Peligro: chicos armados con parches

Kurt no alcanza a asomarse a la ventana, pero desde la cama cree escuchar a la señora Balbina llave en mano, tocando la sartén. El círculo se ha cerrado, ahora puede posar los ojos y descansar. No es problema para él, la difteria y la escarlatina ya le mantuvieron en reposo de los cuatro a los seis años. ¿Cuándo mejor que estando en cama para aprender a escuchar? Los ruidos corteses de cualquier visita al banquero de Charlottenburg, su padre, el pasar de página de los tutores que le llevaron de la mano sin perder un curso, pero también el crujir de las hojas de los tilos. Luego vendría la tosferina, aunque para entonces la música ya formaba parte inexorable de su forma de escuchar.

Dicen que Schindler a veces descorre las cortinas de los miradores de la plaza del Mercado en Avilés. Hay quien asegura que son los compases de su mano los que escuchan tamborilear quienes se sientan en las terrazas. O aseguraba, porque en los tiempos modernos la capacidad de escucha y el recuerdo se confunden tras la melodía machaconamente cantarina de la llamada al móvil y nadie sabe ya de la canción del “enramau”. Kurt sí, porque pudo ver a los mozos encaramarse a las fuentes para decorarlas con las ramas la Noche de San Juan, mientras grababa y apresuraba la escritura en sus cuartillas para no perder ripio de las explicaciones: qué, por qué, a quién se cantaba, para qué, en qué momento… Demasiadas preguntas las de un extranjero trajeado y provisto de una “caja embrujada” como decía un diario en un país de hombres recios, sin chamarras y aldeanas con menos en las corexas. Pero Kurt se hacía querer. Con ese torpe acento de no se sabía dónde y esa mirada entre risueña y anhelante no podías resistirte a dejarle apuntar todo lo que le contabas. Pasaba por el colmado y no había manera de no darle la pista decisiva, la que le llevaba esa mañana a la braña, donde los vaqueiros de alzada. No importábale que hubiera apenas un lecho y un hogar para guarecerse del frío. Schindler solamente necesitaba su cuadernillo al que el día que me asomé vi plagado de anotaciones inconexas: lo único que se entendía era el título del aire, porque lo de informante y los garabatos musicales eran un galimatías y ni que hablar de los comentarios con que Kurt, que así le conocíamos todos, completaba los datos sobre el repertorio etnomusicológico de España y Portugal como rezaba la portada que estaba recopilando para la Hispanic Society of America, gracias al patrocinio de Archer Milton Huntington. ¡Toma ya! ¡Ésa sí que era la lista de Schindler y no la de Spielberg! Porque de todos esos paisanos con los que habló no quedó nada.

Fuente: https://es.wikipedia.org/wiki/Kurt_Schindler#/media/Archivo:Emiliano_Barral_y_Kurt_Schindler_en_Medinaceli_(1932).jpg

Eso decía la bisabuela Rufa que se cruzó con él en la Pena y se atrevió a cantarle por aquel entonces aquello de “Vale más llevar palos que dormir sola”, aunque ella estaba punto por punto en contra de esos cantares de bailarle el agua a los hombres. Si eran iguales para curar la hierba y para arrostrar el desprecio de los que colocaron el tablón con el que impedir que los vaqueiros cruzaran el umbral de la iglesia, lo habían de ser para compartir lo que hubiera, fueran sopitas acompangadas o festín de casamiento. Schindler le había contado que en la Alemania donde nació y que apenas recordaba también se estilaba eso, aunque allí le llamaban nosequé de “fides et constantia”. ¡Menudo susto me dio cuando me dijo que aquello era cosa de masones! Le tuve que llevar a un aparte y decirle que allí la cosa estaba para pocas bromas entre los milicianos y los clericalotes, así que nada de ir mencionando por ahí lo de las reuniones de su padre que los oídos son buenos para oír coplas, pero malos para repetirlas y una mala copla en los oídos menos adecuados podía llevarle a tener que pasar una noche en la comandancia.

Martín que sí sabe escuchar y de hecho se ha quedado sentadito en el borde de los soportales del Mercado de las Aceñas, mientras sus padres toman la última de la noche al fresco vuelve a mirar los ventanales blancos del mirador. Él no sabe lo que es un certificado de presencia de los de Roland Barthes, pero sí que la imagen que la bisabuela le enseñó de Schindler le ha dejado una viva impresión. No lo sabe expresar así ahora mismo, pero con el paso de los años entenderá que es precisamente eso lo que sintió aquella noche de verano frente a las galerías, porque momentáneamente se sintió abrumado por nombres de maestras, amas del cura, “La Montañesa”, “la Bolera”…, que Rufa, seguramente ésta última, le había enumerado mientras esperaba con ansia su ración de frisuelos. Casi todas mujeres, porque al testimonio de lo que pasa entre la vida y la muerte sigue siendo cosa de ellas y ni al secretario, ni al “Gracioso”, ni al señorito… les suponía gran cosa perder el tiempo con aquel tipo raro que siempre parecía quedarse congelado al escuchar la música como si se transformara en fantasma de sí mismo y regresara a los tiempos en que batuta en mano participó en el Krefeld Music Festival. De aquel prometedor joven director de la Schola Cantorum nada quedaba, si acaso, el entusiasmo por el folclorismo que le llevaría a recorrer un sitio tan exótico como la España de finales de los años veinte y principios de los treinta, casi tanto como la que se pateó Blanco White durante el período liberal. En Kurt no había ninguna intención de juicio, ningún atisbo de superioridad. Así lo entendió Martín cuando ya adulto expusiera a su alumnado la figura del ¿estadounidense?: “Si pusiéramos en pie a Schindler en mitad de la plaza de Abastos de Avilés y empezáramos a sembrar el suelo con sus anotaciones, canciones de cuna, tonadas de labor, rosarios, coplas “verderonas”, melodías infantiles, ritmos procesionales… veríamos que no es una cuestión que afecte al ser, sino al querer y que no necesariamente el oriundo maneja con más cuidado lo transmitido, pues puede venir alguien de fuera que, sin haber escuchado, haya aprendido a hacerlo”. Afortunadamente el timbre del recreo le salvó del embrollo al que sus propias divagaciones le habían conducido como pudo comprobar al mirar la cara de descolocada estupefacción de Tomás, verdadero termómetro de lo que se entendía o no de sus clases. El alma estaba puesta en otra parte, pero a veces el profesor tenía derecho a ese pequeño porcentaje de digresión que la libertad de cátedra te otorga. La suya, concretamente en la tarde de aquel día en que, frente a la Plaza de Los Hermanos Orbón escuchó claramente a un perfecto desconocido desde las galerías exclamar “grupo de mozos borrachos”, al paso de una cuadrilla que canturreaba como podía las últimas estrofas de una melodía imposible de repetir, porque era fruto más de la ingesta de alcohol que del acervo cultural.  Luego supo que la galería estaba vacía desde hace años y pendiente de una rehabilitación municipal que nunca llegaba. Schindler sabía que el licor enardece el espíritu hasta hacer posible lo inaudito y que seguramente alguna de esas Xanas a las que cantaban fueran las muchachas del lugar, beneficiándose de la sublimación que acompaña a los vapores etílicos. Él mantenía el ánimo alerta; la luz de su vida, su Vera, se había escapado tempranamente dejándole solo y libre para escuchar. De no haber sido así, quizá esas melodías de las que anotaba “lo aprendió de una vieja”, “se canta al vestir una muñeca” o “cada compás es un movimiento de la pierna derecha, meciendo niño”, nunca habrían quedado inmortalizadas en aquel hato inmanejable de apuntes que guardaba en su maleta con una pegatina italiano y el folclorista se hubiera conformado con mantener la admiración compartida con Vera Androuchevitch, su esposa, por el trabajo de Bela Bartok en tierras rumanas. Tal vez, a la muerte de la actriz Kurt carga el equipo de grabación con rumbo a otro destino, cambiando las tierras eslavas que tantos recuerdos le habrían traído por la dureza de extremeños, castellanos, vascos y astures.

Ahora Martín, mientras les ponía aquel sonido infernal de gramófono y fritura (“Si quieres que yo te quiera ha de ser con condición, que lo tuyo ha de ser mío y lo mío tuyo no”) estaba absorto en lo mismo, en contarles a sus alumnos, con otras palabras, claro, que la regeneración social y el freno a las tensiones viene siempre de la correcta digestión de la cultura de la que provenimos como apuntaban los krausistas. El ruido de pisadas de bota castrense siempre estaba ahí, sólo había que escucharlo, y la manera de ahogar esa cantinela era más coeducación, para asfixiar la discriminación de la mujer. Eso o un escarmiento sumario de esos que no se esperan de alguien tan inofensivo como un profesor de música -pensó para sus adentros-. Reinterpretar los espacios se escucha decir en voz alta a sí mismo es una manera de volver a hacer nuestro el ágora ciudadana, las plazas de los pueblos, los mercados, para que dejen de ser solamente el trasiego del intercambio comercial -el capital lo impregna todo- y se resignifiquen de nuevo.

Una consigna más, ya estirando la lección al filo de lo inaguantable: “Sólo un dato: diez horas de música en 160 discos, son el testimonio de toda una vida dedicada a nuestro patrimonio”. No acaba la frase, pero lo han entendido; el promotor de su despiste, para variar, no es él mismo, ni su ensimismamiento al dar clase.

Guantanamera, guajira, guantanamera…”, Pedro, el alumno díscolo del fondo, al lado de la ventana, ya estaba tarareando el compás anunciando la inminencia del timbre de salida. ¡En mala hora les contó la anécdota de que se llamaba Julián en honor a su tocayo avilesino, al Orbón que ahora se reivindicaba como autor, aunque había estado silenciado por los afanes revolucionarios que convirtieron a Joseíto autor en su lugar pensando que así hacían más cubana la melodía! Como si los asturianos no fueran parte de esa patria de ultramar donde muchos perdieron los dineros, pero nunca los afectos.

Historic Photos 1916 Photo K. Schindler & Wella, Compositor alemán y Conductor Kurt Schindler con su Mujer Actriz Vera Androuchevitch. (Fuente: Proyecto Flickr Commons, 2014)

La vida de Kurt Schindler fue una canción de ida y vuelta como esas versiones del Guantanamera, medio guajira, medio bolero y bastante son. Siempre son demasiadas las patrias para un hombre sin otra filiación que la música o quizá por eso encontró Kurt en ese son de la tarabilla del molino la única bandera por la que merecía la pena pelear. Una lucha en la que se sentía ajeno y admirado a la vez por la magia de cada compás que le regalaban los paisanos y extraño en un paraíso en extinción de hombres y mujeres imposibles de capturar con sus discos gramofónicos de aluminio.

Fitxer:Kurt Schindler in 1917.jpg
Kurt Schindler in 1917.jpg (Fuente: https://ca.wikipedia.org/wiki/Fitxer:Kurt_Schindler_in_1917.jpg)

Había que envenenar a los nenus. No quedaba otra que con-travenir todos los permisos que hiciera falta para sentarlos en los soportales de Les Aceñes e intentar empaparlos de ese aire que le heló aquella tarde en que el verano se iba siendo niño. Todo proyecto megalómano debe tener algo de desacato, máxime para enganchar a unos adolescentes des-engañados de todo lo que no suene a tecnología. Así que Julián no tuvo más remedio que embaucarlos contándoles sus planes para hacerles cómplices de la conspiración nocturna que tramaba.

El último día de clase de junio, a eso de las doce de la noche, se apostarían en los túneles de acceso a la Plaza de los Hermanos Orbón y cada uno provisto de una linterna envuelta en papel celofán de colores, aunque no sirviera más que para darle un toque de estrambote y manualidad, enfocaría hacia las galerías modernistas. Mientras, Julián se saltaría todas las prohibiciones de perturbar la paz de los dormidos, porque en vacaciones todo vale, pero a ningún paisano le gusta que le despisten de su cabezada si al día siguiente tiene que madrugar. En realidad, lo que pretendía era devolver esos cantares que según los aldeanos se había llevado en su Fair Child ese hombre venido de no se sabe qué tierras en el aparato “redondico” y con ello, parte de su pasado a la chavalería, ahora que tantos les mareaban la cabeza con la grandeza de otros tiempos.

Así que, armado de unos altavoces que le había prestado su sobrino el trapista, no de la orden monacal, sino de ese reguetón raro que se llevaba ahora, dio como habían conveni-do la señal con un rotundo cabeceo. Una voz clara de mujer, tocada eso sí de fonógrafo, rompe la noche más corta y tras ella, los sones de los panderos que rasgan sus alumnos. Julián, pese a todo no se esperaba el estruendo. Serán apenas unos minutos…

“Carromateros
dicen los carromateros
cuando van al puertu arriba
al puertu arriba:
¡arriba, mula gallarda!
¡arriba, gallarda, arriba!

”Desde fuera de los soportales empiezan a intuirse los clic-clic de las luces que se encienden y alguna blasfemia acordándose de los muertos de los que cantan.

Julián mira a un lado y a otro, los chiquillos intercambian sonrisas cómplices, las chicas, con un plus de orgullo, porque saben que la historia de Schindler es también la de un hombre que dio voz a las niñas, mozas, maestras, criadas, ancianas y alcaldesas cuando nadie contaba con ellas. Y hasta Pedro parece haber olvidado su mueca de desinterés habitual y le pega al parche como el que más. No queda casi nada para que acaben…, pero ya se oyen los toques de silbato de dos policías municipales alucinados por la patulea que han formado unos mocosos… ¡con don Julián! ¡Es increíble, nun-ca hubieran pensado que tendrían que llevarse detenido a al modélico profesor de música! ¡Adónde vamos a ir a parar!

Tomás intentó dar el aviso acordado para salir todos corriendo, pero no hubo tiempo, la autoridad siempre es más rápida en la represión que los disidentes en la huida. Ju-lián le mira condescendiente, le guiña un ojo y no puede evitar levantar la cabeza mientras se lo llevan por delante al coche patrulla. Ahí, alumbrado por toda la chiquillada que a modo de despedida homenajea al profesor detenido y deslumbra a los municipales, Julián cree ver la silueta repeinada de Kurt. No se lo dirá a nadie, desde luego no a la jueza del turno de noche, porque no quiere que la gamberrada de fin de curso le aparte de sus chavales. Pero no hay duda de que era él y de que desde algún lugar Schindler responde agradecido al homenaje dejando que algunas ventanas de las galerías vacías golpeen sus batientes en inesperado aplauso a Julián. Ya son otros, los chavales, los que no olvidarán el momento en el Mercado de Abastos, ni tampoco el orgullo de terruño que alguien quiso confundir con un sentimiento manido.

N.B.: Este cuento no pretende ser una recreación fidedigna de los trabajos de campo de Kurt Schindler, sino más bien un homenaje a quienes, no siendo oriundos de la tierra as-turiana, han hecho por conservar y engrandecer sus raíces.

Autora: Alicia González (Publicado originariamente en Distribución y Consumo, una publicación de Mercasa )

Referencias:

https://www.asturiasmundial.com/noticia/67445/10-tonaes-como-exemplu-de-bona-poesia-lirica-quatesora-cancion-asturiana/

https://musicatradicional.eu/es/piece/22881

Haz clic para acceder a IPAS_FronteraZunzunengui_ME_Elarchivopersonal.pdf

Haz clic para acceder a granada_cioff07.pdf

http://www.residencia.csic.es/bol/num6/apalabra.htm

https://cuestadelzarzal.blogia.com/2010/083101-8.-discograf-a-y-pel-culas-etnogr-ficas-el-romancero-incorporado-a-la-ense-anza.php

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