Borrados

bartov.jpg Reencontrarse en Rutenia (¡Lean “El ermitaño de la calle 69!”), con Joseph Roth, con la zlachta (nobleza polaca), Chagall y con términos como Galitzianer, para designar aquel que nos resulta paleto, avaro, dudoso… Bartov recoge los efectos aniquiladores de la simplificación histórica que significaron los pogromos que diezmaron la población judía de ciudades como Lviv y alimentaron el socialismo y el sionismo. Continuar leyendo “Borrados”

Entrevista a un libertino ilustrado, David Felipe Arranz

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Periodista curtido, que no hombre cansado como el de Heine, David Felipe Arranz anuda cine, teatro, artes plásticas, literatura en libro con el que un adicto engancha hasta al lector perezoso

Alicia González

Observador con ojo de homo ludens se divierte contándonos todo aquello que se escapa de la lectura inatenta…

Creo en el principio de colaboración, un criterio a la hora de abordar cualquier obra y que, además, ofrece la oportunidad de averiguar por qué nos conmueven ciertas obras de la literatura. Hay libros que esperan décadas, intonsos, a que el lector los deje entrar en su corazón. Dense un paseo por las librerías de la Cuesta de Moyano. Ni siquiera hace falta una lectura atenta: con hacer una lectura, bastaría para asistir a un espectáculo maravilloso. Hay jarchas mozárabes del siglo XI en las que el lector avezado y curioso reconoce, casi como una forma de energía, la voluntad de ser leídas: las buenas obras están vivas, por muchos años que tengan.

Como un autómata enciclopédico se sumerge en los libros por el lector…

Al sumergirte en un libro te sientes acompañado frente a una realidad perentoria que vemos cómo desaparece y reaparece cada día. Los hombres se van, sus obras permanecen: ars longa, vita brevis, que dirían Hipócrates y Séneca. En una biblioteca todos los libros coexisten fraternalmente dialogan en la mente del lector. Hay bibliotecas que son auténticos edificios de arquitectura que piden al lector que colabore con ellos escuchando lo que le tienen que decir. Leer hoy es un acto de resistencia que satisface y que genera esperanza.

El suyo es un afán didáctico digno de Gracián, un tanto heterodoxo…

Ante una sociedad que venera la imagen explícita, nada mejor que proponer, a contrapelo, la imagen implícita, la que recreamos con la imaginación. Gracián escribió al respecto un tratado insuperable sobre el uso de la metáfora, mucho antes que George Lakoff y Mark Johnson: Agudeza y arte de ingenio. Sigo acudiendo a él porque refleja la configuración mental del lector dominado por las imágenes y la ordenación de las palabras. ¿Cómo era Julián Sorel? ¿Qué rostro humano es el que confieren la dignidad, la nobleza, la justicia, la superación? ¿Cómo encaja el barón Trotta el desmoronamiento del Imperio austrohúngaro? ¿Cuál es la forma humana del humor trágico, de la ironía ante el inevitable hundimiento de Europa? Estas reflexiones obviamente a una sociedad preocupada por el volumen de ventas con granjas-oficina dedicadas a la producción no le importan nada. Y hablar y leer a Stendhal o a Joseph Roth es una provocación audaz muy satisfactoria: te entiende poca gente, pero los que te entienden, saben que formas parte de la résistance frente al imperativo social. Simplemente leer poesía es una provocación, hay que incomodar a los convencionales para que despierten. La heterodoxia es una ordalía, un camino iniciático, como en los cuentos de hadas, que me encantan. Adoro a los hermanos Grimm y cómo podemos perdernos en sus bosques narrativos, encontrándonos en ellos a las más fascinantes criaturas.

Si el libro es un refugio, ¿sería una casa acogedora o un lugar inhóspito?

Un paraíso, que sería lo ideal. Y en el caso de mi hogar, una jungla ingobernable y salvaje: los libros se reproducen y expulsan a sus moradores originales, como en un cuento de Carpentier o Cortázar. Cualquier día no podré entrar en mi propia casa, una casa tomada.

¿A través de esta treintena de artículos podemos reconstruir al autor?

En parte, sí. Decía Gregorio Marañón que la mejor manera de conocer a un hombre era acceder a su biblioteca; aplicado al cine, tenemos un axioma bastante similar. En una de las jugosas conversaciones que Gore Vidal mantuvo a lo largo de varios años con Robert J. Stanton enunciaba al periodista uno de los principios básicos de la teoría de la recepción: “Averigüe qué películas ha visto un hombre entre los diez y los quince años […] y tendrá una idea bastante precisa de la mentalidad y el temperamento que tiene”.

Arquitecturas-213x300Como Ahmuf Rainer sobreescribe para nosotros el imaginario literario, generando una corriente empática en el lector ¿Era su intención?

Me encantaría contagiar esta pasión. Que cada uno construyese su canon particular a través de mis propuestas y que después se produjese, a nivel conversacional –como diría Gabriel Tarde– una conversación entre cánones particulares. Eso se hacía maravillosamente en los salones ilustrados y en las tertulias de café de la primera mitad del XX. Habría que impartir clases de humanidades en las tabernas más típicas, en las chocolaterías, en las reboticas, en las casa de comidas y frente a un vermú de grifo.

Éste es un libro apto para nativos digitales por la concisión, agilidad y tono.

Adoro la ironía. Le contaré una anécdota. En una ocasión, recomendé a cincuenta alumnos de una de mis clases de Periodismo de la Universidad Carlos III que acudiesen a una librería porque había localizado una caja repleta de ejemplares nuevos de La galaxia Gutenberg de Marshall McLuhan… ¡a 1 euro! Les di quince días: no fue ninguno. Pero les conté que el libro hablaba de Cervantes y de Shakespeare, de los personajes de tinta y papel convertidos en seres que cobraban vida… y no se lo creían. McLuhan escribe sobre el Quijote y sobre Hamlet y él mismo se convirtió en personaje en Annie Hall, de Woody Allen, en la cola de un cine. Hasta que no hice una selección y se la pasé, no querían saber nada de sus teorías. Hay que dar a conocer lo que hemos descubierto y proponer el juego de la literatura con humor. Pero no están habituados a comprar libros en papel. En cualquier caso, en la Cuesta de Moyano están a 50 céntimos. No es que los nativos digitales no lean en papel porque son perezosos: es que nadie les ha llevado de la mano a descubrir los templos sagrados del libro.

Le veo un poco rupturista con esa realidad fragmentaria que nos venden, con este intento unificador de causas literarias que le ha salido…

Qué va, me confieso curioso de la opera aperta y de mosaico. Es que ya éramos así, incluso mucho antes que ahora, desde 1870, con la ruptura de la alianza entre la palabra y el mundo y que define la modernidad. El Ulises de Joyce o los Cantos de Ezra Pound representan un golpe a la totalidad, a la unificación controlada: ellos anticipan la crisis de la palabra y el crepúsculo del relato lineal. El nuevo tejido de la cultura y de los medios de comunicación, entregados a los intereses de grandes corporaciones y de los gobiernos, nos demuestra cada día que un velo de ignorancia nos separa de cualquier posible conocimiento.

Maldecido con la pasión libresca se rehabilita de la adicción con más literatura…

Por inspiradas que sean esas lecturas, las palabras del poeta se quedan cortas frente a la intensidad del momento, a los fenómenos y estados del ser, las intensidades de los sentidos, una cierta respuesta al misterio inefable de la belleza… Pero la literatura –Proust era un maestro en esto– ayuda mucho a retenerlo y a recrearlo. La poesía amorosa explica, por ejemplo, el amor. Y el paso supremo es el que te lleva de la lectura a la escritura, porque necesitas realizar esa transferencia al habla: escribe Kafka que no es el canto de las sirenas, sino su silencio lo que verdaderamente lleva a la iluminación… o al naufragio, la amenaza. Un científico puro y consecuente hará del lenguaje literario un sistema fonético con sus normas convencionales e internalizado en el habla. Un esteta se deleita con las prodigalidades del error, el titubeo, el sueño… Calderón, Cernuda y la derrota sublime del príncipe encadenado capturan el desgarro del lenguaje y lo convierten en poesía, en literatura, que es adictiva.

Si  ficción es a delicuescencia, ¿cómo casa con la arquitectura del título?

No podemos vivir sin un acto de confianza, sin entrar en las ciudades de la imaginación. Pongamos comillas al “sólido” edificio de la literatura, pues nos ayuda a construir la historia de nuestros propios significados. El mundo no hubiese podido construirse sin las respuestas de la literatura, que lamentablemente se desgajó de la filosofía por los teóricos en la Edad Media. Platón expuso sus presupuestos filosóficos en forma de diálogos literarios y yo sería partidario de unir las asignaturas de filosofía y literatura, como hace Steiner. Una respuesta responsable ante un acto de lectura convierte el proceso de comprensión e interiorización de la obra en un acto moral en una sociedad inmoral.

¿Con qué autor de los que rescata se encerraría un libertino como usted?

Aclaro que soy libertino en sentido literario, ilustrado. Más que con los autores, con sus personajes. Benito Feijoo era un “libertino”, así como Pierre Gassendi, ¡jesuita que escribía sobre Epicuro! Théophile de Viau, Cyrano de Bergerac, John Wilmot –duque de Rochester– son escritores que me producen una gran fascinación. Me encerraría en una cárcel del siglo XVII con la Dulcinea soñada por don Quijote, en el castillo real de Elsinore con la Ofelia de Hamlet o en una celda de un convento parisino con las hermanas Juliette y Justine, la amoral y la virtuosa. Y que sea lo que el Divino Marqués –como lo proclamó André Breton– quiera. En el plano de los autores, me hubiese gustado entrevistar a Margarita de Navarra –la autora del Heptamerón– y a María de Zayas y Sotomayor: qué mujeres tan inteligentes, teniendo en cuenta las difíciles épocas en las que escribieron.

Arquitecturas de la ficción. David Felipe Arranz. Madrid. Líneas Paralelas, 2014.

El sonámbulo de Verdún

sonambbbEntrevista a Eva Díaz

Sonámbulo no sabemos si estaba Jaroslav en su trinchera, pero seguro que así es como se quedarán los miles de lectores de la novela de la sevillana Eva Díaz, atrapados en ese conocer el destino último de una bala perdida. De fondo, las vidas entrelazadas de hombres arrastrados a la debacle por las estridencias de un imperio moribundo y las palabras culpables de quienes jalearon a los cornetas.

Alicia González

¿Detrás de ese interés tuyo existe alguna vivencia personal?, porque algunos pasajes de la novela se notan muy vívidos…

Pues mira, si te digo la verdad, en realidad la única relación que tengo es la libresca. No tengo ninguna relación familiar, ni biográfica. Esos lugares forman parte de mi vida porque he viajado como tantas personas y a mí me fascina la historia europea, porque representa mucho ese corazón de Europa y creo que simboliza muy bien lo que es Europa y si te digo la verdad, te confieso que en realidad ha sido la apropiación de muchos años, de simplemente la lectura de muchos autores, la obra de Joseph Roth, por supuesto Kafka, Musil. Todo ello está y en cierto modo me ha acompañado y a ellos quizá se deba esa pasión y esa forma de vivir intensamente –sino biográficamente, al menos librescamente- todo ese mundo fascinante con el que yo creo que se identifica Europa.

Y para quien no lo haya descubierto al leer el libro incluso haces una pequeña concesión desvelando que tras esa “C.” se encuentra la figura de Canetti como puede encontrar en otros muchos pasajes a otros autores…

Sí, es un guiño claro. El primero es un personaje que es un C. nada más, porque además el narrador va desvelando constantemente los ases en la manga como la trastienda que hay detrás de todas las narraciones y crea una especie de pacto con el lector en el que existen esas concesiones. Yo tenía ganas de meter a Canetti, porque aparte de que me parece un escritor interesantísimo daba la casualidad de que él había estado visitando el manicomio de Steinhoff cuando él estaba preparando “Auto de fe” y estuvo incluso viviendo allí enfrente como cuento en la novela. Me apetecía meterlo, aunque fuese una mención meramente anecdótica por esa amistad que tiene con uno de los personajes, Klaus. Además en mis novelas anteriores siempre había un escritor, un protagonista que de algún modo aparece en algunos momentos de la novela –quizá una debilidad, porque soy muy directa y veo la literatura en todas partes y yo creo que debía incluirla en la novela con ese guiño-. También hay otro a Musil cuando encuentran una pequeña biografía en el manicomio sobre algunos de los pacientes, hay uno que comenta algo sobre Moosbrugger, que es un personaje que aparece en “El hombre sin atributos”. Es un pequeño guiño que quien haya leído el libro quizá recuerde y quien no lo haya hecho no pasará nada, porque son como dos niveles de lectura. A lo que mejor el que lo encuentra se sonríe y descubre esa complicidad y quien no sigue leyendo sin más. Es algo que se cuela en la novela a veces, porque en el fondo es un reconocimiento a todos estos escritores gracias a los que existe esa cultura europea.

¿Confesada esa apropiación para la recreación de ese callejero de Praga, Viena, las trincheras de Verdún tuviste que ir anotando constantemente o fue una visión una vez macerados esos libros?

La verdad es que aparte de las lecturas también hay viajes allí, a esos lugares, pero, ¿sabes lo que me ocurre?, los viajes algunos los he hecho antes incluso de pensar esta novela, pero hay algunos que sí que son intencionados, pero cuando ya estaba el trabajo de preparación y documentación. La novelita son unos mundos muy exóticos para el lector español y el escritor español, la propia Guerra Mundial. Hay un trabajo de documentación intensísimo durante varios años y cuando ya tengo claro este escenario y todas las claves históricas es cuando empiezo a escribirlo. Sí que estuve en algunos de los lugares; lo del callejero de Praga es auténtico, porque si me sueltan en cualquier calle sé perfectamente guiarme. Fui varias veces y puede que fuera la ciudad –de las que salen en la novela- en las que más tiempo he estado, no como yo quisiera, pero sí donde cada dos por tres me escapaba para decidir dónde viviría el personaje y captar las claves que yo creo que necesitas, porque sólo la apropiación libresca es muy difícil. Yo me recuerdo paseando por todas esas calles, dejándome llevar por las impresiones de la ciudad, vagando un poco a lo “flaneur”, sin rumbo e intentando absorber todas esas maravillosas historias que la ciudad te cuenta si sabes interpretarlas, mirar y escuchar las piedras. Es muy tópico, pero es así. Estuve en algunos lugares de la Gran Guerra para que no fuera sólo la apropiación libresca; todos estos sitios que son los memoriales estuve haciendo varios paseos y descubriendo que hay todo un turismo de guerra y me sirvió para el personaje de Fritz que reflexiona sobre el pasado y se plantea incluso cómo el horror puede llegar a ser un espectáculo. Recuerdo un libro de Karl Kraus, el escritor y periodista austriaco que en esos años tenía una publicación “Die Fackel” que es interesantísima, donde ya en el año 20 hacía una crítica bastante sarcástica de este turismo de guerra, porque ya había tours de éstos para visitar los campos de batalla de la Gran Guerra que ¡fíjate, acababa de terminar!, algo que se sigue haciendo hoy en día, aunque como es una cosa más lejana se perdona. Y él ya criticaba cómo una cosa tan terrible se convierte en el espectáculo del horror.

Después de cada tránsito ¿regresabas enseguida al hotel para anotar cada sensación?, porque es una novela llena de olores a col, a azúcar, a la muerte que flota en las momias de la inundación o el talismán de Jaroslav…

¿Sabes lo que me pasa? Yo soy una escritora muy de olor. Creo que una de las claves para sumergir al lector en una historia sobre el pasado es explicarle no sólo lo que oyes o ves, sino a qué huelen los lugares y de hecho en esos paseos yo estaba muy pendiente de a qué olía y realmente son ciudades que huelen diferente, el frío y la humedad son diferentes y por supuesto en las trincheras el olor era nauseabundo y yo traté de imaginar cómo eran. Me gusta mucho eso, narrar con la nariz, me parece que aporta muchas claves y permite que el lector se sumerja contigo en la historia y voy así por la calle, desentrañando a qué huelen las cosas, esa sensorialidad. Además eso literariamente eso es muy atractivo y si consigues una metáfora con una fuerza de ese tipo yo creo que es un paso más para entrar de verdad en una historia, en esa atmósfera.

Tenemos la gloria malbaratada de Klaus, ese periodista que embellece la guerra con esa tía Helga pasada de moda enloquecida por un imperio que se apaga como ella… ¿Qué hay en ese corresponsal de ti misma?

Claro, hay buena parte, porque yo soy periodista y hay muchas reflexiones sobre qué es el periodismo, además en esa época está todo el tema de la propaganda. Recuerdo un ensayo de Adam Kowalski, “Archivo de Guerra” sobre cómo se utilizó el periodismo como propaganda en esa época en una guerra que ha servido de molde para muchas otras que van a venir luego: cómo se intenta transmitir el patriotismo y las mentiras de la guerra a través de un cuento bien construido y a mí me sorprendió mucho que en el Archivo de Guerra de Viena trabajaran gente como Rilke, Hoffmanstahl y pensé, ‘¡caramba, las grandes plumas del imperio al servicio de la guerra!’. Zweig en sus memorias, “El mundo de ayer” lo cuenta, pero se nota que no está muy contento de ese trabajo que hizo, de hecho lo critica y después el tiene una labor muy pacifista y antibélica. Ese personaje me gusta, porque de alguna forma se redime cuando se topa de verdad con lo que está contando, cuando huele la muerte, las vendas sucias y el horror y la mentira que se está contando. Quizá cae un poco menos simpático, porque la historia simbólica de que es capaz de comprender el pasado, pero logra redimirse cuando encuentra la verdad. Puede que sea el personaje más autobiográfico por la parte que hay de los que nos enfrentamos a contar la realidad a través de las palabras y que tantas veces tergiversas incluso casi sin querer.

Él es la primera víctima de su mentira, padeciendo el silencio del armisticio en la Torre de los Locos y se deja traslucir ese descrédito de la palabra que repites varias veces a lo largo de la novela… Luego está Jaroslav, el marionetista que supone el presente más acuciante que vuelve loco al lector con esa bala perdida que termina por desasosegar a cualquiera, con un narrador omnisciente y el lector angustiado por saber qué sucede con ese proyectil…

La bala en realidad está presente en todas las páginas de la novela como si la recorriera y realmente planteas qué va a pasar. La novela es también una reflexión sobre el azar, la historia y la literatura, sobre las posibilidades biográficas que puede tener un personaje dependiendo de lo que ocurra en ese momento en el que se queda congelado: vemos la vida que puede tener Jaroslav o la que no tiene. Eso me interesaba mucho, porque siempre he pensado que la vida o el destino depende de cosas que no están en tu mano y que pudieras ver las cosas que te suceden y lo que no en paralelo y para eso está la literatura. Y el personaje de Jaroslav es verdad que es el más simpático y con el que quizá se identifique el lector en el sentido de que es la víctima de la historia, aunque no sepas hasta el final qué pasa, sin que sea una novela de suspense. Piensas, ¿qué va a ocurrir con este pobre hombre?, porque además su imaginación fabulosa tiene otra intención de lectura en la novela, esa capacidad que él tiene para crear como el propio narrador con la metanarrativa en la que inventamos qué sucede a nuestro querido Jaroslav y vamos a inventarle su vida, la que pudo haber tenido.

Los tres personajes masculinos están unidos por esa habilidad de fabulación en distintos formatos. Tenemos al marionetista que cuenta cuentos a los soldados que intentan ganar un metro al enemigo, Klaus, narrador de vidas en su libreta y Fritz, el diseccionador de historias como integrante del accionismo, contraposición del pasado grandioso que veía su padre y más oscuro que sus crónicas de corresponsal.

Además es una visión del presente que reflexiona sobre el pasado. Siempre me interesa mucho cómo influye el pasado en nuestras vidas, a pesar de que es pasado. Su reflexión en ese aspecto es constante, además de su pasado como accionista vienés que como movimiento me parece muy curioso en el arte contemporáneo. En realidad ellos son el triángulo clave, son personajes que tienen diferentes formas de interpretar el pasado, tienen distintas formas de contarlo y que el pasado influye de determinada forma en sus vidas, aunque ellos nunca lleguen a conocerse. Sólo lo sabe el narrador y el lector que se hace cómplice a través de ese pacto narrativo y esos hilos del azar que desvelan al final por lo que están unidos. Luego está el personaje de Libuše: quería que fuera una adolescente por esa curiosidad que ella tiene al mirar las cosas y porque es el personaje que cierra la puerta, las historias al final.

A todos les une una cierta dosis de sonambulismo, pero también el funambulismo de Klaus uniendo las estatuas del puente o de Jaroslav, con los hilos de sus marionetas. ¿Fue algo espontáneo como el tablero de la ciudad de Praga o fue una técnica de urdimbre narrativa premeditada?

Había una serie de cosas claras, las razones por las que están unidos los personajes las tenía claras desde el principio, porque es una novela que, si te das cuenta, es un poco rompecabezas y donde si te falle una pieza no se termina de entender todo, porque es muy fragmentaria, a través de pinceladas. Pero todas esas lecturas simbólicas que dan una sensación de dibujo de las historias al ser narradas, para que cuando contemplas la historia desde arriba ves que lo hay. Eso fue surgiendo conforme iba escribiendo la novela, esas metáforas surgían y confirmaban lo que tú querías contar. Al ver esa plaza vi eso y dije, ‘claro es que está unido todo’., o con la visión de las marionetas, porque el narrador es también una voz para la que las criaturas narrativas son como guiñoles que él mueve a su antojo. La idea de tablero, de juego, del azar surgieron en la novela a medida que iba escribiendo. Las relaciones de los personajes y otras cosas sí, pero esos detalles simbólicos iban saliendo conforme iba escribiendo la historia, porque yo creo que está bien que la historia tenga un armazón y unos cimientos, pero después esas cosas está bien dejarlas mucho a la libertad y aparecen en tu mente sin saberlo. Me gusta mucho cuando termino de escribir dejarla durante unos meses y después, reencontrarla y si lo que ves tiene sentido, entonces está bien. Es necesario que respire la obra, distanciarte de ella y luego ver si tiene sentido y luego al leer esas claves simbólicas terminaban de redondear la historia.

Porque hay incluso muñecos de hilo que ocultan hermanos desaparecidos que se encuentra Libuše. Aparte de esas grandes historias llegan al nivel entomológico con piojos saltarines en burdeles, carcomas con afanes inmobiliarios y moscas que realquilan palacios, algo muy divertido…

Esto son las cosas que surgieron mientras escribía la historia y cuando me di cuenta. Me acuerdo que viendo un documental sobre la Gran Guerra aparecía todo este tema de los piojos que era un detalle de la cotidianeidad tristísima y sucia que tenían los pobres soldados, pero claro se me ocurrió la historia del piojo. Después la carcoma surgió de forma natural y me dije ya con el tercero aquí hay una especie de bestiario simbólico, un punto delirante, pero que también tenía sentido y que te van surgiendo de forma natural cuando tú vas entrando dentro de tus propias historias. Me pareció darle un punto de humor…

Fuera de la anécdota tiene un nexo con desasosiego al estilo de Hrabal o Hašek para contraponer al gran personaje con sus miserias y marcar más si cabe el desastre de la guerra…

Evidentemente claro que se trataba de eso, pero ese humor negro de la mosca es totalmente Hašek, humor descarnado, un poco gamberro, transgresor, canalla, pero me surgió de forma natural y lo solucioné enseguida, porque son microcuentitos que tampoco aportan nada más, pero con un toque delirante como el del piojo.

Terminan de dar el cierre de la historia, porque es como si desmontaras todo el escenario como cuando hablas de las paredes horadadas de Praga o las redes de micrófonos, o los Pruchody, sin dejar nada por recorrer.

Además, al final creo que el narrador cuenta eso, “aquí están señores y caballeros, ésta es la trastienda del narrador” y en el fondo es como un cierto efecto de distanciamiento brechtiano, desvelando al espectador que, cuidado, estaban viendo teatro, con las trampas de la narrativa y la dramaturgia, para saber que era mentira…

Mostrando lo grotesco del imperio, la guerra hasta el nivel de la ciudad para no dejar nada por desvelar…

Exacto. Éste es el escenario y aquí queda la nada. Recuerdo esas pequeña leyenda del emperador Francisco José cuando dicen que le quitaron la guerrera y no había nada y eso en el fondo era el imperio un sitio hermosísimo, lleno de liturgias pero en el que no había nada y de ahí la idea de Praga arrasada en la última escena para desvelar esa idea de trampa. Hay otra idea en la novela que me parecía ese juego de complicidad con el lector, porque el narrador lo interpela y es una voz escéptica sobre cómo se cuenta el pasado que es algo que me obsesiona en toda novela histórica o de época, dudando de cómo se construyen historias del pasado para tener siempre presente que estamos contado un cuento como cuando se narra esa escena en el caserón vienés de Klaus. Todo ese atrezzo que encontramos en tantas novelas históricas se dice cómo se hace para aportar un escepticismo posmoderno en la novela de época para desvelarle al lector todas las trampas, también las del oficio narrativo.

Clasificas la novela como histórica, a pesar de que está muy denostado, aunque incluyes un narrador persistente que va deteniendo la trama a voluntad y llevándote de la mano… ¿Tenías alguna película en mente al hilvanar las historias?

No sé, pero hay una visión muy audiovisual en el mejor sentido, porque nos hemos criado en eso. Por eso se va hacia delante, la escena se queda congelada, hay una especie de zoom, hay una serie de escenas muy fílmicas y la novela se puede contemplar como si estuviéramos viendo una película. Es lógico; a mí lo que me sorprende es que se cuenten novelas como en el siglo diecinueve, cuando somos autores, lectores y espectadores de un lenguaje que yo creo que apropiado de forma correcta aporta muchas claves a la literatura. Yo lo he usado de forma muy consciente, porque en ocasiones hay una especie de zoom para centrarme en ese detalle o yendo hacia atrás en el tiempo o deteniendo la escena inicial hasta el final de la novela. Es decir, hay un continuo vaivén que es inevitable y enriquece mucho la narrativa.

¿Cuanto tiempo te llevó preparar la novela o brotó como un torrente?

Sobre todo la documentación fue muy dificultoso, porque en España la imagen son cuatro historias que conocemos. Yo quise que en el título estuviera Verdún para que se reconociera la Gran Guerra. Durante bastantes años he estado leyendo muchísimos ensayos históricos de esa época. La novela la termino de escribir rápido, aunque luego me distancio. Además está la historia de las mentalidades, porque cuando creas una novela de esta época y buscas verosimilitud y que sea rigurosa, porque la novela histórica está en unos niveles tremendos y se te caen de las manos. Por eso hasta que no tengo la historia absolutamente clara no empiezo a escribirla. Hay muchas lecturas anteriores de todos estos autores que me han acompañado todos estos años, pero la intención de la novela comienza en el año 2007 cuando estuve preparando el andamiaje narrativo y deambulando a ciegas con la novela, porque como es una novela de escenarios las paredes se fueron levantando poco a poco y la verdad es que pensaba que iba a ser bastante más larga, pero me di cuenta de que se terminaba y la resolví muy rápido, por lo menos un año de escritura intensa. Desde luego la documentación fue clave, después la escritura fue un poco más rápido, porque el oficio de periodista nos hace resolver eso, aunque sea otro ritmo completamente distinto.