Dormirse en el trabajo

Podrá haber quien vea en estas escenas de Matisse un juego de erotismo, pero tras este lienzo del pintor post-impresionista francés, aparte del gusto orientalizante que también percibimos en autores como Picasso en sus “Mujeres de Argelia, Versión I” (1955), por ejemplo, o en la Nevermore O Taïti de Paul Gauguin, está la transformación de un tema galante como el que encontramos en Ingres en otro de una lectura totalmente distinta. Las odaliscas de Matisse, aparte de ir perdiendo la pureza de sus trazos a medida que el artista repite una y otra vez el tema, no son las mujeres estáticas, ausentes de Ingres o Fortuny, sino trabajadoras del sexo agotadas, cansadas de la dura y continuada jornada del complacer. Con ello el pintor se apunta a esa aceptación de la cotidianeidad que ya experimentó Toulousse-Lautrec en sus múltiples piezas sobre el ambiente más canalla del París de principios de siglo y da carta de naturaleza a las que convierte en némesis de las mujeres burguesas. Si aquellas son figuras respetables, por su posición económica, éstas también lo son, porque en su esfuerzo diario está su heroísmo.

Apreciamos en la mayor parte de ellas la misma actitud que la de esta obra, en un agitado reposo, porque entendemos que esa siesta no es la del fauno, sino tan solo un receso en el tráfago de hombres al que atender.

Los colores empleados por el pintor nos arrastran a la tranquilidad en esos naranjas y azulados, pero sin dejar de recordarnos que estamos ante una trabajadora del sexo, ataviada de pantalones bombachos de color rojizo, con lo que parecen unas medias a media pierna. Su cabello suelto y despeinado exhibe esa sensualidad que remata la camisa entreabierta, en la que se descubren los pechos, por si hiciera falta apostillar aún más la disponibilidad de nuestra protagonista. Seguramente si abriera los ojos tendría la misma mirada perdida que la que observamos en la figura de “El chal negro”, recostada, esperando la llegada del próximo cliente, y con la prenda transparente enrollada alrededor de su cuerpo en una especie de sometimiento indumentario que la hace lista para ser degustada sin más preámbulos.

Destaca en la obra la decisión con la que Matisse aplica el color, que no se detiene en cubrir toda la superficie, salvo el cabello, nítidamente negro, si bien la figura queda claramente definida en esa posición recogida sobre sí misma que adquiere la mujer, fantasía al alcance del hombre que esté dispuesto a abonar la tarifa requerida. Los trazos nos conducen ya a otro Matisse, al imposibilitado para pintar que recorta hábilmente con tijeras los desnudos en azules, amarillos, tribalistas e imposibles que son la antesala de esa Capilla del Rosario donde la espiritualidad llega a su culmen desde la sencillez más extrema. Tal vez Matisse tuviera en mente a la alemana Hannah Höch cuando empuñó las tijeras al final de su vida, porque ya no era capaz de sostener los pinceles y se dedicó a crear mundos recortables para los que contó con la asistencia de Jacqueline Duhême, Lydia Delectorskaya y de Annelies Nelck, a las que se incluye sin más entre sus modelos.

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  1. Alucinante, lo que se aprende por aquí cuando uno se dedica a otras cosas. Gracias.

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