El rugir de la Tierra

PESSOAS EN MADRID: Abada (I)
Fuente: https://www.reprodart.com/a/the-rhinoceros-2.html

Se había abierto en mitad de la calle como si fuera una herida. Aunque por otra parte, los vecinos y vecinas transitaban a su alrededor inquietos ante los ruidos que provenían del socavón, pero con la misma zozobra que al conocer cualquier evento cotidiano digno de ser propalado. Nadie había pensado seriamente que aquel agujero minúsculo, insignificante, inapreciable al ojo humano, al menos al del munícipe en visita oficial hubiera podido adquirir semejantes proporciones en esos días. ¿O eran meses? ¿O habían sido años de desidia oficial?

El caso es que ahora tenían ante sí la dimensión del verdadero problema: un hueco por el que cabía una abada que era precisamente lo que exhalaba esa pestífera vaharada, mezcla de pajas, excrementos secos y orines recién oreados. Y los lamentos de un animal que, amén de estar tan perdido como ellos a la hora de dar solución al problema, requería de ayuda urgente.

Ninguna plazuela era pequeña para recabar apoyos al salvamento del pesado mamífero. Ningún testimonio menor cuando se trataba de convencer a los periodistas internacionales de que cubrieran la noticia. Si lo habían conseguido por un mural feminista que a nadie le importaba ¡qué menos que por un rinoceronte abandonado por los propietarios del circo, incapaces de darse cuenta de su pérdida a tiempo y ya lo suficientemente lejos en tiempos de pandemia como para no poder volver atrás a recogerlo!

La operación de extracción requería una paciencia que el bombero no había recibido en ningún curso de formación y de unas maneras que a él, hombretón fornido en catástrofes y calamidades urbanas, no le encajaban con el personaje de héroe.

No había forma de encabalgarse a lomos de una fiera de esas proporciones, ni tampoco armas de seducción suficientes para que el animalillo se convenciera de que una hembra receptiva le esperaba al otro lado de la hondonada. El aroma de las feromonas, dada la exigua cantidad de la cápsula que les entregaron los técnicos del laboratorio, no llegaban ni a unos pocos centímetros. Y por supuesto, no estaba dispuesto a impregnarse del sugestivo líquido para quedar a merced de semejante monstruo africano.

Así que no quedó otra que conseguir zapadores que fueron excavando lenta, pero concienzudamente un túnel conectado directamente con los jardines de Sabatini. No quedaba otra. El consistorio habría tenido que aprobar por el procedimiento de urgencia la transformación del parque urbano aledaño al Palacio Real en improvisado laberinto donde descansaría la bestia inhumana. Y decimos inhumana, porque los gases que expulsaba tamaña maquinaria, no eran probablemente aptos para el consumo de pituitaria humana, motivo por el que decidieron disponer a todos los recientes anósmicos a consecuencia del coronavirus sentados en sillas de tijera para comprobar si las flatulencias revivían el olfato de los convalecientes. Y alguno hubo…

La extrordinaria misión de desalojo y traslado pudo cumplirse con éxito, incluso regocijo de la madrileñidad. No así de la representación diplomática griega que quiso dejar constancia de su desagrado por la inconveniente suplantación que la abada suponía respecto al clásico mito del Minotauro. A nadie se le escapaba, aseguró el embajador heleno, que se empezaba por vender entradas para ver un falso Minotauro en los jardines públicos y se terminaba haciendo hablar a los muertos para un anuncio de cerveza.

El único perjudicado real de la operación del que tenemos testigos fue el muchacho que, venido de las islas Afortunadas, quiso hacer un remedo del Ícaro griego, colándose a deshora en el recinto de la abada al deshacerse -¡lo que hace la falta de lectura!- las alitas que se había fabricado mal pegadas con cera al cuerpo. Desde entonces nadie ha sabido qué es de él, más allá de las frases que le escucharon decir, al negarse a recibir ayuda para salir del laberinto. Su condición de aprendiz de modisto -la que lo trajo aquí, para darse a conocer en un reality de costura- le impedía aceptar el auxilio, así que, sabiendo que no corría peligro más que su pundonor, la ciudadanía terminó por dar por buena su presencia junto al bicho, incluso por darle crédito cuando el muchacho, provisto de paciencia y una cierta dosis de locura dijo estar aprendiendo el lenguaje de los rinocerontes.

Hay quien dice que le ha visto reírse a solas, bueno, frente a la abada, a la hora de las visitas guiadas, atónitas frente al cristal.

Autora: Alicia González

(Imprudente enmienda a la totalidad en modo periodístico del comienzo de La crónica del rey pasmado, de Torrente Ballester. ¡Dios nos perdone!)

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