La comuna

Ventajas de una mansión que quieres quedarte, pero no sabes si vas a poder pagar. Según la madre y la hija, subidas al punto más alto de la casa, no llega a oírse el ruido de los pisos inferiores. Quizá es a la inversa: encaramados a lo más alto de sus expectativas como familia, descienden por los abismos de las más bajas pasiones, perdiendo por el camino ese afecto que hasta entonces los había mantenido cohesionados. Analicemos el lenguaje espacial, la proxémica que nos cuenta esta primera escena. Anna y Freja se sitúan en la posición de elevación espiritual, su preocupación es preservar la intimidad, puede que en el caso de la hija, Freja, menos preocupada en ese momento por la independencia de su cuarto como adolescente y en el de Anna, tal vez intuyendo que en la Comuna que van a formar puedan crearse interactuaciones sexuales inesperadas.

El padre, Erik (Ulrich Thomsen), no está en ese momento en ésas: no existe por su parte una predisposición inicial a conservar la casa de su padre, es más solamente acepta a regañadientes la propuesta de su mujer para complacerla. Puede que los recuerdos familiares, la pérdida, la transformación de ese espacio conocido de la infancia en otro distinto sean los motivos para su reticencia, pero finalmente accede. Y como vemos en esa secuencia casi al inicio de la película, a profesor de Arquitectura no parecen inquietarle los ruidos que se puedan escuchar de una a otra planta, si bien él se queda en la planta baja, la más cercana a las pulsiones primarias si seguimos el ordenamiento social clásico del autor del Critias. Luego entenderemos por qué…

Anna es la más expuesta, la más extrovertida en apariencia y a la que vemos dispuesta a confraternizar con los antiguos amigos a los que convocan para participar en este proyecto de convivencia comunitaria. Enfrente tenemos al profesor que, aun siendo también de una profesión liberal vemos más retraído, menos convencido de abrir el círculo íntimo: «la diferencia entre estar cerca o lejos -llega a decir- es poder sentirse, verse y oírse siempre», a lo que su mujer replica alegando la mezquindad a la que nos abocan los lugares pequeños. Curiosa teoría de estrella televisiva: los poderosos resultarían menos cicateros que los menos favorecidos, cuando los hechos suelen probar lo contrario; a más propiedades, más sentido de necesidad de acaparar, de rodearse de lujos, de exhibir esos éxitos habitacionales por oposición a quienes disponen de lo justo para pernoctar. Es cierto que siempre existe una aspiración de mejora, de salir del ahogo y la asfixia de las viviendas mínimas y que en casos como el de la pandemia, la vida se ha visto más viable para quienes contaban con amplios jardines, terrazas y ni qué decir de gimnasios u otros servicios aptos sólo para las grandes fortunas. Al otro lado, los mezquinos tuvimos la ocasión de probar de forma extremada las posibilidades de la convivencia codo a codo, sin alivios, en los momentos del confinamiento más duro. Y parece que no nos ha ido tan mal, porque las tasas de supervivencia no han sido mayores en los propietarios de mansiones, a veces más proclives a pensar que la vida no les va a hacer esa canallada de impedirles disfrutar de su tren de vida, porque para eso están los que no pueden pagarse un seguro médico privado.

Anna (Trine Dyrholm) responde a ese perfil de mujer más volcada al exterior, aunque uno de los propósitos de esa experiencia sea la de compartir la vida con alguien o alguienes estimulantes, Todo nos hace pensar que la capacidad de recibir esa corriente de novedad, de diversión, de sorpresa, ya no la está recibiendo de Erik- Y pese a que él era el más reacio a operar en una nueva clave de pareja, la de la apertura, la de una libertad en la que todo podría suceder, los sucesos nos llevan a un desenlace muy distinto al previsible,. Ante nuestros ojos vemos envejecer a Anna, pero no porque las normas de la comuna se hayan mostrado fallidas o porque los habitantes se hayan demostrado insoportables. El desastre no está fuera, sino dentro de lo que era ese matrimonio estable, pero aburrido como ella nos hacía pensar y por eso él que no parece muy dado a la innovación incurre en el tópico de profesor se deja querer por alumna enganchada en una relación sapiosexual. No es que quitemos mérito a su participación en la traición, pero probablemente es la explicación que alguien tradicional como él se concede: ante la opción de ser el engañado por su esposa, toma la delantera y se libera de los constreñimientos de una pareja convencional y se busca lo que suelen buscar los maridos insatisfechos, una amante. Ese desatarse de Erik no se normaliza en una ruptura, sino que, manteniendo los estándares de quien quiere preservar la fragilidad sentimental de un quebrado matrimonio, se traduce en escapadas que Anna termina por descubrir. Es ella la que detecta la existencia de Emma y ella la que, a pesar del dolor que la situación le provoca acabará por proponer al grupo la incorporación de la amante de su marido.

Hasta aquí hemos pasado por una serie de falsos ganchos con personajes que podrían haber supuesto una quiebra de la paz comunal como Allon. No importa, porque la película deThomas Vinterberg quiere rescatar esa vivencia tan propia como odiosa que padeció en su infancia. Unos años setenta en los que la sanación del mundo se perseguía mediante un retorno a un milenarismo sexual ansioso por encontrar respuestas a la angustia generada por la pandemia y nuestra ilógica forma de vivir en un esoterismo carente de lecturas que apuesta todo a la naturaleza. ¡Vean sino a los desconcertantes seguidores de la Familia Arco Iris que se han juntado en La Rioja, lugar remoto donde los haya según sus criterios, se conoce!

Del mismo modo nuestra protagonista confía en el gregarismo, el cambio y el buen rollo sin más con escenas de saltos al vacío gélido de no sabemops si un lago o un río en Dinamarca . perdonen la falta de cultura general geográfica- para llevar a cabo una transformación de sus vidas que les devuelva esa sintonía con la ilusión que han perdido. Anna fracasa en su objetivo, porque mientras ella al finalizar sus veladas grupales siempre vuelve al nido, Erik, mucho más sagaz, ha buscado una segunda hembra para mantener vivo el entusiasmo. Lo más curioso es el momento de sororidad, de conexión que se produce entre sus dos parejas, la estable, porque nunca se atreve a desconectar del todo y la esporádica que sin querer revelar nada, mostrará sus poderes. Los papeles se invierten, porque la adulta vieja se muestra desconcertada, alocada, inexperta a la hora de decidir, y en cambio, la joven mantiene en todo momento la madurez, mostrándose comprensiva con las disfunciones que provoca este recambio. Intuimos en ella un cierto desencanto hacia ese macho que no sabe lidiar con la decisión última que exige el modelo de relación de pareja que ha elegido, de monogamia sucesiva.

¿Y qué pasa con los demás? Pues poca cosa, porque la centralidad de esta pesadilla retransmitida en directo para los habitantes de la casa y de algún modo a los televidentes del programa de Anna que perciben ese deterioro progresivo, lo devora todo. Y de algún modo tiene sus réplicas en las vidas de los dos personajes más vulnerables, los dos menores de la comuna, el niño, platónicamente enamorado de la adolescente y la propia Freja Martha Sofie Wallstrøm Hansen). Ambos son dos víctimas colaterales de la trama mal resuelta por Erik: él, porque su corazón no puede soportar saber que su «amada» se va de su vida, al salir de la casa y ella, porque su forma de escapar de los efectos que nunca leimos tuvo al descubrimiento de von Aschenbach en «Muerte en Venecia» es una huida con sabor a fracaso desde el inicio. Su anclaje a un amor dependiente y creado a empujones como feliz tabla de salvamento ante el naufragio del matrimonio de sus padres no puede salir bien, por mucho que nos quedemos intentando arropar a Freja.

Ella tampoco quería testigos al desembarcar en ese caserón del abuelo si recuerdan, y estaba tan intrigada como su madre por saber si su padre oiría sus conversaciones del piso superior. Lo malo es que los dramas siempre se escuchan por mucho que haya puertas y que la desesperación y la locura son malas amigas del silencio. Y las dos están desbocadas, porque la expectativa de partida era muy alta y a diferencia de los tipis la estructura formal que allí se vivía al borde de las estrellas, en la rutina urbanita no hay sueños sustitutivos al cerrar una relación de un portazo y las estrellas que quedan, en realidad son esquirlas de ilusiones destruidas.

Autora: Alicia González

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