Vivir para el silencio

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EL HOMBRE QUE MATÓ A HITLER Y LUEGO A BIG FOOT…y luego nos aburrió. –  FRECUENCIA GLOBAL

AVISO. Estás ante una reseña de cine plagada de spoiler, vaya, te voy a destripar la película, pero ¿acaso importa?

Calvin Barr es un viejo mostachudo y del que no sabemos si tiene alzheimer o simplemente se maneja mal con las pausas. Podría haber sido el héroe honrado por la memoria de los libros de historia; en cambio, le conocemos acodado en la barra de un bar, olvidando el triunfo del que podría haber vivido cómodamente.

Estamos ante un antihéroe, un hombre que prefiere mantenerse en el anonimato, porque su éxito se fraguó en la soledad y de ella no saldrá más que para marchar a una nueva misión que tampoco es la suya y le saca de ese destierro de silencio al que voluntariamente se había entregado. Responde claramente a los rasgos del desacoplado de Claramonte: vive en el extrarradio de la sociedad y pese a tener su momento de gloria en ella, volverá al lugar al que pertenece, la nada y la distancia. En ella se mueve bien, de hecho, el personaje que interpreta Sam Elliot en “El hombre que mató a Hitler y después a Bigfoot” recorre caminos dijéramos que sin rumbo solamente con objeto de convertirse uno con esa masa deshumanizada en abrigo de cuero que eran los SS. La frialdad de su carácter asocial le ayudará a confundirse en uno más, en otra figura sin nombre que no llama la atención. Lo vemos vagar de tren en tren, sin detenerse ante los presos que conducen a los campos de exterminio, caminar con paso firme, el de su determinación, casi arrastrado por su destino como los clásicos héroes griegos.

Aunque no, Calvin Barr no es un apátrida -de hecho se juega la vida dos veces por defender los valores en los que cree y suponemos que a la gente que ama, incluido su hermano pequeño-, ni un ser asexuado o carente de emociones, porque ahí tenemos a la profesora, Maxine, de la que apenas sabemos su nombre a la que mantiene una fidelidad rota por un prolongado silencio que no terminamos de saber a qué obedece.

Robert D. Krzykowski parece querer decirnos que las verdaderas hazañas son las que se llevan a cabo a resguardo del vocerío, de las aclamaciones, que las gestas de verdad no reclaman brazos para llevarse adelante -aunque nunca sobren si los hay- y que la ingratitud puede formar parte inherente del evento. No sabemos si sus peripecias le han transformado en un viejo huraño, porque de hecho, no nos queda ni entrar en las confidencias con su barbero, porque se trata de su hermano pequeño. Eso sí, las escasas escenas con él dan prueba de que no estamos frente a un misántropo, porque Calvin guardará el diminuto dinosaurio que le regala como amuleto cuando se encamina a su primera gran misión para devolvérselo años después. Intuimos que la relación entre hermanos es de complicidad, pero solamente porque el director muestra levemente la participación en ese complot familiar para devolver la paz a nuestro veterano de guerra. Cumplida su tarea Barr no quiere volver a prestarse a ninguna otra encomienda: al estilo de los héroes griegos, satisfechos los trabajos que exigen los dioses, lo que resta es acceder al Olimpo que en su caso es un paraíso sin cajitas para dosificar la medicación semanal.

El triunfo del héroe es la coherencia con sus principios, pese a que puedan llevarle lejos de sus seres queridos y pongan en juego su vida. Por eso se apresta a montar esa pira funeraria para honrar a Bigfoot cuando cree haberlo matado y toma su mano en un momento de absoluta humanidad hacia la más sola y condenada bestia. No hay espacio para la compasión en la vida del antihéroe: su inexorable condena no puede hallar remisión más que por el cumplimiento del destino pretrazado, de modo que su némesis deberá morir, sea un enfermo Hitler en su refugio o un moribundo Bigfoot acorralado por fuego primero y por la cacería del hombre después. No dejen de escuchar, o de no hacerlo, con atención, porque la película está llena de clamorosos silencios. Apenas hay diálogo, porque un extranjero en su tierra no lo necesita y porque hasta la sorprendente arma con la que se deshace del führer está provista de un silenciador.

Nuestro héroe no cruza una palabra con su primera víctima: un panfleto lo hace en su lugar en forma de cruel burla con ese Tío Sam, invitándole a alistarse. En cambio, en Bigfoot hay algo de animalidad -suena extraño pensar eso si vuelvo a la frase anterior sin optar por corregirla- y por eso se produce esa efímera cercanía. Calvin quiere apiadarse de otro ser abandonado a una suerte que no ha escogido y que le ha separado de sus congéneres. Pero un antihéroe no puede convivir con otro, menos si éste es su rival, de modo que debe deshacerse de él para salvar al mundo de esa epidemia que provoca su presencia contra la que él es el único ser inmunizado. Efectivamente Calvin Barr no le tiene miedo a la muerte, a la soledad, pues son sus hábitats habituales. Desconocemos los motivos, pero una vez cortados todos los lazos con el pasado afectivo al deshacerse de todas las cartas de la maestra de escuela con la que no retoma el contacto, conserva únicamente su diminuta foto en blanco y negro en la cartera. Hasta eso se le puede quitar a un viejo, sus recuerdos; pertenece a ese grupo de sin voz que son los ancianos, acostumbrados permanentemente a la pérdida como manera de vivir en esta sociedad del desprecio al diferente.

Autora: Alicia González

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