajo las condiciones climáticas de las estaciones que se siguen, dejando impresionada su personal cartografía en sus imágenes. El amor a la montaña trasciende al artista desde esa volición del escalador que, en la cima del Anboto anhela llegar al Udalatx y viceversa, trasladando al espectador a unos tiempos pretéritos de cumbres inaccesibles, sacralizadas a partir de la mirada. “En el Anboto, a unos metros más abajo de su cumbre, existe una cueva o más bien túnel que da paso a una aérea travesía en mitad de la pared de su cara este, que da acceso a la mítica Cueva de la Dama (Mariren Koba). Es el hogar de Mari, personificación de la madre tierra, diosa de la naturaleza. Este túnel se llama Gerriko koba y mirando desde dentro a través de él, se enmarca su vecina montaña, el Udalatx, donde, si nos fijamos, a unos pocos metros de su cima podemos apreciar en la distancia una cueva llamada Kobaundi”, asegura el artista bilbaíno.

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© Imanol Marrodán

Dos cimas por conquistar, dos retos formando una línea imaginaria “que corta el arco de trayectoria del sol desde el amanecer hasta su ocaso”. Así, rodeada del misticismo del que ha dotado el ser humano desde sus orígenes todo evento astronómico Marrodán se asoma a los marcos rocosos de cada montaña, quizá con el mismo espíritu animista de aquellos hombres primitivos que se refugiaban en cuevas buscando protección en esa conciencia trascendente de la naturaleza más recóndita. Un proceso ascensional imbricado con su afición a la escalada que nos deja una suerte de time-lapse a la velocidad de la vida, intentando retratar los tiempos de la propia tierra, siempre inacabada, siempre sorprendente, siempre cambiante, incluso para el atento observador -cinco años le ha dedicado a esta montaña del Parque Natural de Urkiola, en Durango, casi un tótem- que es Marrodán.

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Diagrama de creación © Imanol Marrodán

La emoción está presente en Marrodán en todas las disciplinas del arte por las que ha pasado, si bien, encontramos una cierta predilección o una ilación pétrea en su obra, desde sus últimos trabajos que juegan con las coordenadas geográficas y los códigos QR hasta “piedras mani” transportadas desde Nepal u otras sobre las que graba en su taller por una cierta atracción hacia el primitivismo y la pureza que enmarcan su obra.

En sus instantáneas no se pretende lo sublime, al menos no desde esa concepción que nos viene desde el primer Goethe; lo que está presente es, en cambio, esa percepción cercana a la hierofanía de Mircea Eliade que percibe en las instancias naturales una manifestación de lo sagrado. Y a través de su contemplación, de la experiencia incluso del ascenso por sus sendas, el autor se integra en ese reflejo de lo inmanente, incorporado al todo. Una sensación que cualquier amante de los espacios abiertos habrá experimentado y a la que el CDAN de Huesca ha querido dedicar recientemente una exposición “Caminar… pensar… derivar”, en torno al acto de caminar como forma artístico-reflexiva que marca su impronta en el paisaje.


Alicia González
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