¿Intuía Hannah Hoch el Putsch del 23?

Se habla siempre de la intuición como una virtud vinculada a la mujer, de ser así Anna Therese Johanne Höch puso a pleno rendimiento la suya cuando en 1919 titulaba uno de sus más famosos collages “Cut with the Kitchen Knife through the Beer-Belly of the Weimar Republic” (Schnitt mit dem Küchenmesser durch die letzte Weimarer Bierbauchkulturepoche Deutschlands).

Schnitt mit dem Küchenmesser.
Fuente: https://en.wikipedia.org/wiki/File:Hoch-Cut_With_the_Kitchen_Knife.jpg

Bien es verdad que estamos a punto de vivir el golpe de Estado de Wolfgang Kapp en 1920 y que la artista de Gotha seguramente supo leer entre líneas que los “desencantados” de la rendición germana paladeaban algo más que buena cerveza en sus reuniones de bar. Así que tenemos que para la creadora el golpe de gracia a la República de Weimar es una acción doméstica (cuchillo de cocina), no derivada de una injerencia extranjera y que esta insurrección será la que abra de par en par el vientre de un Gobierno decadente (tripa cervecera). Y será la mano de Adolf Hitler, secundado por sus secuaces quien en 1923 de la primera señal de alarma desde una cervecería del peligro totalitario que se avecina. ¿Qué más irreverente para esos hombres de orden que un arte degenerado en el que ellos aparecen con piernas de corista? Incluso sin llegar a eso, no hay más que ver sus retratos deconstruidos, fragmentos femeninos de labios hiperbólicos, mujeres reducidas a labios y a grandes ojos expectantes, mujeres que de proferir alguna palabra es “da-da”, porque son las preciosas ridículas de Molière, infantilizadas e inútiles para esa sociedad de voces de hombre, nunca tan llena de proclamas políticas como entonces, mientras ellas deben conformarse con ser la pieza necesaria, el rodamiento siempre ajustado de esa industria reproductiva que es la única que las espera. Pero no a Hannah, no a la bisexual Hannah que con sus creaciones opuso una nueva visión troceada de la vida, una vida creada a partir de los materiales cotidianos, de periódicos, de pedazos de papel de envoltorio, de trozos de revistas que es el de las mujeres al fin y al cabo, porque la representación en los grandes lienzos de la historia no es para ellas.

Hannah Hoch no era nadie, puede que ni siquiera quisiera denunciar abiertamente nada; en ese momento a las mujeres no se les consentía más que ser comparsa como fue ella actuando de percusionista de la “Antisinfonía” dadá de Jefim Golyscheff incluso se le disputa la maternidad de esa nueva representación artística que fue el collage y se atribuye casi sin discusión a John Heartfield, porque siempre es más sencillo buscar un nombre masculino con el que apadrinar una nueva modalidad creativa. Hannah compuso con esas figuras irreales un espejo de contradicciones, de ficciones de mujer que no se sostienen y agobiantes expectativas como los ojos que coronan el ramillete en “Strauss”, porque todas las miradas están puestas en la novia a la que se lanza el bouquet de flores, del mismo modo que la construcción social perfila una trayectoria vital para las mujeres donde la participación plena, la autonomía y autosuficiencia no son valores, sino rémoras.

Su empoderamiento consistió en una toma de conciencia radical, en un tomar por la fuerza de sus poderes como autora lo que la sociedad le arrebataba a sus congéneres. En “Von oben” está clara la opción, dos mujeres observan sonriendo desde arriba, a modo de pájaros en el tendido eléctrico, lo que puede interpretarse como un cañón u otro objeto fálico. Ésa es la libertad de la mujer empoderada que, explora su potencial sin fijarse techos de cristal, desoyendo el ruido atronador de los poderes fácticos. La guerra es otra y la trinchera del género no es estática como las zanjas de Verdún, porque cada centímetro que se avanza ya es irremediablemente una derrota para la desigualdad, la infrarepresentación de la mujer en todos los ámbitos y el respeto a la diferencia.

Tal vez Matisse la tuviera en mente cuando empuñó las tijeras al final de su vida, cuando no era capaz de sostener los pinceles y se dedicó a crear mundos recortables para los que contó con la asistencia de Jacqueline Duhême, Lydia Delectorskaya y de Annelies Nelck, a las que se incluye sin más entre sus modelos.

Fuentes: https://www.telerama.fr/sites/tr_master/files/styles/simplecrop1000/public/medias/2015/08/media_130620/jacqueline-duheme-la-vie-d-artiste%2CM251974.jpg?itok=DjrNhqrZ ; http://www.alisonlesliegold.com/wp-content/uploads/2014/02/mats-wmn-300×300.jpg ; https://commons.wikimedia.org/wiki/File:Annelies_Nelck,_Anatole_im_R%C3%A9gina,_Nizza,_1953.png

Lo que sí intuyó Hannah fue la deriva de la modernidad que no fue la de quienes apostaron por la exclusión o el rechazo, sino de quienes han enlosado con sus pequeñas batallas esa igualdad tantas veces denostada por los que hacen de la mujer receptáculo de sus miedos. Por eso no creo que la Atalanta del cuadro en el Prado esté doblada sobre sí misma, prefiero pensar que, entregada al voto de castidad como seguidora de Artemisa, recoge los frutos de esa virginidad, las doradas manzanas que arroja Hipomenes, a sabiendas de que, de rendirse sin presentar batalla, terminará como todas sus predecesoras, sucumbiendo al varón y siendo víctima de la ira de los dioses, en lugar de partir con los argonautas como nos dice Robert Graves en “La diosa blanca“.

Y acabo ya con este “homenaje” a una herstórica que encabeza a las tres que anteceden esta despedida con un collage de factura propia, ni mucho menos a la altura de la maestra, si bien menos desasosegante, o eso espero.

Autora: Jaberbock (#mujeresquecortanypegan)

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