Depuración intelectual de una revolución

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Ramón J. Sender y Vicente Blasco Ibáñez, dos hombres de izquierdas, viajan al espacio ruso en sus crónicas en dos momentos de la historia del siglo XX. El aragonés en la Rusia plomiza de Stalin y el valenciano, años antes, cuando todo estaba por hacer en un país donde la revolución había sustituido en los mentideros a la discusión sobre el precio de las patatas. Dos libros, el de Sílex, en edición de José Manuel Lechado y el de Fórcola, con prólogo de José Carlos Mainer nos aproximan a dos escritores que juegan y bien al periodismo de actualidad para contarnos “la determinación y la moderación en estos hombres a quienes todo el mundo creía incapaces de iniciativa y cordura”.

 “Todo el mundo puede acusar y defender. Las cuestiones de carácter personal no se aceptan ni las plantea ya casi nadie. Sólo se analiza y juzga el trabajo social y político. Al final, el partido habrá depurado”. La Chitska, como explica el aragonés Sender en “Madrid-Moscú” es la depuración del Partido Comunista de la URSS. A un proceso semejante se somete la obra de dos autores, Blasco Ibáñez y el propio Ramón J. Sender que en diferentes períodos fueron testigos de “la enormidad de los acontecimientos” que diría el valenciano se estaban viviendo más allá de los Urales. Se dice que ambos cayeron en el proselitismo, subyugados por la propaganda del régimen soviético, el estalinista en los tiempos del autor de “Iman”, y el bolchevismo incipiente que recoge Blasco en “la revolución rusa de 1917”. Aunque en el caso de este último se lea con ojos críticos incluso el temprano afecto que demuestra por “el hundimiento de todo un mundo”. Bien es cierto que, a medida que avanza su relato su inicial entusiasmo se transforma en un desencanto por la realidad, ante el giro totalitario de los dirigentes, que no por el deseo de lo que significaba el movimiento, una ruptura del silencio que había significado durante siglos el zarismo con un pensamiento innovador al que Blasco Ibáñez se siente afín. Por supuesto que su admiración por la determinación de los insurgentes no le ciega al presentir que la revolución se halla en peligro por lo que anima a “conducir al partido del pueblo a la victoria”, especialmente por la coincidencia de la firma del Tratado de Brest-Litovsk y sus draconianas condiciones al nuevo régimen que para el escritor de “Arroz y tartana” suponen “el asesinato de Rusia”. Desde luego no se pueden apreciar sus cualidades de videncia, puesto que se nos presenta como mal futurólogo al afirmar que “Trotsky es hoy el único dueño de la Revolución Rusa”, pero en todo momento reivindica su valor como la revolución menos cruenta no reconocida por los historiadores, llevada adelante por gentes guiadas por “buenos propósitos y clarividentes en circunstancias que aturden a tantos intelectuales”. Es verdad, que su narración es la del fin de la resignación cuando se produce el desencuentro entre el zar y las instituciones y el desabastecimiento provocado por la falta de previsión. “Ante las grandes necesidades -dice su crónica- del momento han surgido hombres capaces de asumir el encargo de resolver victoriosamente los problemas”.

En ese grito que profieren las calles de Petrogrado de “queremos pan” podemos oír la voz de las mujeres y en la brutal represión, el dolor de un escritor comprometido con la causa de los justos que tiñen con su sangre las calles. Son los famélicos los que cuestionan a un “régimen absurdo y fracasado” y a ellos se suman rápidamente las tropas en la ciudad engalanada de nieve. Y no son sus proclamas, sino sus carencias las que delatan la insolente riqueza capitalista que no encuentra otros defensores que una irónica mirada de la policía sobre los mítines improvisados y los himnos balbuceantes de los ideólogos que brotan en cada plaza en lo que Vicente Blasco Ibáñez define como “el espectáculo de una grandeza incomparable e intensa”. Se aprecia la viveza de su crónica, porque casi escuchamos el tableteo de las ametralladoras y los lamentos tras las matanzas de cada algarada. Sin que esa vitalidad de su historia pierda verosimilitud: el escritor no baja la guardia ante los “malandrines que pretenden aprovecharse de este desorden”. Llegará el maximalismo al gobierno, sí, pero siempre quedarán para el recuerdo personajes como Catalina Breschkovsky, la “Abuela de la Revolución”, en realidad, una más de los amnistiados por delitos políticos con la caída del feudalismo. O Dora Kaplan, la autora de una tentativa fallida de magnicidio contra Lenin, el traidor a ese espíritu místico propio del “hombre salido de la ‘masa gris’”, oteando desde el barro de la historia, mientras asistimos al nacimiento de un mundo nuevo en el palacio de Táuride.

También en Sender está la figura femenina de Clara Zetkin y las pioneras que hacen guardia a aquella, en las que el aragonés percibe la resistencia de los occidentales a comprender el espacio del que se han apropiado gracias a la revolución las mujeres, de gran formación política para perfilarse como “seres distintos, que con toda su fortaleza física y moral, en España, en Francia, languidecerían y se asfixiarían”. Como en el caso de Vicente, Ramón no es un espectador acrítico, pues en sus notas de viaje redactadas entre 1933 y 1934 se cuestionan “¿cómo pueden mantener los principios pacifistas del comunismo? Con todo este aparato guerrero”, aunque pierda la debida equidistancia ante la figura de Stalin, al que nos describe con “una impresión agradable: No es un intelectual. […] El intelectual es un hombre que sacrifica la realidad a sus interpretaciones personales. .[… ]. Una mano de hierro y unos ojos claros es lo que aquí necesitan”.

Ramón J. Sender viaja invitado por la Asociación de Escritores y entra en la frontera, mientras resuena en los vagones el “Arriba parias de la tierra…” Son los años de la Tercera Internacional, del miedo a la guerra, por el riesgo que la Rusia soviética, aún por consolidar pudiera correr. No hay compasión para el pope que mendiga en las aceras, porque de unirse a una brigada de trabajo tendría pan y cama y en cambio prefiere seguir “rascándose al sol, dejándose morir de hambre”.

Concedamos que Sender está cautivado por los reportajes de Gorki sobre la redención en la industria técnico-hidráulica de distintos tipos de criminales y las asociaciones que el nazismo establecerá entre exterminio y salvación por el trabajo. Y que llega a buscar los referentes del socialismo utópico, ético-religioso en Virgilio, Tomás Moro y hasta en Jesucristo de ese intento de “contribuir a un logro colectivo”, por oposición a las limitaciones que marca, incluso para los burgueses e intelectuales, el capitalismo. A este “enjambre afanoso de hombres nuevos con la misión de edificar otra humanidad. […] Unos los miran con temor; otros con, con odio; otros, con entusiasmo. Nadie con indiferencia. […] Triunfará o morirá”. Y como asegura más adelante, “cada vez que claváis el azadón en la estepa tiembla el campo andaluz”.

Está visto que la virtud de los autores españoles no es la del augur, porque tampoco en sus predicciones Sender acierta al decir que nadie podrá oponerse a la construcción soviética, por mucho que el Neglinnaya moscovita, esas aguas freáticas esperen su turno agazapadas para tomar las rieras como ocurriera antes y después de la revolución.  A Sender le hubiera gustado asistir al fenómeno para entender la metáfora de la crecida libertaria en Rusia, de los ratios imposibles de una economía asediada, de los planos de sensibilidad ignorados que sólo la naturaleza de Siberia puede despertar, de los octobriat, adanes de una sociedad sin cadenas que harían que “un obrero español transportado a esos lugares se creería en un país de ensueño”. Y a sus oyentes, comprender lo que hay detrás del idealismo burgués del Quijote o de un intraducible “Tirano Banderas”.

Autora: Alicia González

 

 

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