Palabras perdidas

Una sección en la que cada día, que el diccionario da para eso y más, recuperaremos aquellas voces que nos sugieren por su sonoridad o su significado o que no sabríamos explicar en dos palabras a nuestra vecina. Un glosario en el que iremos entresacando lo mejor de algunos inmerecidos cadáveres lingüísticos.

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Enfardelar, casi una costumbre

Recupero con esta voz, un hábito, el de hacer fardos, el de empaquetar y desempaquetar las cosas que nos importan para trasladarlas, para trasladarnos, entendiendo que en ellas van recuerdos que pesan, pero queremos seguir moviendo con nosotros. También la de aquellos que más conocidos como “trasteros” nos empeñamos en desaprovechar el metro cuadrado acumulando libros, papeles, historias ya vencidas en definitiva que nos detienen en lo que ya pasó. Y por fin, traigo esta habilidad de enfardar a colación, porque siendo la primera palabra de este cajón cerrado quiere dar sentido y razón de lo que encontrará el que se acerque a la sección de este cuaderno de bitácora: un paquete sin dirección ni remitente, una palabra, a la que tendrá que dar vida y rumbo con su uso de ahora en adelante.

Como siempre más

P.D.: Curiosamente si insertas “enfardelar” en Google te encuentras con el rey de los heterónimos y por extensión de la paquetería fina, Pessoa, que supo envolver las vidas de otros en el papel celofán de su imaginación para hacernos creer que de verdad existían los banqueros anarquistas. De regalo, un fragmento que demuestra que lo del travestismo identitario no era exclusivo de Fernando y que a Eça también le iba lo de vivir en otros trajes: “ajudava D. Angelina a enfardelar Klopstock na vernaculidade de Filinto Elísio, e se dizia parente de Emanuel Kant“.

Y para los que prefieren estimularse visualmente el análisis de Café con libros

O algo un poco más rupturista
para los que digan que su mensaje ya es cosa de otro siglo

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Gamboa

Dice la RAE que por gamboa habremos de entender la “variedad de membrillo injertado, más blanco, jugoso y suave que los comunes”. Nunca pensé que los membrillos pudiesen ser femeninos, con aquel tacto de ubre rugoso, repleta, celulítica, amarillenta, mezcla injusta y solemne del brillo de hoy y la decadencia que espera. ¿Se le podrá poner a uno la carne de gamboa, como si fuese de membrillo al temblar? ¿O acaso las mujeres no tenemos tampoco el derecho a rilar cuando pendemos de la rama de un árbol? Me gustaría que alguien se acordase de mi olor con la misma definición de fruta a punto de echarse a perder… Sólo es cuestión de cerrar los ojos y alargar la mano para ver si lo que cae es pecho o gamboa…