Entre al cableado interior de un ciudadano cualquiera

123, 124, 125…

“El surrealismo es una visión mágica del mundo”

(Jan Svankmajer)

A Juan como al creador checo su labor cotidiana con las máquinas por un lado y con los artistas por otro, “le quitó el miedo a lo colectivo, porque es una aventura colectiva, desarrolló su imaginación de una forma asombrosa y le enseñó que sólo existe una poesía, así que da igual con qué instrumentos la abordemos”.

Sus objetos como la imaginería del cineasta están llenos de una vida, en este caso inerte para el inexperto, plena para el conocedor de este mundo, incluso diría que, insuflada de esa ánima, ese hálito de espíritu de lo mecánico. Caso de hacerlo sonar el recinto de Juan Pascual, aunque hasta ahora haya sido Juan para nosotros, en la mente sería algo que se escapa a la definición de lo convencional, algo así.

237, 238, 239, 240…

Al entrar en su despacho de curiosidades uno parece estar delante de un animal de una antigua estirpe destinado a la extinción, mitad síndrome de Diógenes, mitad genio incomprendido. Abierta la puerta de la calle, nos esperan aparatos de radio antiguos, magnetófonos, osciloscopios, analizadores de espectro, de impedancia, una pizarra Weleda y aparente desorden. No hay nada de eso. Quizá sí un porcentaje de acumulación trastera, pero una vez conocido el personaje el almacenamiento responde a un todo vale basado en hechos reales, porque para los proyectos de nuestro técnico cualquier artefacto aparentemente desdeñable puede ser la pieza de coleccionista que otros buscarían sin éxito en mercadillos, tiendas de internet y peticiones a fauna friki. Su mundo tiene el color de los manuales rancios, con tonalidades de diseño que ya no se estilan y tipografías que los fanáticos de la cultura de usar y tirar desdeñaron hace tiempo. Pero no nos equivoquemos, su reino es tan de este mundo como que el verdadero adalid del reciclaje es él y debiera ser replicable por nuestra industria, aunque seguramente su paralelo podamos encontrarlo ya solamente en culturas del aprovechamiento como la cubana o la iraní que, ante la carestía han desarrollado modelos de cuidado y estudio de los objetos dignos de réplica. Sólo allí podría uno imaginar que todo este aparataje que no sólo custodia, sino que sabe manejar y reparar Juan tienen vida más allá de la obsolescencia programada.

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Acceder al laboratorio de Juan y no pensar en “Las que tienen que servir” es imposible. Aquella cocina ultramoderna de los sesenta donde Amparo Soler y Concha Velasco se las veían con la última tecnología tiene ese mismo regusto de los artefactos con los que convive Juan: grises, tan robustos como si se tratase de material bélico y, sin embargo, tan en buena forma que a una le viene la ternura, dejando al margen el agresivo desprecio por el diseño que parece que hubieran tenido sus creadores. Sí, estamos ante el brutalismo en el mundo de la electrónica, donde una carcasa vale lo que su funcionalidad a la hora de parar los golpes.

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  • ¿sí? (anota en un cuaderno el número de vueltas del solenoide para no detener la tarea cuando acabe la llamada). Necesitaría las indicaciones del dispositivo, si las tiene (nunca se olvida de precisarlo, por si acaso, aunque sabe que rara vez se cumple esa circunstancia)… Pero tráigamelo y veré qué puedo hacer…

Si nos olvidamos de esa fealdad sólida del objeto volvemos a los sesenta y a un Juan que podríamos ver trabajando callado y silencioso al ritmo del Nat King Cole que suena en “Deseando amar”, mientras investiga las conexiones que falta hallar para ese trabajo de altísima precisión que es el suyo. Juan no es un simple guardián de cosas hermosamente abandonadas por el diseño en serie, ni reparador de mundos que ya no están en catálogos masivos, es un investigador de modos y maneras, de usos y costumbres que ya no se estilan, pero que siguen rigiendo las maquinarias eléctricas de todos esos aparatos de imposible interpretación para el profano.

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Sigan con Nat King Cole en la cabeza, porque la introducción instrumental de “Aquellos ojos verdes” puede serles de ayuda para acompañar a Juan en esa labor callada, aunque creativa, y verán brotar en él el chasquido de la intuición que como en las películas de Won Kar Wai nos lleva a través de un túnel temporal de los sesenta a 2046. A realidades impensables iluminadas por la chispa de una torre de Tesla cuyo cableado casi está a punto de terminar. Porque de la cabeza de Juan no solamente brotan soluciones pragmáticas y utilitaristas a problemas de mal funcionamiento, por cansancio de una pieza que parecía eterna en ese dispositivo insustituible para medir variaciones de temperatura en condiciones con precisión extrema. De ese surrealismo al que su atrevimiento creativo le ha llevado nace lo inconcebible, el remedio para que unas delicadas mariposas puedan revolotear digitalmente en una exposición o para asombrar a un espectador haciéndolo sentirse observado por un rocoso ovni.

… y 800 (Ya tiene completado el secundario del solenoide de Tesla)

Nada escapa, nada se resiste al creador que convive con el tecnólogo en ardua batalla: mientras uno lo ata a la dura silla de la convención, de lo material, de lo que conoce, el otro lo empuja a soñar en esa instalación que cobra dimensión y vibra con el juego de una niña en mitad de la noche al ratón y al gato. Él se cree tradicional, y todo apuntaría en esa dirección por su forma metódica de enrollar más de 800 vueltas de cable, pero todo nos invita a creer que tras esa luz de verde fosforescente sostenida por los niños cual espada láser está el inventor de instantes violetas chispeantes, apenas perceptibles como llamitas al final de ese cacharro nacido como un rudimentario remedo de Tesla que gusta de compartir, quizá porque quiera envenenar a otros con el mismo tósigo que él bebió siendo niño, el del asombro y aunque quiera hacernos creer que es un José Luis López Vázquez de la tecnología, no se dejen engañar, quizá su aspecto sea el de un ciudadano normal, pero regresen al Saura de Peppermint frappeé o al Svankmajer del inicio y tendrán a nuestro protagonista, acuciado por hacer salir y darle forma a la nube de enredos que todos llevamos dentro.

Autora: Alicia González


Un comentario Agrega el tuyo

  1. laubolgo dice:

    Muchas gracias por escribir sobre estos temas tan especiales. Juan es un gran profesional.

    Me gusta

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