La casa de los espíritus

Como en el caso de la novela de Skármeta, la obra de Isabel Allende está preñada de connotaciones políticas, porque quizá Chile es esa casa de los espíritus, por la que vemos transcurrir generaciones de figuras avanzando desde una nación decimonónica hacia una libertad truncada por los militares. Pero además, porque Isabel Allende concibió el primer texto del que nace la novela como una despedida a su abuelo, al que ya vimos derrocado en “El cartero de Neruda”, aunque de forma sutil, sin ahondar demasiado en las penurias de la dictadura que vemos recuperada con crudeza por la autora en situaciones descarnadas como las del encuentro de Alba y Esteban García, remedo del beso batracio de “La Regenta” de Clarín. No obstante, el texto no es un panfleto político gracias al toque esotérico que inunda la narración y que como una novela río conecta a unos personajes con otros como el Bestiario de la imaginativa Rosa y los nacimientos de Alba, lo que resta dolor al violento enfrentamiento entre el oligarca propietario y luego senador y la estirpe de Pedro Segundo García, siendo el hijo de éste predicador de una nueva religión de la igualdad desde el socialismo.  La novela es por tanto una reconstrucción de los mimbres que confeccionan el Chile golpista, heredero de cainismos atávicos.

El recurso de centrar la novela en los personajes femeninos aporta una novedad singular, pues en parte ésta es la historia de una teogonía que abarca desde la Nívea bisabuela y primera feminista de esa nación innombrada hasta Alba, pasando por Clara y Blanca, nombres todos ellos simbólicos de esa luz y conciencia que reside en la mujer, especialmente si consideramos significativa la muerte de Rosa –casi mitológica con esos cabellos glaucos-, hermana de Clara y dotada de una belleza sobrenatural. Su nombre representa la plenitud, la vida coloreada, mientras que Clara es la clarividente, recluida en su mutismo por los acontecimientos. No por casualidad se establece un paralelismo entre las mujeres de la familia, promotoras de las reivindicaciones de los desamparados y los Pedros que sirven a su estirpe, por contraposición al inalterable Esteban Trueba que encontrará su condenación en la semilla echada a perder con la violación de Pancha, haciendo gala de su condición de patriarca ausente.

Ciertamente “La casa de los espíritus” es como la finca de esta saga familiar un relato de Tres Marías, porque, pese a interferencias de personajes secundarios como Férula, Pancha, Tránsito Soto, La Nana o Amanda, la trama se articula en torno a las vidas de Clara, Blanca y Alba, tres estados en suma de un país nacido de los odios de los hijos bastardos y los legítimos, las infidelidades, las violencias atávicas y la constante oscilación entre el afán de libertad y la rienda tensa de férreos terratenientes como el patriarca de la familia. La vida de estas mujeres ejemplifica la resistencia en múltiples facetas, desde el silencio como en el caso de Clara ante las zurras de Esteban contra los muebles o desde el fervor tradicional en las letanías interminables como las que recita Férula, que encuentra en la comunidad con su cuñada el calor perdido de la madre muerta y a la que el hermano y marido celoso expulsa en previsión del desacato a la autoridad que esta vecindad de esposa y hermana podría suponer. Una primera generación de esta saga primigenia, más mítica que otra cosa, en la que se cruzan las fabulaciones de lo fantástico que acompañan al nacimiento de un imperio como el de Esteban. Las visiones utópicas de Clara se va extenuando laceradas por esa mentalidad del enriquecimiento por el enriquecimiento, mientras Tránsito va incrementando su patrimonio gracias a los clientes del Farolito Rojo hasta ser la cabeza visible del sindicalismo sexual, protegida por las jerarquías del poder.

En un segundo nivel tenemos la figura de Blanca que ejerce el rol de mujer rebelde y moderna, que aún debe cumplir con la voluntad totalitaria del padre al casarse con Jean Satigny para evitar con la deshonra de la hija mancillada por Pedro Tercero García, para más INRI cantautor de medio pelo y marxista en ciernes, e hijo del capataz de la finca.  Se mantienen por tanto las constricciones que impone la austeridad de una educación y el sentimiento de clase, pese a los brotes de protesta que subyacen en la conducta de Blanca. Son los espíritus presentes y ausentes que atan a todas estas mujeres fuertes, frente al papel reservado a figuras como la de Jaime y Nicolás, los que se transforman en testigos del cambio político y social en un ambiente de magia y brutalidad que tiene algo de cíclico por cuanto los relatos de las biografías de estas féminas están unidas por el fracaso de sus relaciones sentimentales, desde Clara del Valle, casada como sustituta de su hermana fallecida a Alba, clandestina amante de Miguel como su madre lo fuera de Pedro Tercero García y símbolo de esa esperanza democrática con la que concluye la novela en esas embajadas y consulados que recogen a los huidos de la violencia pinochetista.

Mientras, en el caso de los hombres se cercena cualquier posibilidad de avance, con el personaje inamovible de Esteban Trueba frente a los progresistas, condenados al exilio o a la muerte a manos de la Junta militar, en ese espanto que denuncia la nieta en ese activismo callado. Protesta en realidad contra el patrono maltratador como en la historia de Pancha García, pero también contra el abuso de los torturadores anónimos a los que pone cara el coronel García nacidos de la represión dictatorial que en un primer momento Esteban saluda contra el peligro rojo, a pesar de su firme convicción en que sólo los poderes de la sangre y la propiedad pueden ser la salvaguarda del país. Incongruencia que vive en sus propias carnes al rechazar a la institución familiar que presuntamente defiende en todos esos vástagos repudiados, simiente despreciada que sólo fructifica en más venganza. Fracaso más evidente todavía en la figura de Pedro Tercero García que representa la posibilidad cortada de raíz de una ruptura de las barreras sociales que separan personas, pero preservan de paso el inmovilismo que denuncia la novela de Isabel Allende.

 

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